LA ADICCIÓN A CREDOS CONSTITUYE UNA DEGRADACIÓN MORAL, por Thomas Jefferson
“Nunca he sometido en su totalidad el sistema de mis opiniones al credo de ningún grupo de hombres, ni en religión, ni en filosofía, ni en política, ni en ninguna otra cosa en la que tuviera posibilidad de pensar por mí mismo. Una adicción de esa naturaleza es la última degradación de un agente libre y moral. Si sólo pudiera ir al cielo con un partido, simplemente no iría. Esto es lo que pienso, y veréis por ello que tenía razón al decir que no era ni federalista ni antifederalista; que no soy de ninguno de los dos partidos, ni tampoco un contemporizador entre partidos. Nunca tuve, en religión o en política, una opinión que no me atreviera a sostener. Una constreñida reserva sobre estas cuestiones me habría, quizá, procurado mayor estima por parte de algunos, pero menos por mi propia parte. Lo que más deseo es proseguir cumpliendo, estricta pero silenciosamente, mi deber; evitar llamar la atención, y mantener mi nombre fuera de los periódicos, porque el dolor de una leve censura, aun injustificada, me parece más agudo que el placer de una gran alabanza”.
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Después de mi última carta, que fue del 21 de diciembre, he recibido las vuestras del 9 y el 21 de diciembre. Aceptad mi agradecimiento por los papeles y los folletos que las acompañaban, y el mío y el de mi hija por el libro de canciones. No os diré cuánto nos han complacido, ni cuánta alabanza merece, por su pasión, la última de ellas, pero os relataré un hecho, a saber, que mientras mi hija mayor la tocaba en el clavicordio, miré por casualidad hacia el fuego y vi a la pequeña anegada en lágrimas. Le pregunté si estaba enferma. “No”, dijo, “pero es una melodía tan triste…”.
El editor de la Encyclopédie ha publicado algo referente al precio adelantado de sus futuros volúmenes que, según tengo entendido, ha alarmado a los suscriptores. Fue en un periódico que no recibo y, por consiguiente, todavía no lo he visto, ni puedo decir de qué se trata. Espero que ha habréis dejado de hacer muecas en relación con vuestro vinagre, y que lo hayáis recibido sano y salvo.
NO PERTENEZCO A NINGÚN PARTIDO NI SOY UN CONTEMPORIZADOR ENTRE PARTIDOS
Decís que os han hablado de mí tachándome de antifederalista, y me preguntáis si es cierto. Mi opinión nunca ha tenido importancia suficiente para que merezca citarse; pero ya que me lo preguntáis, os la daré.
No soy federalista, porque nunca he sometido en su totalidad el sistema de mis opiniones al credo de ningún grupo de hombres, ni en religión, ni en filosofía, ni en política, ni en ninguna otra cosa en la que tuviera posibilidad de pensar por mí mismo. Una adicción de esa naturaleza es la última degradación de un agente libre y moral. Si sólo pudiera ir al cielo con un partido, simplemente no iría.
Por consiguiente, no soy del partido de los federalistas. Pero estoy mucho más lejos del de los antifederalistas. Aprobé, desde el primer momento, la gran mayoría de lo que contiene la nueva Constitución: la consolidación del gobierno; la organización de un ejecutivo, un legislativo y un judicial; la subdivisión del legislativo; el feliz compromiso de los intereses de los Estados grandes y pequeños mediante la distinta forma de votar en cada una de las Cámaras; la votación por personas en vez de por Estados; la facultad de veto cualificado a las leyes otorgada al Ejecutivo, que, sin embargo, me hubiera gustado más si hubiera asociado también al judicial, como en Nueva York; y el poder impositivo. Al principio pensaba que este último podía haber sido limitado. Un poco de reflexión me convenció pronto de que no debía serlo.
Lo que desaprobé, también desde el primer momento, fue la falta de una declaración de derechos para proteger la libertad, tanto de la rama legislativa como de la ejecutiva del gobierno; es decir, para garantizar la libertad de religión, la libertad de imprenta, la libertad frente a los monopolios, la libertad frente a la detención ilegal, la libertad frente a un ejército permanente, y un juicio por jurado, determinable en todos los casos por la ley del lugar. También desaprobé la reelegibilidad perpetua del presidente. Me adhiero a estos puntos de desaprobación.
Lo primero que deseé fue que las primeras nueve convenciones aceptaran la constitución, garantizándonos la gran masa de cosas buenas que contiene, y que las cuatro últimas la rechazaran, con el fin de conseguir enmiendas. Pero mi deseo se corrigió en el momento mismo en que conocí el plan, mucho mejor, de Massachusetts, que no se me había ocurrido.
LO QUE MÁS DESEO ES PROSEGUIR CUMPLIENDO, ESTRICTA PERO SILENCIOSAMENTE, MI DEBER
En lo que toca a la declaración de derechos, supongo que la mayoría de los Estados Unidos comparten mi opinión; pues tengo entendido que todos los antifederalistas y una proporción respetable de los federalistas consideran que debe añadirse ahora una declaración de esa naturaleza. La parte ilustrada de Europa nos ha atribuido la mayor parte del mérito de la invención del instrumento para la seguridad de los derechos del pueblo, y se ha sorprendido no poco de vernos renunciar a él tan pronto.
En lo que toca a la reelegibilidad del presidente, parece que difiero de la mayoría de mis compatriotas; pues creo que entre los once sólo tres Estados han propuesto esta alteración. Y, en verdad, una vez establecida la cuestión, no desearía que se alterase en vida de nuestro gran gobernante [George Washington], cuyo talento ejecutivo es, en mi opinión, superior al de cualquier otro hombre vivo, y que es la única persona plenamente capacitada, por la autoridad de su nombre y la confianza depositada en su absoluta integridad, para poner en marcha el nuevo gobierno y defenderlo de los esfuerzos de la oposición. Pero, una vez aprovechadas todas las ventajas derivadas de nuestro error, espero que lo corrijamos tan pronto como no podamos contar con el mismo hombre al timón.
Esto, querido amigo, es lo que pienso, y veréis por ello que tenía razón al decir que no era ni federalista ni antifederalista; que no soy de ninguno de los dos partidos, ni tampoco un contemporizador entre partidos. Escribí estas mis opiniones, a las pocas horas de haber leído la Constitución, a uno o dos amigos en América. Por entonces no había leído una sola palabra impresa sobre la cuestión.
Nunca tuve, en religión o en política, una opinión que no me atreviera a sostener. Una constreñida reserva sobre estas cuestiones me habría, quizá, procurado mayor estima por parte de algunos, pero menos por mi propia parte. Lo que más deseo es proseguir cumpliendo, estricta pero silenciosamente, mi deber; evitar llamar la atención, y mantener mi nombre fuera de los periódicos, porque el dolor de una leve censura, aun injustificada, me parece más agudo que el placer de una gran alabanza. La característica más atractiva de mi cargo actual es que puedo realizar sus funciones fuera de la vista de aquéllos para los que se realizan.
No pensasteis que una frase tan corta de vuestra carta iba a traer sobre vos tan egoísta disertación. Os pido por ello perdón, y me esforzaré en merecerlo expresándolo en constante sentimiento de estima y apego con el que soy, estimado caballero, vuestro sincero amigo y servidor.
[Carta a Francis Hopkinson, consumado estadista, músico y escrito, que se escribía frecuentemente con Jefferson. París, 13 de marzo de 1789]
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THOMAS JEFFERSON, Autobiografía y otros escritos. Editorial Tecnos, 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz de Heredia.
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