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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

SEGUIRÉ SOÑANDO CON LA LIBERTAD DEL MUNDO, por Thomas Jefferson

Filed under: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — 29 September, 2009 @ 20:30

“El único objetivo ortodoxo de la institución del gobierno es asegurar el más alto grado de felicidad posible a la gran mayoría de los asociados bajo él. Si la masa no conserva suficiente control sobre las personas a quienes se han confiado los poderes de gobierno, éstas se pervertirán para oprimirla y para perpetuar la riqueza y el poder en los individuos seleccionados para disfrutar de esa confianza y sus familias. Es cierto que estoy cansado de la política práctica. Que, cuando la mezquina, pérfida y cobarde astucia de los gabinetes había dado paso a la integridad y buena fe, todo vaya a ser de nuevo barrido por el audaz desprecio y la renuncia expresa a todo principio moral, repugna mortalmente a mi alma”.

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Tendremos, sin duda, nuestros desvaríos. Uno o más de ellos emergerán siempre. Pero nuestros desvaríos serán los propios del entusiasmo, no del fanatismo, no del jesuitismo. El fanatismo es enfermedad de la ignorancia, de las mentes morbosas; el entusiasmo, de las libres y animosas. La educación y la libre discusión son los antídotos de ambas cosas.

LA RAZÓN Y LA VERDAD SON ETERNAS, Y PREVALECERÁN ETERNAMENTE

Estamos destinados a ser una barrera contra el retorno de la ignorancia y la barbarie. La vieja Europa habrá de apoyarse en nuestros hombros y renquear como pueda a nuestro lado, obstaculizada por las trabas de sacerdotes y reyes. ¡Cuán colosales seremos cuando el continente meridional se ponga a nuestra altura! ¡Qué posición alcanzaremos como punto de mira para la razón y la libertad del globo!

La residencia de Jefferson en Monticello, adonde se retiró después de dos mandatos presidenciales para cultivar el campo y fabricar clavos.

Prefiero los sueños del futuro a la historia del pasado… así que ¡buenas noches! Seguiré soñando, imaginando siempre que Mrs. Adams y vos estáis a mi lado observando el transcurso y la evasión de las edades y los países. [Carta a John Adams. Monticello, 1 de agosto de 1816]

Singular es el anhelo de algunos de que todos pensemos de igual forma. ¿Sería hermoso el mundo si nuestros rostros fueran todos iguales? ¿Si nuestro humor, nuestro talento, nuestra forma, nuestros deseos, aversiones y empresas estuvieran vaciadas en el mismo molde? Si en la creación animal, vegetal o mineral no existieran variedades y todo se moviera de manera estrictamente uniforme, católica y ortodoxa ¡cuán monótono, física y moralmente sería el mundo!

Tales son los absurdos a que se ven abocados quienes usurpan el trono de Dios y le dictan lo que tenían que haber hecho. Ojalá comparezcan, con todos sus enigmas metafísicos, ante ese tribunal con manos y corazón tan limpios como lo estarán los nuestros. Allí, suspendidas en la balanza de la justicia eterna, la fe y las obras mostrarán su valor con su peso respectivo. Dios os bendiga y os preserve vivo y sano muchos años. [Carta a Charles Thomson. Monticello, 29 de enero de 1817]

Los niños de la generación actual serán los hombres de la siguiente, y los únicos guardianes de los principios que les transmitamos. Siento hasta en la última fibra de mi constitución que he basado mi vida en principios de sincero republicanismo. Y cuando algún hombre que piensa como yo atestigua en mi favor, mi satisfacción es completa [...]

Los tiempos que nos pusieron en recíproco contacto fueron muy duros. Pero la razón y la verdad son eternas. Han prevalecido. Y prevalecerán eternamente aunque haya tiempos y lugares en que puedan verse transitoriamente abrumadas por la violencia militar, civil o eclesiástica.

El mundo nos ha confiado la preservación del fuego sagrado, y las chispas que emanen de él servirán siempre para avivarlo en otras regiones del globo, numinibus secundis (con la ayuda de los dioses). [Carta al reverendo Samuel Knox, candidato inicial a una cátedra en la Universidad de Virginia. Monticello, 12 de febrero de 1810)

LA NACIÓN ES POR SÍ MISMA PODER SOBERANO LEGISLATIVO, JUDICIAL Y EJECUTIVO

Decís que, al ser las leyes emanación del departamento legislativo y, una vez aprobadas, continuan en vigor por presumirse que la voluntad de aquél perdura, esa presunción cesa y las leyes se anulan naturalmente al destruirse el departamento legislativo. No creo que sea éste el fondo donde verdaderamente se apoyan las leyes y su administración.

El cuerpo entero de la nación es por sí mismo poder soberano legislativo, judicial y ejecutivo. La incomodidad de reunirse para ejercer personalmente esos poderes y su inaptitud para ejercerlos le inducen a designar órganos especiales para declarar su voluntad legislativa, para juzgar y para ejecutarla.

Lo que hace obligatoria una ley es la voluntad de la nación; es su voluntad lo que crea o aniquila el órgano que ha de declararla o anunciarla. Puede hacerlo por conducto de una sola persona, como un zar de Rusia (por constituir las declaraciones de éste expresión de la voluntad de aquél), o por conducto de unas pocas personas, como la aristocracia de Venecia, o por conducto de complicados consejos, como en nuestro anterior gobierno monárquico o en el republicano actual.

Habida cuenta de que la ley es ley por ser voluntad de la nación, no cambia cuando ésta cambia el órgano por conducto del cual decide expresar en el futuro su voluntad; como no cambian los actos que yo haya realizado por conducto de un abogado por el hecho de que cambie de abogado o prescinda de sus servicios. [...]

Cuando, con la Declaración de Independencia, el Estado de Virginia decidió abolir los órganos con los que hasta entonces expresaba su voluntad, las manifestaciones de voluntad declaradas formal y constitucionalmente con anterioridad permanecieron incólumes. Porque la nación no se disolvió, ni fue aniquilada; por consiguiente, su voluntad mantuvo su pleno vigor; y al establecerse los nuevos órganos, primero una convención y después un legislativo más complicado, las antiguas manifestaciones de voluntad nacional continuaron en vigor mientras la nación no expresó, por conducto de sus nuevos órganos, que su voluntad había cambiado. [...]

Por el amor del cielo ¿quién podría concebir en 1789 que en el transcurso de diez años tendríamos que luchar contra semejantes molinos de viento? [Carta a Edmund Randolph, fiscal general con Washington y sucesor de Jefferson como secretario de Estado. Monticello, 18 de agosto de 1799]

LA AUSENCIA DE PRINCIPIOS MORALES EN LOS GOBIERNOS ES REPUGNANTE

El único objetivo ortodoxo de la institución del gobierno es asegurar el más alto grado de felicidad posible a la gran mayoría de los asociados bajo él. Los acontecimientos que esta obra se propone abarcar establecerán el hecho de que si la masa no conserva suficiente control sobre las personas a quienes se han confiado los poderes de gobierno, éstas se pervertirán para oprimirla y para perpetuar la riqueza y el poder en los individuos seleccionados para disfrutar de esa confianza y sus familias.

Todavía no ha acabado el experimento que determinará si nuestra Constitución ha acertado con el grado de control necesario; y es muy alentador reflexionar que, merced a la distancia y a otras dificultades que nos defienden de los gobiernos bandoleros de Europa y nos permiten disfrutar con seguridad de nuestras tierra y hogares, el experimento tiene más posibilidades de culminar con éxito aquí que en ninguna otra ocasión que se haya presentado en la historia.

Ojalá los hombres rompan las cadenas con que la ignorancia y la superstición monacal les habían inducido a aherrojarse y asuman las bendiciones y la seguridad del autogobierno.

Por consiguiente, la meta más digna de cualquier obra política y filantrópica es fomentar la unanimidad y la perseverancia en esta gran empresa, desdeñar el desaliento, alentar la tentativa y alimentar la esperanza. Espero, por tanto, que mis conciudadanos, así apercibidos de las rocas y bajíos donde han naufragado otras asociaciones, podrán gobernar la suya con mejor conocimiento de los peligros que se interponen en su camino. [Carta a F. A. van der Kemp, patriota holandés exiliado, ministro y escritor, que se naturalizó americano, y confidente intelectual de Jefferson. Monticello, 22 de marzo de 1812]

Es cierto que estoy cansado de la política práctica, y que soy más feliz leyendo la historia antigua que la moderna. La proscripción total de todo principio moral del código que rige las relaciones entre las naciones, la triste reflexión de que, cuando la mezquina, pérfida y cobarde astucia de los gabinetes de la época de Maquiavelo había dado paso a la integridad y buena fe que dignificó la siguiente, la de Catham y Turgot, todo vaya a se de nuevo barrido por el audaz desprecio y la renuncia expresa a todo principio moral de un Cartouche o un Barbanegra, repugna mortalmente a mi alma.

Aparto la vista, asqueado, y me refugio en las historias de otros tiempos, cuyo relato, aunque tampoco exento de Tarquinos, Catilinas y Calígulas, nos llega de la pluma de un Livio, un Salustio y un Tácito, consolándonos con la reflexión de que la condena de todas las generaciones sucesivas ha confirmado la censura del historiador, deshonrando para siempre el recuerdo de aquellos hombres, consuelo que sólo podemos anticipar en el caso de los Jorges y los Napoleones. [Carta al coronel William Duane. Monticello, 4 de abril de 1813]

OJALÁ TODO EL MUNDO ROMPA LAS CADENAS DE LA IGNORANCIA Y ASUMA LAS BENDICIONES Y LA SEGURIDAD DEL AUTOGOBIERNO

El sufrimiento por la enfermedad que padezco se agrava notablemente porque me impide participar personalmente en la celebración de ese día. En verdad habría sido para mí motivo de especial deleite reunirme e intercambiar personalmente felicitaciones con la pequeña banda, los restos de aquella hueste de personas dignas que se sumaron a nosotros aquel día en la audaz e incierta elección entre la espada y la sumisión que tuvimos que hacer para nuestro país; y haber disfrutado con ellos el consuelo de saber que nuestros conciudadanos, tras medio siglo de experiencia y prosperidad, siguen aprobando nuestra decisión.

Ojalá sea para el mundo lo que creo habrá de ser (en algunas partes antes, en otras más tarde, pero finalmente en todas), una señal para que los hombres rompan las cadenas con que la ignorancia y la superstición monacal les habían inducido a aherrojarse y asuman las bendiciones y la seguridad del autogobierno.

El sistema que hemos instituido restaura el libre derecho al ejercicio ilimitado de la razón y de la libertad de opinión. Todos los ojos están abiertos, o se están abriendo, a los derechos del hombre.

La expansión general de la luz de la ciencia ha descubierto ya a todos la verdad evidente de que la humanidad no ha nacido con sillas en la espalda, ni unos pocos privilegiados con botas y espuelas, dispuestos a cabalgar legítimamente sobre ella por la gracia de Dios. Esto es motivo de esperanza para otros.

En lo que a nosotros toca, ojalá que la repetición anual de este día refresque eternamente muestro recuerdo de esos derechos y nuestra entera devoción a ellos. [Carta a Roger C. Weightman, presidente de un proyecto de conmemoración del Día de la Independencia en Washington. La respuesta de Jefferson a su invitación, escrita menos de dos semanas antes de su muerte, es la última de sus cartas que se conserva]

* * *

THOMAS JEFFERSON, Autobiografía y otros escritos. Editorial Tecnos, 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz de Heredia. [FD, 25/04/2007]

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