¿CUÁL ES EL VALOR DE UNA LIBERTAD POLÍTICA?, por Henry D. Thoreau
“¿Qué sentido tiene nacer libres y no vivir libres? ¿Cuál es el valor de una libertad política sino el de hacer posible una libertad moral? ¿Alardeamos de la libertad de ser esclavos o de la libertad de ser libres? Somos una nación de políticos y nos preocupamos sólo por una defensa superficial de la libertad. Nos sometemos a impuestos injustos. Hay un grupo de entre nosotros que no está representado. Son impuestos sin representación. Con respecto a la auténtica cultura y a la hombría de bien, somos aún esencialmente provincianos porque no adoramos la verdad sino el reflejo de la verdad; porque estamos pervertidos y limitados por una devoción exclusiva al negocio y al comercio y a las fábricas y a la agricultura y cosas semejantes, que son sólo medios y no fines. Hay algunos que todavía se consideran estadistas y filósofos y que están tan ciegos que piensan que el progreso y la civilización dependen, precisamente, de este tipo de intercambio y de tal actividad que más bien parece la actividad de las moscas alrededor de una cuba de melaza. Cuando preferimos la cultura a las patatas y el entendimiento a las ciruelas, entonces los grandes recursos del mundo se extraen y el resultado o la producción básica no son esclavos ni obreros sino hombres: esos escasos frutos que llamamos héroes, santos, poetas, filósofos y redentores. En resumen, al igual que se forman los ventisqueros cuando cesa el viento, así mismo cuando cesa la verdad surge una institución. Pero la verdad sigue soplando por las alturas y al final acaba por destruirla.”
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Se dice que América va a ser el campo de batalla donde se librará la batalla por la libertad, pero en realidad no puede ser que se refieran a la libertad en un sentido exclusivamente político. Incluso si aceptamos que el americano se ha librado de un tirano político, todavía es esclavo de un tirano económico y moral. Ahora que la república -la res-publica- está instituida, es hora de buscar la res-privata -los asuntos privados- para cuidar de que, como el senado romano aconsejaba a sus cónsules: “ne quid res-PRIVATA detrimendi caperet”, o sea, los asuntos privados no sufran deterioro alguno.
SOMOS AÚN ESENCIALMENTE PROVINCIANOS PORQUE ESTAMOS PERVERTIDOS Y LIMITADOS POR UNA DEVOCIÓN EXCLUSIVA AL NEGOCIO Y AL COMERCIO Y A LAS FÁBRICAS Y A LA AGRICULTURA, QUE SON SÓLO MEDIOS Y NO FINES
¿Llamamos a ésta la tierra de los hombres libres? ¿Qué supone ser libres respecto del rey Jorge y seguir siendo esclavos del rey Prejuicio? ¿Qué sentido tiene nacer libres y no vivir libres? ¿Cuál es el valor de una libertad política sino el de hacer posible una libertad moral? ¿Alardeamos de la libertad de ser esclavos o de la libertad de ser libres? Somos una nación de políticos y nos preocupamos sólo por una defensa superficial de la libertad. Los hijos de nuestros hijos tal vez se sientan un día realmente libres. Nos sometemos a impuestos injustos. Hay un grupo de entre nosotros que no está representado. Son impuestos sin representación. Nosotros alojamos a las tropas, a tontos y ganado de todas clases. Alojamos nuestros cuerpos bastos en nuestras pobres almas, hasta que los primeros consumen toda la sustancia de las segundas.
Con respecto a la auténtica cultura y a la hombría de bien, somos aún esencialmente provincianos porque no adoramos la verdad sino el reflejo de la verdad; porque estamos pervertidos y limitados por una devoción exclusiva al negocio y al comercio y a las fábricas y a la agricultura y cosas semejantes, que son sólo medios y no fines.
De esta manera es también provinciano el Parlamento inglés. Simples paletos que se traicionan unos a otros cada vez que se les presenta un asunto importante que resolver: el problema irlandés, por ejemplo. ¿Por qué no lo llamé el problema inglés? Sus naturalezas se corrompen en contacto con la propia bajeza de los temas que tratan. Su “buena crianza” respeta sólo cuestiones secundarias. Los mejores modales del mundo pasan a ser fatuos y torpes al compararlos con una inteligencia superior. Su apariencia no es sino como la de las modas de otros tiempos: simples cortesías, genuflexiones y calzas hasta la rodilla pasados de moda. Es el vicio y no los modales exquisitos lo que hace que pierdan la firmeza de carácter. En realidad no son más que ropas desechadas o conchas huecas clamando por el respeto que se debía al ser que las habitaba. Se os regala la concha en lugar de la carne y no es excusa que, en el caso de ciertos moluscos, las conchas tengan más valor que la carne.
El hombre que me impone sus buenos modales actúa como si se empeñara en mostrarme el cuarto de sus colecciones, cuando lo que yo quería era verle a él. No fue éste el sentido con el que el poeta Decker llamó a Cristo “el primer auténtico caballero que jamás haya existido”. Repito que en este sentido la corte más gloriosa de la cristiandad es provinciana, pues sólo tiene autoridad para decidir sobre intereses transalpinos, y no sobre los asuntos de Roma. Un pretor o un procónsul sería suficiente para resolver los problemas que acaparan la atención del Parlamento inglés y del Congreso americano.
¡Gobierno y legislación! A éstas las consideraba yo profesiones respetables. Hemos oído hablar en la historia del mundo de Numas, Licurgos y Solones de origen divino, nombres que pueden al menos representar legisladores ideales; ¡pero pensad lo que supone dictar las normas para producir esclavos o exportar tabaco! ¿Qué tienen que ver los legisladores divinos con la importación o exportación del tabaco? ¿Y los legisladores humanos con respecto a la producción de esclavos? Suponed que tuvieseis que someter esa cuestión a un hijo de Dios. ¿No tiene Él ningún hijo en el siglo XIX? ¿Se trata de una familia extinguida? ¿Con qué condiciones la recuperaríais? ¿Qué dirá el Estado de Virginia el último día cuando éstas han sido sus principales y básicas cosechas? ¿Qué lugar ocuparía el patriotismo en semejante Estado? Tomo los datos de las estadísticas que han publicado los propios Estados.
CUANDO PREFERIMOS LA CULTURA A LAS PATATAS Y EL ENTENDIMIENTO A LAS CIRUELAS EL RESULTADO NO SON ESCLAVOS NI OBREROS, SINO HOMBRES: ESOS ESCASOS FRUTOS QUE LLAMAMOS HÉROES, SANTOS, POETAS, FILÓSOFOS Y REDENTORES
¡Un comercio que surca los mares para comprar nueces y pasas, y que incluso esclaviza a los marineros con este propósito! El otro día vi un barco que había naufragado y en el cual se habían perdido muchas vidas y su cargamento de ropas, nebrinas y almendras amargas. ¡América va al Viejo Mundo por sus frutos amargos! ¿no es el mar o el naufragio lo bastante amargo como para hacer que la sabia de la vida se vierta en ellos? Sin embargo, así es en su mayor parte nuestro ensalzado comercio y hay algunos que todavía se consideran estadistas y filósofos y que están tan ciegos que piensan que el progreso y la civilización dependen, precisamente, de este tipo de intercambio y de tal actividad que más bien parece la actividad de las moscas alrededor de una cuba de melaza. Sería estupendo, alguien ha dicho, que los hombres fueran ostras, y estupendo, le contestaría yo, si fueran mosquitos.
El teniente Herndon, enviado por nuestro gobierno a explorar el Amazonas y, según parece, a extender el área de esclavitud, advirtió que allí hacía falta “una población laboriosa y activa que conozca las comodidades de la vida y que tenga necesidades artificiales que le induzcan a extraer del país sus múltiples recursos”. Pero, ¿cuales son esas “necesidades artificiales” a estimular? No son el amor a los lujos como el tabaco y los esclavos, tan abundantes en su Virginia natal, ni el hielo y el granito y otras riquezas materiales de nuestra Nueva Inglaterra natal. Ni tampoco son “los grandes recursos de un país” la fertilidad o la esterilidad del suelo que los produce.
La necesidad básica de todo Estado donde he vivido es la elevada y seria ambición de sus habitantes. Esto es lo único que desarrolla “los grandes recursos” de la Naturaleza y que, a la larga, le exige explotarlos pro encima de sus posibilidades, porque desde luego el hombre se mueve en el curso natural de las cosas. Cuando preferimos la cultura a las patatas y el entendimiento a las ciruelas, entonces los grandes recursos del mundo se extraen y el resultado o la producción básica no son esclavos ni obreros sino hombres: esos escasos frutos que llamamos héroes, santos, poetas, filósofos y redentores.
En resumen, al igual que se forman los ventisqueros cuando cesa el viento, así mismo cuando cesa la verdad surge una institución. Pero la verdad sigue soplando por las alturas y al final acaba por destruirla.
Eso que llaman política es algo tan superficial y poco humano que en la práctica nunca he reconocido que me interesara. Los periódicos, según veo, dedican varias columnas gratuitamente a la política o a los asuntos de gobierno y esto, diría yo, es lo que los salva. Pero como yo amo la literatura, y en cierto modo también la verdad, no leo nunca estas columnas. No quiero embotar hasta ese punto mi sentido de la justicia. No tengo que rendir cuentas por haber leído un sólo mensaje del Presidente. ¡Ésta es una época extraña del mundo, en la que los imperios, los reinos y las repúblicas vienen a pedir a la puerta de un hombre corriente y le cuentan sus problemas al oído!
LAS COSAS QUE MÁS ACAPARAN LA ATENCIÓN DE LOS HOMBRES, COMO LA POLÍTICA Y LA RUTINA DIARIA, SON FUNCIONES VITALES PARA LA SOCIEDAD HUMANA, PERO DEBERÍAN REALIZARSE INCONSCIENTEMENTE, COMO LA DIGESTIÓN O LA CIRCULACIÓN
No puedo coger un periódico sin encontrarme con que un desdichado gobierno, acorralado y en sus últimos días, me está pidiendo a mí, el lector, que le vote, más inoportuno que un mendigo italiano; el cual, si se me ocurre leer su certificado, escrito tal vez por el secretario de un comerciante benévolo o por el patrón del barco que le trajo -puesto que no sabe ni una palabra de inglés- probablemente me informaría de la erupción de un Vesubio, o el desbordamiento de un Po, verdadero o inventado, que le redujo a esta situación. Y en tal caso no dudo en sugerirle que que trabaje o que acuda a un asilo. ¿O si no, por qué no mantiene su vida privada en silencio, como hago yo normalmente?
El pobre presidente [Franklin Pierce, 1852-1856], entre conservar su popularidad y cumplir con su deber, se encuentra perplejo. Los periódicos son el poder dominante. Cualquier otro gobierno se reduce a unos cuantos infantes de marina de Fort Independence [Boston]. Si un hombre se niega a leer el Daily Times el gobierno se pondrá de rodillas ante él porque ésa es la única traición en estos tiempos.
Las cosas que más acaparan la atención de los hombres, como la política y la rutina diaria, son realmente funciones vitales para la sociedad humana, pero deberían realizarse inconscientemente como sucede con las correspondientes funciones del cuerpo físico. Son infrahumanas, una especie de vegetación. A veces me despierto en una semiconsciencia y las noto funcionar del mismo modo que alguien puede sentirse consciente de algunos procesos de digestión en un estado mórbido y llegar así a los que llaman la dispepsia.
Es como si un pensador se sometiera a ser digerido por la gran molleja de la creación. La política es, por así decirlo, la molleja de la sociedad, está llena de arena y grava y los dos partidos políticos son sus dos mitades enfrentadas. A veces se dividen en cuatro y entonces se restriegan unas contra las otras. No sólo los individuos sino también los Estados han confirmado de este modo su dispepsia, lo cual se manifiesta por una inusitada sonoridad que podéis imaginar.
Nuestra vida no es únicamente un olvidar, sino también, en gran medida, un recordar aquello de lo que nunca debimos ser conscientes, al menos no en nuestras horas de vigilia. ¿Por qué no nos reunimos alguna vez, no como dispéticos, para contarnos nuestros malos sueños, sino como eupépticos, para congratularnos mutuamente por el glorioso amanecer de cada día? No pido nada exorbitante, os lo aseguro.
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HENRY D. THOREAU, Una vida sin principios (fragmento). Alianza Editorial, 2009. Traducción de Mª Eugenia Díaz.
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