EL CAMPO ODIOSO DE LA POLÍTICA, por Henri-Frederic Amiel
“Aquí casi nadie comprende la imparcialidad, la necesidad relativa del antagonismo, el bien del partido contrario. Deberás combatir el exclusivismo, pero también el doctrinarismo. Las formulas nunca salvarán a un pueblo. No se pueden implantar leyes, ni siquiera excelentes, prematuramente; las naciones, lo mismo que los individuos, son asimilables sólo por medio de su cultura; y más allá de sus necesidades, las mejores medidas o determinaciones de gobierno les resultan del todo inútiles. No se logrará que beban más de lo que lo hace un asno sin sed, y todo el trabajo empleado en ello es superfluo. En los revolucionarios, lo mismo que en los revoltosos, veo unos hombres que mezclan en proporciones diferentes el error y la verdad, el egoísmo y la justicia, impulsados por móviles morales bastante confusos, y guiados por maneras de ver imperfectas; y todos ellos trabajando, cada uno por su lado, en un fin común, superior a su alcance y a sus deseos. Lo que me interesa y me ocupa es la vida nacional histórica, que agrupa todos esos antagonismo interiores. Aquí soy observador, y no agente, limitándome además al terreno científico y moral, fuera del campo odioso de la política; no debes dejarte arrastrar y desviar, antes de que te llegue el momento. Tienes que agrupar y ampliar el partido de los independientes y del futuro. Conclusión: en nuestros radicales, no me gustan las personas ni las teoría; y en los conservadores, aprecio las personas, pero poco las máximas. ¿Cómo hacer? Respetar a los hombres; combatir las ideas.”
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COMBATIRÉ EL EXCLUSIVISMO, PERO TAMBIÉN EL DOCTRINARISMO: LAS FÓRMULAS NUNCA SALVARÁN A UN PUEBLO
Conducta. Te adormeces por inercia, y te buscas una serie de dificultades y sospechas que con el tiempo se convertirán en un gran obstáculo. Ya se ha comentado en el jurado que eras comunista. Y tus antiguos conocidos (Roget, Munier, etc.), sorprendidos de no verte de nuevo, van a pensar que tu posición es equívoca. Los señores De la Rive y Viridet, y todo el mundo, después, sondearán tus opiniones políticas, o las supondrán. ¿Cuál ha de ser tu actitud ante todo esto?
No puedes permanecer indiferente o ignorante. Más vale la claridad, dentro de una actitud circunspecta. Deberás dejarte ver como extraño a las querellas, por tu larga ausencia, alejado de todo prejuicio precipitado y temerario, por carácter y por principio; y siempre sin salirte del terreno científico, y esto sin favoritismo por un lado y sin motivos interesados por otro. Te reducirás a afirmar una sola cosa: la necesidad de una enseñanza viva y tu deseo de participar en ella, para hacer aprovechar a los demás tus pequeñas experiencias acumuladas en los países extranjeros; como medio de llegar a ello, te mostrarás únicamente partidario del concurso, del mérito; te abstendrás de la política y te interesarás en que te pongan al corriente de los proyectos de cada partido; tú solamente deseas la gloria y la felicidad de Ginebra, pero en una metamorfosis; cuál de los partidos sea el más idóneo para acelerar este futuro es cuestión sobre la que no puedes de momento pronunciarte en absoluto. No juzgues los hombres ni las cosas, sino sólo las ideas, y pide a todos sus opiniones sobre el porvenir de Ginebra.
Las posiciones claras son mucho más fáciles, pues de esta forma vas directo contra los que sospechan; no provoques explicaciones, pero no te niegues a darlas. No te muestres muy abierto, pero tampoco rígido. Piensa que aquí casi nadie comprende la imparcialidad, la necesidad relativa del antagonismo, el bien del partido contrario.
Deberás combatir el exclusivismo, pero también el doctrinarismo. Las formulas nunca salvarán a un pueblo. No se pueden implantar leyes, ni siquiera excelentes, prematuramente; las naciones, lo mismo que los individuos, son asimilables sólo por medio de su cultura; y más allá de sus necesidades, las mejores medidas o determinaciones de gobierno les resultan del todo inútiles. No se logrará que beban más de lo que lo hace un asno sin sed, y todo el trabajo empleado en ello es superfluo. Las revoluciones tienen el defecto de pasar por alto su finalidad, antes de volver a tenerla en cuenta, y hacen pagar prodigiosamente caro cada progreso; también es cierto que, debido a las malas pasiones y al egoísmo de todos, hay que exigir mucho para obtener algo.
En los revolucionarios, lo mismo que en los revoltosos, veo unos hombres que mezclan en proporciones diferentes el error y la verdad, el egoísmo y la justicia, impulsados por móviles morales bastante confusos, y guiados por maneras de ver imperfectas; y todos ellos trabajando, cada uno por su lado, en un fin común, superior a su alcance y a sus deseos. Lo que me interesa y me ocupa es la vida nacional histórica, que agrupa todos esos antagonismo interiores. Aquí soy observador, y no agente, limitándome además al terreno científico y moral, fuera del campo odioso de la política; no debes dejarte arrastrar y desviar, antes de que te llegue el momento. Tienes que agrupar y ampliar el partido de los independientes y del futuro.
Martes, 16 de enero de 1849.
EN LAS POLÉMICAS, COMBATIR CIENTÍFICAMENTE, ES DECIR, CON RAZONES, Y SÓLO CONTRA LAS OPINIONES
Una categoría de honestos pero estrechos conservadores ha invadido la plaza (M. Adert, Turrettini, Colladon, Sayous, Roget, Joël Cherbuliez). ¿Qué hacer? Presentarles batalla con sus propias armas, reformar la Universidad de Basilea orgánicamente, por sí misma. Queréis la moderación, la imparcialidad: muy bien, yo también; queréis juzgar los movimientos de Alemania, Francia, Inglaterra: yo también; defender la causa del espiritualismo, de la civilización: yo también; continuar una tradición honorable: muy bien.
Pero creo que realizáis de muy mala manera vuestro deseo. Vuestra moderación resulta vulgaridad; vuestra crítica, verborrea sin valor; vuestra defensa, un escudo de papel y una espada de paja; vuestra continuación, una degeneración, porque se trata de un combate nuevo en el que no habéis renovado el armamento. Precisamente, para realizar lo que pedís, debéis dejar sitio a las nuevas ideas, a una ciencia más enérgica, a un partido menos vejestorio que la edición borrosa del conservadurismo decrépito. ¡Id, y que Dios os bendiga! Pero para intentar esa renovación, esperad a poder hacer algo mejor, ya sea por vosotros mismos, ya mediante aliados.
Hasta que llegue ese momento, predicar y protestar con el ejemplo. Sustituir el boletín literario malo por uno bueno; los insípidos artículos de fondo por otros más sustanciales. Conquistar el derecho de atacar y de desaprobar haciendo al mismo tiempo algo positivo. Apoyarte en Sayous, Roget, Naville, Hornung. En las polémicas, combatir científicamente, es decir, con razones, y sólo contra los opiniones.
Es más bello y más agradable convertir que aplastar.
Berlín. Viernes, 23 de junio de 1848.
¿CÓMO HACER? ATACAR LAS DOCTRINAS INDIFERENTEMENTE; RESPETAR A LOS HOMBRES, COMBATIR LAS IDEAS
Para los conservadores, el término radical no tiene otro sentido que inmoral, ladrón, imbécil, destructor, y no representa ningún principio, ningún sistema; no aíslan el partido de los individuos, la doctrina de sus representantes. Niegan a los tahitianos el derecho a rechazar el cristianismo en vista de los vicios de los cristianos que se lo ofrecen, y quieren hacer responsable a una teoría política de los vicios de sus representantes. Creo que es una actitud sin justicia alguna. A los conservadores les reprocho:
Parcialidad: reprochan a sus adversarios las personalidades y ellos se laso permiten; les reprochan asimismo la sospecha sistemática, pero ellos la practican; hacen pesar sobre ellos la solidaridad de las faltas de su partido en otros Eestados, y no lo aceptan respecto a ellos, etc.
Visión limitada: se someten al texto, anadan siempre buscando vueltas a las cosas; se refugian constantemente en el terreno jurídico, en cuanto se trata de historia y de política.
Vacío: saben lo que no quieren, pero no lo que quieren. Son reacios, pero carecen de iniciativa.
Y tienen de bueno: la honestidad general, el conocimiento más seguro de los negocios, el respeto a la ley a los derechos adquiridos, a las personas y a las cosas. En una palabra, son sin comparación más estimables; pero son estrechos y sin coraje, miopes y torpes. Me gustan sus personas y su carácter, pero no su manera de ver. Los estimo, pero no los admiro.
Conclusión: en nuestros radicales, no me gustan las personas ni las teoría; y en los conservadores, aprecio las personas, pero poco las máximas. ¿Cómo hacer? Juzgar a las personas desde el punto de vista moral, y procurar conocerlos en su carácter; atacar las doctrinas indiferentemente. Respetar a los hombres; combatir las ideas.
Weissenburgo, 23 de agosto de 1849.
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Unos, apoyándose en mis antecedentes conocidos, me suponen conservador; otros, sabiéndome en contacto con las nuevas ideas, esperan de mí un tipo libre e innovador. Y yo soy de un color neutro. Me atribuyen mucha capacidad y conocimientos, y cada cual me espera para su partido. Y están hambrientos y sedientos de ciencia nueva… Pero precisamente porque necesitan tantas cosas y porque esperan mucho de mí, me siento intimidado. El ideal con el que comparan amenaza con aplastarme.
Tubinga. Domingo, 26 de noviembre, de noche.
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HENRI-FREDERIC AMIEL, escritor y filósofo suizo (1821-1881). Diario íntimo, 1839-1850. Edaf, 1974. Traducción: Gonzalo Torrente Malvido. [FD, 18/05/2009]
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March 6th, 2010 @ 00:46
“Aquí casi nadie comprende la imparcialidad, la necesidad relativa del antagonismo, el bien del partido contrario. Deberás combatir el exclusivismo, pero también el doctrinarismo.
Las formulas nunca salvarán a un pueblo. No se pueden implantar leyes, ni siquiera excelentes, prematuramente; las naciones, lo mismo que los individuos, son asimilables sólo por medio de su cultura; y más allá de sus necesidades, las mejores medidas o determinaciones de gobierno les resultan del todo inútiles. No se logrará que beban más de lo que lo hace un asno sin sed, y todo el trabajo empleado en ello es superfluo.
En los revolucionarios, lo mismo que en los revoltosos, veo unos hombres que mezclan en proporciones diferentes el error y la verdad, el egoísmo y la justicia, impulsados por móviles morales bastante confusos, y guiados por maneras de ver imperfectas; y todos ellos trabajando, cada uno por su lado, en un fin común, superior a su alcance y a sus deseos.
Lo que me interesa y me ocupa es la vida nacional histórica, que agrupa todos esos antagonismo interiores. Aquí soy observador, y no agente, limitándome además al terreno científico y moral, fuera del campo odioso de la política; no debes dejarte arrastrar y desviar, antes de que te llegue el momento. Tienes que agrupar y ampliar el partido de los independientes y del futuro.
Conclusión: en nuestros radicales, no me gustan las personas ni las teoría; y en los conservadores, aprecio las personas, pero poco las máximas. ¿Cómo hacer? Respetar a los hombres; combatir las ideas.” AMIEL
¿Acaso se puede decir algo más lúcido, ético y justo? En cualquier caso, antes de leer este lugar del filósofo ginebrino, yo ya había manifestado, en los cientos de artículos y comentarios que andan desperdigados por ahí, idénticos sentimientos, sólo que expresados mucho más torpemente. ¡Qué magnífica escritura la de este hombre, aunque solo compusiera un diario!
Y ¡qué magníficas ideas! Sobre todo, las metafísicas y religiosas. Si hace años yo hubiera encontrado o sabido de un sólo protestante vivo como él, nunca hubiera abandonado el protestantismo. Y, tal como me había propuesto, hubiera seguido trabajando para metamorfosearlo, una vez limpio de dogmas y supersticiones, en la religión del porvenir.