LA CONSTITUCIÓN DEL ESTADO ES OBRA DEL ARTE, por Jean Jacques Rousseau
“La constitución humana es obra de la naturaleza, pero la del Estado es obra del arte. El principio de la vida política se encuentra en la autoridad soberana. El poder legislativo es el corazón del Estado; el ejecutivo, el cerebro que lleva el movimiento a todas partes. El Estado no subsiste por las leyes, sino en función del poder legislativo. No teniendo la autoridad soberana otra fuerza que la del poder legislativo, no obra sino por medio de las leyes, y siendo éstas actos legítimos de la voluntad general, el soberano no puede proceder más que cuando el pueblo está reunido. ¡El pueblo reunido, podrá decirse! ¡Qué quimera! Lo será hoy, pero no lo era hace dos mil años. ¿Ha cambiado acaso la naturaleza de los hombres? Los límites de lo posible, en las cosas morales, son menos estrechos de lo que puede pensarse: los reducen nuestras debilidades, nuestros vicios, nuestros prejuicios. Los viles esclavos sonríen con cierto aire de burla cuando oyen la palabra libertad. Pero a la vista de lo que se ha hecho, consideramos lo que se puede hacer. ¡Qué dificultades no habría que salvar para reunir frecuentemente el inmenso pueblo de Roma y sus alrededores! Sin embargo, el pueblo romano se reunía casi todas las semanas y en circunstancias más de una vez. No sólo ejercía los derechos de la soberanía, sino parte de los del gobierno. Trataba ciertos asuntos y juzgaba ciertas causas, y, de todo, aquel pueblo era ya magistrado, ya ciudadano. Este solo hecho incuestionable soluciona todas las dificultades. Deducir de la existencia sus posibilidades me parece un buen camino.”
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Hay dos vías más o menos generales por las cuales un gobierno degenera, a saber: cuando se concentra o cuando el Estado se disuelve.
¿QUÉ ESTADO PUEDE SUBSISTIR SIEMPRE? SI QUEREMOS FUNDAR ALGO DURADERO, NO PENSEMOS HACERLO ETERNO
El gobierno se concentra cuando pasa del gran número al pequeño, es decir, de la democracia a la aristocracia o de ésta a la monarquía. Esta es su inclinación natural. Si retrogradase del pequeño número al grande podría decirse que su intensidad se relaja, aunque este proceso inverso resulte imposible.
En efecto, jamás el gobierno cambia de forma sino cuando, gastados sus resortes, queda demasiado débil para defender lo que tiene. Ahora bien, si se relajase aun extendiéndose, su fuerza vendría a ser completamente nula y subsistiría todavía menos. Es preciso, pues, dar cuerda a los relojes a medida que se aflojan o ceden: de otra forma el Estado tiende fatalmente a la ruina.
Cuando el Estado se disuelve, el abuso del gobierno, cualquiera que él sea, toma el nombre de anarquía. Distinguiendo: la democracia degenera en oclocracia, la aristocracia en oligarquía, debiendo señalarse que la monarquía degenera en tiranía.
Tal es la inclinación natural e inevitable de todos los gobiernos, aun los mejor constituidos. Si Esparta y Roma perecieron, ¿qué Estado puede confiar en subsistir siempre? Si queremos fundar algo duradero, no pensemos hacerlo eterno. Para que el éxito corone nuestros esfuerzos es preciso no intentar empresas imposibles ni ufanarse de poder otorgar a las obras humanas una solidez que las cosas humanas no logran.
NO DEPENDE DEL HOMBRE PROLONGAR SU PROPIA VIDA, PERO SÍ LA DEL ESTADO, CONSTITUYÉNDOLO DEL MEJOR MODO POSIBLE
El cuerpo político, como el cuerpo humano, comienza a morir desde su nacimiento, llevando en sí los gérmenes de su destrucción. Pero el uno y el otro pueden tener una constitución más o menos robusta y conservarse más o menos tiempo. La constitución humana es obra de la naturaleza, pero la del Estado es obra del arte. No depende ni está en la facultad del hombre prolongar su propia vida, pero sí la del Estado, tanto como sea posible, constituyéndolo del mejor modo. El mejor constituido perecerá como resulta forzoso, pero más tarde, si algún accidente imprevisto no acarrea su desaparición antes de tiempo.
El principio de la vida política se encuentra en la autoridad soberana. El poder legislativo es el corazón del Estado; el ejecutivo, el cerebro que lleva el movimiento a todas partes. Un hombre puede imbecilizarse y la vida continuar; pero tan pronto como el corazón cesa en sus funciones, el animal muere.
El Estado no subsiste por las leyes, sino en función del poder legislativo. La ley de ayer no es hoy obligatoria, pero el consentimiento tácito se deduce del silencio y el soberano debe confirmar incesantemente las leyes que no abroga pudiendo hacerlo. Todo lo que una vez ha proclamado querer, lo quiere siempre, mientras no lo revoque.
Por esta misma razón se respetan tanto las leyes antiguas. Debe creerse que sólo debido a lo excelente de las voluntades que las inspiraron han podido conservarse tanto tiempo, puesto que si no hubiesen sido reconocidas constantemente saludables hubieran sido revocadas miles de veces. He ahí por lo cual, lejos de debilitarse, las leyes adquieren sin cesar fuerza nueva en todo Estado bien constituido. El prejuicio de la antigüedad las hace constantemente más venerables. Si se debilitan en el transcurso del tiempo es prueba de que no hay poder legislativo y que el Estado no vive más.
¿POR QUÉ ES UNA QUIMERA REUNIR AL PUEBLO HOY? ¿HA CAMBIADO ACASO LA NATURALEZA DE LOS HOMBRES?
No teniendo la autoridad soberana otra fuerza que la del poder legislativo, no obra sino por medio de las leyes, y siendo éstas actos legítimos de la voluntad general, el soberano no puede proceder más que cuando el pueblo está reunido. ¡El pueblo reunido, podrá decirse! ¡Qué quimera! Lo será hoy, pero no lo era hace dos mil años. ¿Ha cambiado acaso la naturaleza de los hombres?
Los límites de lo posible, en las cosas morales, son menos estrechos de lo que puede pensarse: los reducen nuestras debilidades, nuestros vicios, nuestros prejuicios. Las almas inferiores no valoran a los grandes hombres. Los viles esclavos sonríen con cierto aire de burla cuando oyen la palabra libertad.
Pero a la vista de lo que se ha hecho, consideramos lo que se puede hacer. No hablaré de las antiguas repúblicas de Grecia, pero la república romana era, a mi parecer, un gran Estado, y Roma, una gran ciudad. El último censo contaba en Roma con cuatrocientos mil ciudadanos hábiles para la guerra, y el último del imperio con más de cuatro millones, sin contar los esclavos, los extranjeros, las mujeres y los niños.
¡Qué dificultades no habría que salvar para reunir frecuentemente el inmenso pueblo de aquella capital y sus alrededores! Sin embargo, el pueblo romano se reunía casi todas las semanas y en circunstancias más de una vez. No sólo ejercía los derechos de la soberanía, sino parte de los del gobierno. Trataba ciertos asuntos y juzgaba ciertas causas, y, de todo, aquel pueblo era ya magistrado, ya ciudadano.
Si nos remontamos a los primitivos tiempos de las naciones, encontraríamos que la mayor parte de los gobiernos, hasta los monárquicos, tales como los de los macedonios y los francos, tenían consejos parecidos. De cualquier manera, este solo hecho incuestionable soluciona todas las dificultades. Deducir de la existencia sus posibilidades me parece un buen camino.
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JEAN JACQUES ROUSSEAU, El Contrato Social, 1762. Extracto del libro III, capítulos X, XI y XII. Sarpe, 1983. Traducción de Enrique Azcoaga.
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