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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

LOS PARTIDOS Y LOS INALIENABLES DERECHOS HUMANOS, por Thomas Jefferson

Filed under: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — 29 October, 2008 @ 20:27

“Ahora se reconoce que los únicos objetivos legítimos de un gobierno son la igualdad de los derechos del hombre y la felicidad del individuo. Nada es por eso inmodificable sino los derechos inalienables e inherentes al hombre. Los hombres se dividen, por su propia naturaleza, en dos partidos: 1) Los que temen al pueblo y desconfían de él y desean despojarle de todo poder y ponerlo en manos de las clases más altas. 2) Los que se identifican con el pueblo, confían en él, lo aprecian y consideran que es lo más honrado y seguro, aunque no el mejor depositario de los intereses públicos. De hecho, los términos whig o progresista y tory o conservador pertenecen a la historia natural tanto como a la civil. Denotan el carácter y la constitución mental de individuos distintos. Pero las diferencias políticas, como las religiosas, no deben tener cabida en las relaciones sociales, ni perturbar las amistades, la caridad o la justicia propias de dichas relaciones”.

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EL GOBIERNO POR EL PUEBLO, ÚNICO MÉTODO QUE GARANTIZA LOS DERECHOS HUMANOS 

El gobierno de Atenas, por ejemplo, era el del pueblo de una ciudad que legislaba para todo el país a ella sometido. El de Lacedemonia era un dominio de monjes militares sobre la clase trabajadora del pueblo, reducida a una abyecta esclavitud.

La cita en las urnas debería ser un ejercicio pacífico de libertad política para que los ciudadanos elijan a sus representantes en aquellas instituciones donde ellos no pueden estar presentes.

No son esas las doctrinas de los tiempos modernos. Ahora se reconoce que los únicos objetivos legítimos de un gobierno son la igualdad de los derechos del hombre y la felicidad del individuo.

Los tiempos modernos tienen además la notable ventaja de haber descubierto el único método que puede garantizar esos derechos, a saber: el gobierno por el pueblo, no personalmente, sino por medio de representantes escogidos por él mismo, es decir, por todos los hombres de edad madura y mente sana que contribuyen, con su bolsa o su persona al sostenimiento de su país.

En Inglaterra, la combinación insuficiente e imperfecta de gobierno representativo, obstaculizada como está por otras ramas, aristocráticas y hereditarias, pone de manifiesto la medida en que el principio representativo puede mejorar la condición del hombre. Entre nosotros todas las ramas del gobierno son elegidas por el propio pueblo, menos el judicial, de cuyos conocimientos y capacidad no es juez competente. Pero incluso en ese departamento recurrimos a un jurado popular para decidir la controversia de hecho, porque el pueblo es perfectamente competente para esa investigación, por lo que se deja lo menos posible, meramente la aplicación de la ley en cada caso, al arbitrio de los jueces.

Porque el pueblo, especialmente cuando está moderadamente instruido, es el único depositario seguro, por ser el único honesto, de los derechos públicos, y debe por eso ser llamado a la administración de estos en todas las fundaciones para las que tenga capacidad suficiente; a veces errarán accidentalmente, pero nunca voluntariamente y con el designio sistemático y perseverante de derrocar los principios del libre gobierno.

Por el contrario, los cuerpos hereditarios, permanentes, siempre están al acecho de la oportunidad de engrandecerse, y aprovechan cualquier ocasión para extender los privilegios de su orden y abusar de los derechos del pueblo. [Carta a Monsieur A. Coray, médico griego, filólogo y traductor de los griegos clásicos que vivía en París. Monticello, 31 de octubre de 1823]

TODO ES DEBATIBLE Y MODIFICABLE, EXCEPTO LOS DERECHOS INALIENABLES DEL HOMBRE

He recibido vuestra atenta carta del 6 del presente mes donde me informáis sobre la creación en Hingham de una sociedad para el debate, compuesta por partidarios de los principios republicanos de la Revolución; y aprecio en lo que vale el honor conferido a mi nombre al asociarlo al de la sociedad.

El objeto de la sociedad es laudable, y en una nación republicana, cuyos ciudadanos han de ser orientados por la razón y la persuasión, y no por la fuerza, el arte del razonamiento reviste la mayor importancia. En esta esfera, la antigüedad nos ha legado los ejemplos más dignos de imitación; y quien los estudie e imite más exactamente, más se habrá aproximado a la perfección en este arte.

Entre aquellos consideraría los discursos de Tito Livio, Salustio, Tácito como ejemplos de destacados de lógica, gusto, y esa sentenciosa brevedad que, sin desperdiciar una palabra, no permite al lector un solo momento de inatención. La ampulosidad es el vicio de la oratoria moderna. Para una asamblea de hombres razonables es insultante, aborrecible y repugnante en lugar de persuasiva. Los discursos medidos por horas mueren con las horas.

Mas no he de dejarme llevar más lejos por la predisposición a sermonear propia de la edad, y menos a personas rodeadas de mejores consejeros. [Carta a Mr. David Harding, presidente de la Sociedad Jeffersoniana para el debate de Hingham. Monticello, 20 de abril de 1824]

El sillón de un político siempre es inestable, pero las diferentes opiniones partidarias no deberían provocar enfrentamientos sociales en el pueblo.

¿Puede una generación vincular a otra, y a todas las demás, para siempre? Pienso que no. El Creador ha hecho la tierra para los vivos, no para los muertos. Los derechos y poderes sólo pueden pertenecer a las personas, no a las cosas ni a la mera materia, carente de voluntad.

Los muertos no son ni siquiera cosas. Las partículas de materia que componían sus cuerpos forman ahora parte de los cuerpos de otros animales, plantas o minerales, como miles de formas distintas. ¿A qué se ligan entonces los derechos y poderes que retuvieron mientras conservaban la forma de hombres?

Una generación puede obligarse mientras su mayoría continúe viva; cuando ya no es así otra mayoría tendrá en su mano los poderes y derechos que antaño poseyeran sus predecesores, y puede cambiar sus leyes e instituciones, adecuándolos a su situación. Nada es por eso inmodificable sino los derechos inalienables e inherentes al hombre. [Carta al Comandante John Cartwright, político reformista. Monticello, 5 de junio de 1824]

LOS HOMBRES SE DIVIDEN, POR SU NATURALEZA, EN DOS PARTIDOS: ARISTÓCRATAS Y DEMÓCRATAS 

Por lo que a mí se refiere, hace muchos años que no leo un periódico. Por consiguiente, no me suscribo con carácter general a ninguno. No obstante, para alentar a los esperanzados en sus primeros pasos, en ocasiones me he suscrito por el primer año, a condición de que la suscripción cese al final de ese período, sin necesidad de comunicarlo otra vez. Me es grato hacer lo mismo con el vuestro; y como no deseo dejar cuentas pendientes que pudiera olvidar, os adjunto el precio del periódico trimestral.

No creo en la fusión de los partidos, ni la considero deseable, ni útil para el público; pero sí que las diferencias políticas, como las religiosas, no deben tener cabida en las relaciones sociales, ni perturbar las amistades, la caridad o la justicia propias de dichas relaciones. En esa forma, son censores de la conducta del otro, y útiles para el público en tanto que guardianes.

Los hombres se dividen, por su propia naturaleza, en dos partidos: 1) Los que temen al pueblo y desconfían de él y desean despojarle de todo poder y ponerlo en manos de las clases más altas. 2) Los que se identifican con el pueblo, confían en él, lo aprecian y consideran que es lo más honrado y seguro, aunque no el mejor depositario de los intereses públicos.

Estos partidos se manifestarán públicamente en todos los países donde existan y se les permita pensar, hablar y escribir libremente. Llamémosles, pues, Liberales y Conservadores, Jacobinos y Ultras, Whigs y Tories, Republicanos y Federalistas, Aristócratas y Demócratas, o como mejor os parezca, que no dejarán de ser los mismos partidos y perseguir los mismos fines. La última denominación, Aristócratas y Demócratas, es la que verdaderamente expresa la esencia de todas. [Carta a Henry Lee, hijo del general Lee, que fue enemigo y crítico político de Jefferson. Monticello, 10 de agosto de 1824]

Los hombres han disentido y se han dividido en partidos, con arreglo a sus opiniones, desde el origen mismo de la sociedad y en todos los gobiernos donde se les ha permitido pensar y hablar libremente. Los mismos partidos políticos que ahora agitan a los Estados Unidos han existido desde siempre. La cuestión del predominio en el poder del pueblo o de los “mejores” (aristoi) , mantuvo a los Estados de Grecia y de Roma en perpetuo estado de convulsión, y ahora divide a todos los pueblos cuyas mentes y bocas no están amordazadas por un déspota. De hecho, los términos whig y tory pertenecen a la historia natural tanto como a la civil. Denotan el carácter y la constitución mental de individuos distintos. [Carta a John Adams. Monticello, 27 de junio de 1813] 

Porque lo cierto es que los partidos Whig y Tory son los de la misma naturaleza. Existen en todos los países, ya con esos nombres, ya con los de Aristócratas y Demócratas, Derecha e Izquierda, Ultras y Radicales, Conservadores y Liberales.

El hombre enfermizo, débil y timorato teme al pueblo y es un tory [conservador] por naturaleza. El sano, fuerte y osado lo ama, y la naturaleza le ha constituido como whig [progresista]. Los tories son partidarios de fortalecer el ejecutivo y el gobierno general; los whigs consideran la rama legislativa, y los derechos reservados a los Estados, como baluartes contra la consolidación, que generaría de inmediato una monarquía.

Y aunque esta división no acalora de momento a nadie, existe, es bien comprendida, y será un principio electoral para los pensadores de ambos partidarios con ocasión de la próxima elección. [Carta al Marqués de Lafayette. Monticello, 4 de noviembre de 1823]

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THOMAS JEFFERSON, Autobiografía y otros escritos. Editorial Tecnos, 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz de Heredia.

2 comentarios »

  1. Mundo Libre Digital » ESTOS SON LOS MÍOS, por Jesús Nava:

    [...] el más alto grado de felicidad para la mayoría de los individuos asociados bajo él. Como decía Jefferson, “ahora se reconoce que los únicos objetivos legítimos de un gobierno son la igualdad de [...]

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    [...] el más alto grado de felicidad para la mayoría de los individuos asociados bajo él. Como decía Jefferson, “ahora se reconoce que los únicos objetivos legítimos de un gobierno son la igualdad de los [...]

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