LA PASIÓN POR EL BIENESTAR Y EL DESPOTISMO DE LOS PARTIDOS, por Alexis de Tocqueville
“Cuando el afán por los goces materiales se desarrolla en un pueblo más rápidamente que la cultura y los hábitos de la libertad, llega un momento en que los hombres se encuentran como arrebatados y fuera de sí a la vista de esos nuevos bienes que están próximos a adquirir. Preocupados únicamente en hacer fortuna, no advierten el estrecho lazo que une la fortuna particular de cada uno de ellos con la prosperidad de todos. No es preciso arrancar a tales ciudadanos los derechos que poseen; ellos mismos los dejan escapar. Una nación que no exige a su gobierno más que el mantenimiento del orden ya quiere la tiranía en el fondo de su corazón; es esclava de su bienestar antes de que aparezca el hombre que efectivamente la encadene. El despotismo de las facciones no es menos de temer que el del hombre. Hasta los más pequeños partidos pueden tener esperanzas de convertirse en dueños y señores de los asuntos públicos cuando la masa de los ciudadanos no quiere ocuparse más que sus intereses privados. Entonces no es raro ver una multitud representada por un grupito de personas, que son las únicas que hablan en nombre de la masa ausente o distraída; sólo ellos actúan en medio de la inmovilidad universal; disponen, según su capricho, de todas las cosas, cambian las leyes y tiranizan las costumbres a su antojo; y causa asombro ver en qué pocas e indignas manos puede caer un gran pueblo”.
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Cuando un Estado democrático vuelve a la monarquía absoluta, la actividad que antes se dedicaba a los asuntos públicos y a los asuntos privados, se concentra de golpe en estos últimos, lo que produce, por algún tiempo, una gran prosperidad material; pero pronto decrece este movimiento y el desarrollo de la producción se detiene.
HAY UN LAZO INNEGABLE ENTRE BIENESTAR Y LIBERTAD
No creo que se pueda citar un solo pueblo industrioso y comercial, desde los tirios hasta los florentinos y los ingleses, que no haya sido un pueblo libre. Hay, pues, un estrecho lazo y una relación necesaria entre estas dos cosas: libertad e industria. Este es un hecho innegable para todas las naciones, pero mucho más para las democráticas.
Ya hice ver más arriba que los hombres que viven en tiempos igualitarios necesitan constantemente la asociación para procurarse casi todos los bienes que ambicionan; y, por otra parte, también he demostrado que la libertad política absoluta perfecciona y vulgariza en su seno el arte de asociarse. En esos tiempos, es, pues, especialmente útil la libertad para la producción de riquezas. Y, por el contrario, puede verse que el despotismo le es particularmente adverso.
En tiempos democráticos, el carácter del poder absoluto no es cruel ni salvaje, pero sí minucioso e importuno. Un despotismo de esta especie, aunque no pisotee a la humanidad, se opone directamente al espíritu comercial y a las inclinaciones de la industria.
Así, los hombres de los tiempos democráticos tienen necesidad de ser libres a fin de procurarse más fácilmente los goces materiales que constantemente les hacen suspirar. Sucede a veces, sin embargo, que la excesiva pasión que contraen por esos mismos placeres, les entrega al primer señor que se les presenta. La pasión del bienestar se vuelve entonces contra sí misma y aleja, sin apercibirse de ello, el objeto de sus ansias. En efecto, hay un paso muy peligroso en la vida de los pueblos democráticos.
Cuando el afán por los goces materiales se desarrolla en uno de esos pueblos más rápidamente que la cultura y los hábitos de la libertad, llega un momento en que los hombres se encuentran como arrebatados y fuera de sí a la vista de esos nuevos bienes que están próximos a adquirir. Preocupados únicamente en hacer fortuna, no advierten el estrecho lazo que une la fortuna particular de cada uno de ellos con la prosperidad de todos. No es preciso arrancar a tales ciudadanos los derechos que poseen; ellos mismos los dejan escapar.
LOS ESCLAVOS DEL BIENESTAR YA QUIEREN LA TIRANÍA EN SU CORAZÓN ANTES DE QUE APAREZCA EL TIRANO
El ejercicio de sus deberes políticos les parece un enojoso contratiempo que les distrae de su actividad. Si se trata de elegir a sus representantes, de prestar ayuda a la autoridad, de tratar en común la cosa pública, les falta tiempo; no pueden malgastar ese tiempo precioso en trabajos inútiles, en ocupaciones aptas para gentes ociosas, pero impropias de hombres graves y ocupados con los intereses serios de la vida.
Esas gentes creen seguir la doctrina del interés, pero no se forman de ella sino una idea burda, y, para velar mejor por lo que ellos llaman sus asuntos, descuidan el principal, que es el seguir siendo dueños de sí mismos.
Al no querer pensar en la cosa pública los trabajadores, y al no existir ya la clase que podría encargarse de esta tarea para llenar sus ocios, se produce como un vacío en el gobierno.
Si, en ese momento crítico, un hombre ambicioso y astuto se adueña del poder, encuentra libre el camino para todas las usurpaciones. Si procura, durante algún tiempo, que prosperen los intereses materiales, fácilmente se le disculpará lo demás. Sobre todo si garantiza el orden.
Los hombres apasionados por los goces materiales descubren, por lo común, que las agitaciones de la libertad perturban el bienestar, antes de comprender que la libertad les ayuda a procurárselo; y les quita el sosiego el menor rumor de pasión pública que penetre entre los pequeños goces de su vida privada; el miedo a la anarquía los mantiene incesantemente atemorizados, y están dispuestos a prescindir de la libertad al primer disturbio.
No tengo inconveniente en reconocer que la paz pública es un gran bien, mas no quisiera olvidar, sin embargo, que es a través del orden por donde todos los pueblos han llegado a la tiranía. Eso no quiere decir que los pueblos deban desdeñar la paz pública; pero no debe bastarles. Una nación que no exige a su gobierno más que el mantenimiento del orden ya quiere la tiranía en el fondo de su corazón; es esclava de su bienestar antes de que aparezca el hombre que efectivamente la encadene.
CAUSA ASOMBRO VER EN QUÉ POCAS E INDIGNAS MANOS PUEDE CAER UN GRAN PUEBLO
El despotismo de las facciones no es menos de temer que el del hombre. Hasta los más pequeños partidos pueden tener esperanzas de convertirse en dueños y señores de los asuntos públicos cuando la masa de los ciudadanos no quiere ocuparse más que de sus intereses privados.
Entonces no es raro ver en el vasto escenario del mundo, al igual que en nuestros teatros, una multitud representada por un grupito de personas, que son las únicas que hablan en nombre de la masa ausente o distraída; sólo ellos actúan en medio de la inmovilidad universal; disponen, según su capricho, de todas las cosas, cambian las leyes y tiranizan las costumbres a su antojo; y causa asombro ver en qué pocas e indignas manos puede caer un gran pueblo.
Los americanos han salvado felizmente hasta ahora todos los escollos que acabo de indicar; y es por eso por lo que realmente merecen ser admirados. Quizá no haya país en el mundo que albergue menos gentes ociosas que América, ni otro donde los trabajadores pongan tanto entusiasmo en el logro del bienestar. Pero si la pasión de los americanos por los goces materiales es violenta, al menos no es ciega, y la razón, aun no siendo capaz de moderarla, la dirige.
El americano se ocupa de sus negocios privados como si estuviese sólo en el mundo, pero un momento después se entrega a la tarea pública como si los hubiera olvidado. Tan pronto parece animado por la codicia más egoísta, como por el más vivo patriotismo. El corazón humano no puede dividirse de ese modo. Los habitantes de los Estados Unidos demuestran alternativamente una pasión tan arrolladora y tan semejante por su bienestar y su libertad, que induce a creer que esas pasiones se unen y se confunde en algún punto íntimo de su alma.
Los americanos ven en su libertad, en efecto, el mejor instrumento y la mayor garantía de su bienestar. Cada una de esas cosas les lleva a amar la otra. No opinan, pues, que los negocios públicos no sean cosas suya; al contrario, creen que su principal interés consiste en asegurarse por sí mismos un gobierno que les permita adquirir los bienes que desean y no les impida disfrutar en paz de los ya adquiridos.
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ALEXIS DE TOCQUEVILLE, La democracia en América II, segunda parte, capítulo XIV. Alianza Editorial, 2006. Traductora: Dolores Sánchez de Aleu. [FD, 02/04/2007]
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January 9th, 2009 @ 20:13
Quería felicitar por el trabajo, aunque no esté de acuerdo con bastantes de las ideas expuestas. Dudo mucho que bienestar material tenga que ver con libertad; más bien al contrario, lo que uno puede ver en cualquier lugar de trabajo es renuncia a la libertad de acción por preservar el bienestar material (que en muchos casos no deja de ser mínimo;sintetizando: la subsistencia obliga a la esclavitud). Verlo en sentido opuesto, a mi, en particular me cuesta. Y creo que este es un aspecto en el que toda opinión es igual de válida, capaz de guardar tanta verdad como cualquier otra, por el mero hecho de proceder de un individuo del mismo sistema.
También querría decir que no me gustaría confundir posibilidad de elección con libertad, porque… ¿de qué nos sirve escoger entre mil birrias distintas?
Saludos y adelante con tu trabajo.
January 16th, 2009 @ 20:58
Gracias, Antonio. Yo entiendo, como Tocqueville, que la libertad genera prosperidad, bienestar y desarrollo. Lee su Democracia en América y sopesa sus argumentos y pruebas. Pero él en modo alguno dice que el bienestar cause libertad.
Estoy de acuerdo contigo en que no debemos confundir libertad política con elecciones, pues de poco sirve a un pueblo de esclavos elegir a sus amos cada cuatro años. Eso no los hace más libres.
En los artículos de Montesquieu, Tocqueville, Jefferson, Paine, etc., que publicamos aquí y en Filosofía Digital, podrás encontrar una buena descripción del sistema político que más se acerca al estado natural de los individuos y que genera la idea justa de libertad: la democracia, entendida no como tiranía de la mayoría, sino como autogobierno del pueblo.
Un cordial saludo.