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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

PRINCIPIOS ESENCIALES DEL BUEN GOBIERNO, por Thomas Jefferson

Filed under: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — 10 January, 2010 @ 18:24

“Todos tendrán en su mente el sagrado principio de que si bien ha de prevalecer en todos los casos la voluntad de la mayoría, esa voluntad ha de ser razonable para ser legítima; y que la minoría posee sus derechos iguales, que leyes iguales deben proteger, y que violar esto sería opresión. Unámonos, pues, conciudadanos, en un sólo corazón y una sola mente. Devolvamos a la relación social esa armonía y afecto sin los cuales la libertad y  hasta la propia vida son cosas tristes. Una cosa más: un gobierno sabio y comedido, que impida a los hombres lesionarse unos a otros, que en lo demás les deje regular libremente sus propios proyectos de industria y mejora, y que no le quite de la boca al trabajador el pan ganado. Esta es la suma del buen gobierno, y esto es necesario para cerrar el círculo de nuestras dichas”.

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Amigos y conciudadanos:

Llamado para asumir los deberes del primer cargo ejecutivo de nuestro país, uso la presencia de aquella parte de mis conciudadanos aquí reunida para expresar mi gratitud por el favor con el que han querido distinguirme, para declarar la sincera certeza de que la tarea supera mis capacidades, y que me aproximo a ella con los angustiosos y horribles presentimientos inspirados, tan justamente, por la grandeza de la carga y la debilidad de mis poderes.

SIN ARMONÍA Y AFECTO, LA LIBERTAD Y LA VIDA SON COSAS TRISTES

Una nación que se está haciendo, desparramada sobre una tierra rica y fértil, atravesando todos los mares con las ricas producciones de su industria, comprometida en comercio con naciones que sienten el poder y olvidan el derecho, avanzando rápidamente hacia destinos situados más allá del alcance del ojo mortal… Cuando contemplo estos objetos trascendentes, y veo el honor, la felicidad y las esperanzas de este querido país encomendadas al resultado y los auspicios de este día, la contemplación hace que me encoja y sufra apocamiento ante la magnitud de la tarea.

Estos principios deberían ser el credo de nuestra fe política, el texto de instrucción civil, la piedra de toque para poner a prueba los servicios de aquellos en quienes confiamos.

Desesperaría radicalmente, desde luego, si la presencia de muchos a quienes veo aquí no me recordase que en las otras altas autoridades previstas por nuestra Constitución hallaré recursos de sabiduría, virtud y celo donde apoyarme ante las dificultades. Hacia los caballeros que están encargados de las funciones soberanas de legislación, y hacia los asociados con ellos, miro con ilusión buscando esa dirección y apoyo capaces de guiar felizmente la nave donde estamos todos embarcados, rodeada por los elementos en conflicto de un mundo inquieto.

Durante el debate de opiniones por el que hemos pasado, la animación de la discusión y de los esfuerzos adoptó a veces un aspecto capaz de desorientar a extranjeros no habituados a pensar libremente ni a decir y a escribir lo que piensan; pero habiendo sido decidido esto ahora por la voz de la nación, anunciada de acuerdo con las reglas de la Constitución, todos se dispondrán bajo la voluntad de la ley, sin duda, y se unirán en esfuerzos comunes por el bien común.

Todos tendrán también en su mente el sagrado principio de que si bien ha de prevalecer en todos los casos la voluntad de la mayoría, esa voluntad ha de ser razonable para ser legítima; y que la minoría posee sus derechos iguales, que leyes iguales deben proteger, y que violar esto sería opresión.

Unámonos, pues, conciudadanos, en un sólo corazón y una sola mente. Devolvamos a la relación social esa armonía y afecto sin los cuales la libertad y hasta la propia vida son cosas tristes. Y no olvidemos que, tras abolir de nuestra tierra aquella intolerancia religiosa bajo la cual ha sangrado y padecido la humanidad tanto tiempo, poco habremos ganado si se sostiene una intolerancia política tan despótica, tan perversa y tan capaz de persecuciones amargas y sangrientas. 

En las congojas y convulsiones del mundo antiguo, durante los agónicos espasmos del hombre enfurecido que busca a través de la sangre y la carnicería su libertad que tanto ha perdido, no es asombroso que la agitación de las olas haya llegado incluso hasta esta orilla distante y pacífica; que esto haya sido sentido y temido más por unos que por otros; que esto divida las opiniones en cuanto a las medidas de seguridad.

SI NO SE PUEDE CONFIAR AL HOMBRE SU PROPIO GOBIERNO, ENTONCES ¿QUIÉN LE GOBERNARÁ?

Pero cada diferencia de opinión no es una diferencia de principio. Hemos llamado con nombres distintos a hermanos del mismo principio. Somos todos republicanos. Somos todos federalistas. Si entre nosotros hay quien desearía disolver esta Unión o cambiar su forma republicana, que quede sin ser molestado como monumento a la seguridad con la cual puede tolerarse el error de opinión allí donde la razón queda libre para combatirlo. Sé, ciertamente, que algunos hombres honestos temen que un gobierno republicano no puede ser fuerte, que éste no lo es en medida bastante.

Pero ¿podría un patriota honesto, en el apogeo de un experimento con éxito, abandonar a un gobierno que hasta el presente nos ha mantenido libres y firmes, partiendo del miedo teórico y visionario de que este gobierno, la mejor esperanza del mundo, pueda quizá carecer de energía para preservarse? Confío en que no.

Por el contrario, considero que éste es el gobierno más fuerte de la tierra. Creo que es el único donde cada hombre, ante el llamamiento de las leyes, correría hasta el estandarte de la ley y haría frente a invasiones del orden público como si se tratase de su propio asunto particular. Se dice a veces que no es posible confiar al hombre su propio gobierno. ¿Podremos entonces, confiarle el gobierno de otros? ¿O acaso hemos hallado ángeles en forma de reyes para gobernarle? Dejemos que la historia conteste a esta pregunta.

Persigamos, pues, con valor y confianza en nuestros propios principios federales y republicanos, el compromiso con nuestra Unión y el gobierno representativo.

Un gobierno sabio y comedido, que impida a los hombres lesionarse unos a otros, que en lo demás les deje regular libremente sus propios proyectos de industria y mejora, y que no le quite de la boca al trabajador el pan ganado.

Cariñosamente separados por la naturaleza y un ancho océano de los estragos exterminadores de una cuarta parte del globo; con miras demasiado elevadas para soportar la degradación de otros; poseyendo un país elegido, con espacio para nuestros descendientes hasta dentro de cien o mil generaciones; defendiendo el sentido debido de nuestro igual derecho a usar nuestras propias facultades, a las adquisiciones de nuestra industria, al honor y la confianza de nuestros conciudadanos, que no provienen del nacimiento  sino de nuestras acciones, y de cómo ellos las ven; iluminados por una religión benigna, profesada y practicada, desde luego en formas diversas pero que incluyen todas honestidad, veracidad, templanza, gratitud y amor al hombre; reconociendo y adorando una omnipotente Providencia, que en todos sus dones prueba gozar con la felicidad del hombre aquí y su mayor felicidad después; con todas esas bendiciones ¿qué más se necesita para hacer de nosotros un pueblo feliz y próspero?

EL BUEN GOBIERNO ES NECESARIO PARA LA FELICIDAD DEL PUEBLO

Conciudadanos, una cosa más: un gobierno sabio y comedido, que impida a los hombres lesionarse unos a otros, que en lo demás les deje regular libremente sus propios proyectos de industria y mejora, y que no le quite de la boca al trabajador el pan ganado. Esta es la suma del buen gobierno, y esto es necesario para cerrar el círculo de nuestras dichas.

Hallándome a punto de tomar posesión, conciudadanos, de tareas que abarcan todo lo querido y valioso para vosotros, es adecuado que comprendáis aquello que considero principios esenciales de nuestro gobierno y, por consiguiente, pautas configuradoras de su administración. Los resumiré al máximo, formulando el principio general pero no sus limitaciones.

Justicia igual y exacta para todos los hombres, fuere cual fuere su estado o convicción religiosa o política; paz, comercio y amistad honesta con todas las naciones, aunque sin enredarse en alianzas con ninguna; apoyo a los gobiernos estatales en todos su derechos, como las administraciones más competentes de nuestros asuntos domésticos y como los más sólidos baluartes ante las tendencias anti-republicanas; preservación del gobierno general en todo su vigor constitucional, como áncora de salvación de nuestra paz en casa y de nuestra seguridad fuera; una celosa custodia del derecho de elección por el pueblo, correctivo suave y seguro de abusos que son podados por la espada de la revolución allí donde no se ofrecen remedios pacíficos; absoluta aquiescencia ante las decisiones de la mayoría, principio vital de la república ante el que sólo se opone el recurso a la fuerza, principio vital y pariente inmediato del despotismo; una milicia bien disciplinada, que es nuestra mejor garantía de paz y para los primeros momentos de una guerra, hasta que soldados regulares la suplan; supremacía de la autoridad civil sobre la militar; economía en el gasto público, para que el trabajo pueda ser gravado levemente; pago honesto de nuestras deudas y preservación sagrada de la fe pública; estímulo a la agricultura, y al comercio como su servidor; la difusión de información y denuncia de todos los abusos ante el estrado de la razón pública; libertad de religión; libertad de prensa; libertad de la persona bajo la protección del habeas corpus; y juicio por jurados elegidos imparcialmente.

Estos principios forman la brillante constelación que nos ha precedido y guiado nuestros pasos a través de una era de revolución y reforma. La inteligencia de nuestros sabios y la sangre de nuestros héroes se han dedicado a su logro. Deberían ser el credo de nuestra fe política, el texto de instrucción civil, la piedra de toque para poner a prueba los servicios de aquellos en quienes confiamos; y si en momento de error o alarma nos alejásemos de ellos, apresurémonos a desandar nuestros pasos y recobrar el único camino que lleva a la paz, la libertad y la seguridad.

Me dirijo por tanto, conciudadanos, hacia el puesto que me habéis asignado. Teniendo experiencia bastante en cargos subordinados para haber visto las dificultades de éste, el mayor de todos, he aprendido a esperar que rara vez le tocará al hombre imperfecto retirarse de aquí con la reputación y el favor que le trajeron. Sin pretender la alta confianza puesta en nuestro primer y gran revolucionario (George Washington), cuyos servicios sobresalientes le confirieron el primer puesto en el amor de su país, destinándole la más bella página en el volumen de la historia fiel, sólo pido la confianza que pueda dar firmeza y eficacia a la administración legal de vuestros asuntos.

Me equivocaré a menudo por defecto de juicio. Cuando esté en lo cierto, me considerarán a menudo equivocado aquellos cuyas posiciones no permitan una visión de todo el campo. Pido vuestra indulgencia para mis errores, que nunca serán intencionales; y vuestro apoyo ante los errores de otros, que podrían condenar lo que no condenarían si viesen todas sus partes. La aprobación implícita en vuestro sufragio es un consuelo para mí en cuanto al pasado; y mi atención futura se dedicará a retener la buena opinión de quienes la otorgaron de antemano, a conciliar la de los otros haciéndole todo el bien que esté en mi poder, y a ser útil para la felicidad y libertad de todos.

Confiando, pues, en el patronazgo de vuestra buena voluntad, me adelanto con obediencia al trabajo, dispuesto a retirarme de él tan pronto como os hagáis conscientes de hasta qué punto está en vuestro poder elegir mejor. Y quiera ese poder infinito que rige los destinos del universo conducir nuestros consejos a lo óptimo, y darles un curso favorable para nuestra paz y prosperidad.

* * *

THOMAS JEFFERSON, Alocución inaugural a los ciudadanos, 4 de marzo de 1801. “Autobiografía y otros escritos”, Editorial Tecnos, 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz Heredia. [FD, 11/04/2007]

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