EL DESTINO ES LA POLÍTICA, por Jesús Nava
“¿A qué venirme ahora con el Destino? El Destino es la política” (Napoleón).
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No tengo ninguna duda de que Goethe merecía el homenaje que Napoleón le tributó cuando, en su encuentro casi privado, tras mirarle atentamente -según relata el propio autor alemán-, le espetó: “Es usted un hombre”.
Tampoco creo que el general que sembró Europa de cadáveres tuviera plena conciencia de hasta qué punto acertaba, pues él, en cambio, como alguien dijo de Alejandro, no pasaba de ser un ladrón de tierras.
Un poco después, el autocoronado y necio emperador francés, en vez de aprovechar la oportunidad irrepetible de sondear a un hombre coronado por la vida de grandeza, hizo recaer la conversación -qué insoportables narcisistas son siempre los poderosos-, sobre el Werter de Goethe, que parecería haber estudiado a fondo, y le hizo un reproche sobre determinado pasaje de la obra, diciéndole: “¿Por qué hizo usted eso? Eso no es conforme a la Naturaleza”.
Lo curioso del caso es que Goethe, con su gentileza habitual, le escuchó con una sonrisa de satisfacción y le confesó que, aunque nadie le había hecho ese reproche, lo encontraba muy atinado. Por fin, tras declararse enemigo del fatalismo de los autores franceses, Napoleón le soltó aquello de: “la política, ¡he ahí el Destino!”.
Pues bien, la verdad es la verdad, la diga un héroe o un canalla. Y yo estoy completamente de acuerdo con esta sentencia del francés, si por Destino de los pueblos se refería al rumbo que siguen las naciones.
Gobernar con acierto es una tarea harto difícil que requiere conocimiento de los hombres y sabiduría del oficio. Me echo a temblar cuando un presidente del gobierno le confiesa a su esposa que “muchísimos españoles estarían capacitados para gobernar en mi lugar”. Si quiere decir que podrían hacerlo tan mal como él, o incluso mejor, ¡a fe mía que sí!
Pero si pretende hacernos creer que cualquier mequetrefe engreído puede dirigir con acierto la nave nacional, cuando sería un suicidio y un crimen atreverse a manejar sin experiencia una simple embarcación llena de gente, no tendría más remedio que admitir que estamos en manos de un iluminado peligroso que se cree que la política es un juego.
Esto me recuerda cómo Senillosa, político conservador ya fallecido, contaba divertido que, en una ocasión, en la escalinata del Congreso, un hombre le entregó, redactados en una cuartilla, los remedios para todos los males de España. Ahí es nada.
La política, o sea, el buen gobierno de un pueblo, es, como diría Sófocles, “obra de muchos frenos y de mucho timón”. La democracia consiste, precisamente, en situar los frenos y manejar el timón, de manera tan oportuna y razonable, que el rumbo o destino que haya de seguir la nave nacional esté en poder de la mismísima nación, es decir, de todos los ciudadanos.
Cuando los políticos, obligados por una Constitución democrática, aprendan a consultar al pueblo acerca de sus necesidades, y éste, por su parte, se acostumbre a interesarse y participar en los asuntos públicos, a examinar candidatos y programas para elegir los mejores, estaremos ante el ejercicio -no por rutinario y sosegado, menos atractivo- de la auténtica democracia.
Aunque intentaremos ir desgranando los distintos aspectos constitucionales del gobierno democrático, hoy quería señalar que no hay nación que esté destinada a sufrir, una y otra vez, el azote de gobiernos incompetentes, corruptos y despóticos, ya sean de derechas, de izquierdas o liberales.
El Destino es la política. Ningún pueblo está condenado a ir por donde lo lleven. En realidad, puede ir adonde se proponga.
FD, 12/02/2006
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