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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

DESPOTISMO DEMOCRÁTICO Y AMOR A LA LIBERTAD, por Alexis de Tocqueville

Filed under: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — 12 October, 2009 @ 10:53

“Casi todos se manifiestan enemigos de las asambleas deliberantes, de los poderes locales y secundarios, y en general de todos esos contrapesos establecidos en distintas épocas en todos los pueblos libres para equilibrar la acción del poder central. Según algunos, el Estado no tiene como única misión mandar sobre la nación, sino moldearla de cierta manera; a él incumbe formar el espíritu de los ciudadanos con arreglo a un determinado modelo elegido de antemano; su deber consiste en imbuirle ciertas ideas e infundir en su corazón determinados sentimientos que juzga necesarios. En realidad, no hay límites a sus derechos ni hitos para lo que puede hacer; no solamente reforma los hombres, sino que los transforma; ¡podría, si quisiera, convertirlos en otros! Esta forma particular de tiranía se llama despotismo democrático. No más jerarquías en la sociedad, ni separación de clases, ni rangos fijos; sino un pueblo compuesto por individuos casi semejantes y enteramente iguales, esa masa confusa reconocida como el único soberano legítimo, pero cuidadosamente privada de todas las facultades que pudieran permitirle dirigir o incluso vigilar por sí misma su gobierno. Por encima de ella, un mandatario único encargado de hacerlo todo en su nombre sin consultarla. Para controlar éste, una razón pública sin órganos; para contenerlo, revoluciones y no leyes; de derecho, un agente subordinado; de hecho, un amo.”

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Es digno de ser destacado el hecho de que, entre todas las ideas y todos los sentimientos que prepararon el camino a la Revolución, la idea y el amor de la libertad pública propiamente dicha fueron los últimos en presentarse y los primeros en desaparecer.

ALGUNOS ADORARÍAN LA IGUALDAD HASTA EN LA SERVIDUMBRE

Hacía tiempo que había empezado a resquebrajarse el viejo edificio del gobierno, estaba a punto de derrumbarse y apenas se hablaba todavía de libertad. Voltaire casi no pensaba en ella; tres años de estancia en Inglaterra le habían hecho conocerla, pero no amarla. La filosofía escéptica que se predica en Inglaterra le cautiva, pero sus leyes políticas apenas le interesan, y de ellas percibe mejor, los vicios que las virtudes. De lo que menos habla en sus cartas sobre Inglaterra, que figuran entre sus obras maestras, es del parlamento; en realidad, lo que más envidia a los ingleses es su libertad literaria, pero no se interesa por su libertad política, como si la primera pudiera existir mucho tiempo sin la segunda.

Quesnay

Hacia mediados del siglo, aparecen cierto número de escritores que tratan especialmente cuestiones de administración pública, a los cuales se les ha dado el nombre común de economistas o fisiócratas, por la semejanza de varios de sus principios. Los economistas han tenido en la historia menos brillo que los filósofos, y quizá hayan contribuido menos que éstos al advenimiento de la Revolución; pero creo, no obstante, que es en sus escritos donde mejor se puede estudiar su verdadera naturaleza.

Los filósofos apenas fueron más allá de las ideas generales y abstractas en cuestiones de gobierno; los economistas, sin separarse de las teorías, llegaron mucho más cerca de los hechos. Los primeros dijeron lo que se podía idear; los segundos indicaron muchas veces lo que se podía hacer.

Es más, en sus libros se percibe ya ese temperamento revolucionario y democrático que tan bien conocemos; no sólo odian ciertos privilegios, sino que la misma diversidad les resulta odiosa: adorarían la igualdad hasta en la servidumbre. Todo aquello que se interpone en el logro de sus designios, merece ser hecho añicos. Los contratos les inspiran poco respeto; los derechos privados, ninguna consideración; mejor dicho, para ellos ya no existen, propiamente hablando, contratos privados, sino solamente utilidad pública. A pesar de todo, los economistas son en general personas de costumbres dulces y tranquilas, hombres de bien, magistrados honrados, hábiles administradores; pero el carácter particular de su obra los arrastra.

El pasado constituye para los economistas un objeto de desprecio sin límites. “La nación está gobernada desde hace siglos por falsos principios; todo parece haber sido hecho a la ventura”, dice Letronne. Y, partiendo de esa idea, se ponen manos a la obra; no hay institución en nuestra historia, por antigua que sea y bien fundada que parezca, cuya abolición no pidan a poco que les incomode o les perjudique en la simetría de sus planes.

Todas las reformas sociales y administrativas llevadas a cabo por la Revolución, ya fueron concebidas por ellos antes de que se abriera paso en su espíritu la idea de las instituciones libres. Es cierto que se muestran favorables al libre cambio de productos, al laissez faire o al laissez passer en el comercio y en la industria; pero respecto a las libertades políticas propiamente dichas, ni siquiera pensaban en ellas, e incluso cuando tal idea les asaltaba por casualidad, la desechaban inmediatamente.

Casi todos se manifiestan enemigos de las asambleas deliberantes, de los poderes locales y secundarios, y en general de todos esos contrapesos establecidos en distintas épocas en todos los pueblos libres para equilibrar la acción del poder central. “En un gobierno, el sistema de contrapesos –dice Quesnay- es una idea funesta”. “Las especulaciones por virtud de las cuales se ha imaginado el sistema de los contrapesos, son quiméricas”, afirma un amigo de Quesnay.

UN ESTADO OMNIPOTENTE HACE CON LOS HOMBRES LO QUE QUIERE

La única garantía que inventan contra el abuso del poder, es la educación pública; pues –como dice también Quesnay- “el despotismo es imposible en un país culto”. “Víctimas de los males que acarrean los abusos de la autoridad –dice otro de sus discípulos-, los hombres han inventado mil medios totalmente inútiles, y han descuidado el único realmente eficaz, que es la enseñanza pública general continua de la justicia por esencia y del orden natural”. Con este pequeño galimatías literario creen que pueden suplir todas las garantías políticas.

A Letronne, que tan amargamente deplora el abandono en que el gobierno tiene a los campos, que nos muestra sin caminos, sin industria, sin instrucción, ni siquiera se le ocurre que, si fueran los habitantes quienes se ocuparan de todo esto, las cosas marcharían mejor.

Turgot mismo, a quien su grandeza de alma y sus raras cualidades colocan muy por encima de los demás, tampoco siente un gran amor por las libertades políticas, o lo manifiesta ya tarde, cuando el sentimiento público se lo sugiere. Para él, como para la mayoría de los economistas, la primera garantía política es una determinada instrucción pública dada por el Estado conforme a ciertos procedimientos y a un determinado espíritu. La confianza que tiene en esta especie de medicación intelectual o, como dice uno de sus contemporáneos, en el mecanismo de una educación conforme a los principios, no conoce límites.

Turgot

Hacía tiempo que había sido destruida la libertad política en Francia, que casi se habían olvidado por completo sus condiciones y efectos. Es más, los restos informes que aún quedaban de ella y las instituciones que parecían creadas para sustituirla la hacían sospechosa, e inspiraban prejuicios en contra suya. A los economistas les parecía impracticable la idea de llevar a cabo la revolución que imaginaban sirviéndose de aquellos anticuados instrumentos; el pensamiento de confiar la ejecución de sus planes a la nación dueña ya de sí misma les agradaba muy poco; pues, ¿cómo lograr que todo un pueblo adoptara y siguiera un sistema de reforma tan vasto y cuyas partes estaban tan estrechamente ligadas entre sí? Les parece más fácil poner al servicio de sus designios la misma administración real.

No hay que destruir, pues, ese poder absoluto, sino transformarlo. “Es preciso que el Estado gobierne conforme a las normas del orden esencial –dice Mercier de la Rivière-, para lo cual se necesita que sea omnipotente”. “Que el Estado comprenda bien su deber –dice otro-, y désele luego libertad.” Desde Quesnay al abate Bodeau, todos expresan el mismo parecer.

No sólo cuentan con la administración real para reformar la sociedad de su tiempo; de ella toman, en parte, la idea del gobierno futuro que intentan fundar. La primera les inspira esta última.

Según los economistas, el Estado no tiene como única misión mandar sobre la nación, sino moldearla de cierta manera; a él incumbe formar el espíritu de los ciudadanos con arreglo a un determinado modelo elegido de antemano; su deber consiste en imbuirle ciertas ideas e infundir en su corazón determinados sentimientos que juzga necesarios. En realidad, no hay límites a sus derechos ni hitos para lo que puede hacer; no solamente reforma los hombres, sino que los transforma; ¡podría, si quisiera, convertirlos en otros! “El Estado hace de los hombres todo lo que quiere”, dice Bodeau. Esta frase resume todas sus teorías.

EL DESPOTISMO DEMOCRÁTICO, UNA FORMA PARTICULAR DE TIRANÍA

Ese inmenso poder social que imaginan los economistas, no sólo es más grande que ningún otro de los que tienen ante sus ojos, sino que difiere de estos en origen y carácter. No emana directamente de Dios ni está relacionado con la tradición. Es impersonal; ya no se llama rey, sino Estado; no es la herencia de una familia, sino el producto y el representante de todos, y debe conseguir que el derecho individual se pliegue a la voluntad de todos.

Esta forma particular de tiranía que se llama despotismo democrático, de que la Edad Media no tenía idea, les es familiar a los economistas. No más jerarquías en la sociedad, ni separación de clases, ni rangos fijos; sino un pueblo compuesto por individuos casi semejantes y enteramente iguales, esa masa confusa reconocida como el único soberano legítimo, pero cuidadosamente privada de todas las facultades que pudieran permitirle dirigir o incluso vigilar por sí misma su gobierno. Por encima de ella, un mandatario único encargado de hacerlo todo en su nombre sin consultarla. Para controlar éste, una razón pública sin órganos; para contenerlo, revoluciones y no leyes; de derecho, un agente subordinado; de hecho, un amo.

Se suele creer que las teorías destructivas hoy designadas con el nombre de socialismo son de origen reciente. Es un error, tales teorías son contemporáneas de los primeros economistas. Mientras éstos empleaban el gobierno omnipotente con el que soñaban cambiar la forma de la sociedad, los otros se apoderaban con la imaginación del mismo poder para destruir sus cimientos.

Leed el Código de la Naturaleza de Morelly, y en él hallaréis, junto a las doctrinas de los economistas sobre la omnipotencia del Estado y sus ilimitados derechos, muchas de las teorías políticas que más han horrorizado a Francia en estos últimos tiempos y cuyo nacimiento nos figuramos haber presenciado: la comunidad de bienes, el derecho al trabajo, la igualdad absoluta, la uniformidad en todas las cosas, la regularidad mecánica en todos los movimientos de los individuos, la tiranía reglamentaria y la absorción completa de la personalidad de los ciudadanos por el cuerpo social.

Nada, en la sociedad, pertenecerá ni particularmente, ni en propiedad, a nadie”, dice el artículo 1º del Código. “La propiedad es detestable, y el que intentare restablecerla será encerrado de por vida como loco furioso y enemigo de la humanidad. Todo ciudadano será alimentado, sustentado y ocupado a expensas del público”, dice el artículo 2º. “Se reunirán todos los productos en almacenes públicos para distribuirlos entre todos los ciudadanos y destinarlos a satisfacer las necesidades de la vida. Las ciudades se construirán con arreglo a un mismo plano; todos los edificios destinados al uso de los particulares serán iguales. A la edad de cinco años todos los niños serán separados de sus familias y educados en común de una manera uniforme al servicio del Estado.”

Codigo de la Naturaleza, de Morelly.

Este libro parece escrito ayer, pero lo fue hace cien años; apareció en 1775, al mismo tiempo que Quesnay fundaba su escuela. Hasta tal punto es cierto que la centralización y el socialismo son productos del mismo suelo; son uno, respecto del otro, lo que el fruto cultivado es al silvestre.

LA ADMINISTRACIÓN DE LA BUROCRACIA Y EL GOBIERNO DE LOS ELECTORES

De todos los hombres de su época, los economistas son los que pueden parecer menos desambientados en la nuestra; su pasión por la igualdad resulta tan decidida, y tan incierto su amor por la libertad, que tienen un engañoso aspecto de contemporáneos. Hacia 1750 la nación entera no se hubiera mostrado más exigente en materia de libertad política que los mismo economistas; al perder su uso, había perdido el amor a esa libertad y hasta la idea de la misma.

Más que derechos, la nación deseaba reformas y, si entonces hubiera ocupado el trono un príncipe de la talla y del carácter de Federico el Grande, estoy seguro de que tanto en la sociedad como en el gobierno habría llevado a cabo muchos de los más importantes cambios introducidos por la Revolución, no sólo sin perder su corona, sino aumentando mucho su poder.

Veinte años después, la situación era muy distinta: la imagen de la libertad política había sido ya percibida por los franceses y cada día les atraía más, como lo revelan numerosos hechos. Cuando en 1771 son destruidos los parlamentos, el mismo público, que tanto había padecido a causa de los prejuicios de aquellos, se conmueve profundamente ante su caída. Se diría que con ellos se derrumbaba la última barrera capaz de contener aún la arbitrariedad real.

Conviene no perder de vista lo antedicho si se quiere comprender la historia de nuestra Revolución. Cuando se despertó el amor de los franceses por la libertad política, ya habían concebido un cierto número de nociones en materia de gobierno que no sólo no se avenían fácilmente con la existencia de instituciones libres, sino que casi eran contrarias a ellas.

Habían admitido como ideal de una sociedad un pueblo sin más aristocracia que la de los funcionarios públicos, una administración única y todopoderosa, directora del Estado, tutora de los particulares. Cuando quisieron ser libres, no desecharon esta primera noción, tan sólo intentaron conciliarla con la de la libertad.

Emprendieron, pues, la tarea de mezclar una centralización administrativa sin límites y un cuerpo legislativo preponderante: la administración de la burocracia y el gobierno de los electores. La nación, como cuerpo, recibió todos los derechos de la soberanía, cada ciudadano en cuanto particular quedó sujeto a la más estrecha dependencia; a la primera se le pidieron la experiencia y las virtudes de un pueblo libre; al segundo, las cualidades de un buen servidor.

EL QUE NO BUSCA LA LIBERTAD POR SÍ MISMA ESTÁ HECHO PARA SERVIR

Ese deseo de introducir la libertad política en medio de instituciones e ideas ajenas o contrarias a ella, pero de las que ya habíamos contraído el hábito o concebido el gusto de antemano, es lo que desde hace sesenta años ha producido tantos vanos ensayos de gobiernos libres seguidos de tan funestas revoluciones, hasta que al fin muchos franceses, fatigados de tantos esfuerzos, desalentados por un trabajo tan laborioso y estéril, abandonando su segunda idea para volver a la primera, acabaron por pensar que, después de todo, tenía aún cierto atractivo vivir bajo un amo. Esto es lo que nos hace parecernos más a los economistas de 1750, que a nuestros antepasados de 1789.

Me he preguntado a menudo dónde está el origen de esta pasión por la libertad política que en todos los tiempos ha inducido a los hombres a realizar las cosas más grandes llevadas a cabo por la humanidad, en qué sentimientos se enraíza y se nutre.

Bien veo que, cuando los pueblos están mal gobernados, sienten espontáneamente el deseo de gobernarse a sí mismos; pero esa clase de amor a la independencia, que nace de ciertos males particulares y pasajeros que el despotismo trae consigo, nunca es duradero: pasa con el accidente que lo había hecho nacer; lo que parecía amor a la libertad no era más que odio al tirano. Lo que odian los pueblos nacidos para ser libres es el mal mismo de la dependencia.

Tampoco creo que el verdadero amor a la libertad haya nacido nunca de la mera contemplación de los bienes materiales que procura, pues esa contemplación se oscurece con frecuencia. Cierto es que a la larga la libertad aporta siempre holgura, bienestar y a menudo riqueza a los que saben conservarla; pero hay momentos en que perturba momentáneamente el uso de tales bienes; hay otros en que sólo el despotismo puede procurarlos pasajeramente. Los hombres que no la aman sino por estos bienes, jamás la han conservado largo tiempo.

Lo que le ha ganado en todas las épocas el corazón de ciertos hombres son sus mismos atractivos, su propio encanto, con independencia de sus beneficios; es el placer de poder hablar, obrar, respirar sin temor, sin más gobierno que el de Dios y el de las leyes. El que busca en la libertad otra cosa que no sea ella misma está hecho para servir.

Ciertos pueblos la persiguen obstinadamente a través de toda clase de peligros y miserias. No la aman, pues, por los bienes materiales que les proporciona, sino por considerarla en sí como un bien tan precioso y necesario, que ningún otro podría consolarles de su pérdida y de todo se consuelan disfrutándola. Otros se cansan de ella en medio de su prosperidad; se la dejan arrebatar de las manos sin resistencia, por miedo a comprometer en el esfuerzo ese mismo bienestar que le deben.

¿Qué les falta a éstos para seguir siendo libres? ¿Qué? La satisfacción misma de serlo. No me pidáis que analice esa sublime satisfacción; es preciso sentirla. Penetra por sí misma en los corazones grandes que Dios ha preparado para recibirla; los llena y los inflama. Hay que renunciar a hacérsela comprender a las almas mediocres que nunca la han sentido.

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ALEXIS DE TOCQUEVILLE, El Antiguo Régimen y la Revolución, Libro tercero, capítulo III. Alianza Editorial, 2004. [FD, 11/02/2007]

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