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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

DE LOS DIPUTADOS O REPRESENTANTES, por Jean Jacques Rousseau

Filed under: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — 27 February, 2009 @ 19:25

“Tan pronto como el servicio público deja de ser la principal preocupación de los ciudadanos, prefiriendo prestar sus bolsas que sus personas, el Estado está próximo a su ruina. ¿Se hace urgente combatir en su defensa? Pagan soldados y se quedan en casa. Si tienen que asistir a la asamblea, nombran diputados que los reemplazan. A fuerza de pereza y de dinero cuentan con un ejército para servir a la patria y representantes para venderla. En una ciudad bien gobernada todos recurren a las asambleas; bajo un mal gobierno nadie da el menor paso para concurrir a las mismas, ni se interesa por lo que allí se hace, ya que se prevé que la voluntad general no dominará y que al fin los cuidados domésticos lo absorberán todo. Los diputados del pueblo no son ni pueden ser representantes; son únicamente sus comisarios, y no pueden resolver nada en definitiva. Toda ley que el pueblo en persona no ratifica es nula; vale decir, no es una ley. El pueblo inglés piensa que es libre y se engaña; lo es sólo mediante la elección de los miembros del Parlamento; tan pronto como éstos son elegidos cae en su condición de esclavo, no es nada. El uso que hace de su libertad en los cortos momentos que la disfruta es tal, que bien merece perderla. Sea lo que sea, tan pronto como un pueblo se da representantes deja de ser libre y, además, de ser pueblo.

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LOS MALOS CIUDADANOS, A FUERZA DE PEREZA Y DE DINERO, CUENTAN CON UN EJÉRCITO PARA SERVIR A LA PATRIA Y REPRESENTANTES PARA VENDERLA

Tan pronto como el servicio público deja de ser la principal preocupación de los ciudadanos, prefiriendo prestar sus bolsas que sus personas, el Estado está próximo a su ruina. ¿Se hace urgente combatir en su defensa? Pagan soldados y se quedan en casa. Si tienen que asistir a la asamblea, nombran diputados que los reemplazan. A fuerza de pereza y de dinero cuentan con un ejército para servir a la patria y representantes para venderla.

Los ciudadanos que se despreocupan de los asuntos públicos, a fuerza de pereza y de dinero cuentan con un ejército para servir a la patria y representantes para venderla.

El tráfico del comercio y de las artes, el ávido interés del lucro, la molicie y el amor a las comodidades, sustituyen los servicios personales por el dinero. Se vende una parte de su ganancia para aumentarla con más facilidad. Dad dinero y pronto estaréis entre cadenas. La palabra finance [finanzas, mundo financiero] es palabra de esclavos; resulta desconocida en la ciudad. En un país verdaderamente libre, los ciudadanos hacen todo por sí mismos: con sus brazos y no con el dinero. Lejos de pagar por librarse de sus deberes, preferirían pagar por cumplirlos. Creo considerarme muy alejado de las ideas vulgares; me resultan las jornadas del trabajo de los tiempos del feudalismo menos contrarias a la libertad que las tasas e impuestos.

En la medida en que el Estado está mejor organizado, más preeminencia tienen los negocios públicos sobre los privados, que disminuyen considerablemente, puesto que, suministrando la suma de bienestar común una porción más considerable al de cada individuo, necesita éste buscar mucho menos en los asuntos particulares. En una ciudad bien gobernada todos recurren a las asambleas; bajo un mal gobierno nadie da el menor paso para concurrir a las mismas, ni se interesa por lo que allí se hace, ya que se prevé que la voluntad general no dominará y que al fin los cuidados domésticos lo absorberán todo. Las buenas leyes tren otras mejores; con las malas ocurre lo contrario. Desde que al tratarse de los negocios del Estado haya quien diga: “¿Qué me importa?”, se debe contar el Estado perdido.

El entibiamiento del amor por la patria, la actividad del interés privado, la inmensidad de los Estados, las conquistas, los excesos de los gobiernos, han abierto el camino a los representantes del pueblo en las asambleas de la nación. A esto se considera y llama en ciertos países el tercer estado. Así, el interés particular de dos órdenes ha sido colocado en el primero y segundo; el interés público ocupa el tercero.

EN LAS ANTIGUAS REPÚBLICAS EL PUEBLO NO TENÍA REPRESENTANTES Y VOTABA INCLUSO DESDE LOS TEJADOS: DONDE EL DERECHO Y LA LIBERTAD LO SON TODO, LOS INCONVENIENTES NO SUPONEN NADA

La soberanía no puede ser representada por la misma razón de ser inalienable; consiste esencialmente en la voluntad general, y a la voluntad no se la representa: es una o es otra. Los diputados del pueblo no son ni pueden ser representantes; son únicamente sus comisarios, y no pueden resolver nada en definitiva. Toda ley que el pueblo en persona no ratifica es nula; vale decir, no es una ley. El pueblo inglés piensa que es libre y se engaña; lo es sólo mediante la elección de los miembros del Parlamento; tan pronto como éstos son elegidos cae en su condición de esclavo, no es nada. El uso que hace de su libertad en los cortos momentos que la disfruta es tal, que bien merece perderla.

La idea de los representantes es moderna, proviene del gobierno feudal, bajo cuyo sistema la especie humana se degradó y la palabra hombre resultó un deshonor. En las antiguas repúblicas, y aún en las monarquías, jamás tuvo el pueblo representantes.

Es muy curioso que en Roma, en donde los tribunos eran algo sagrado, no se hubiese siquiera imaginado que podían usurpar las funciones del pueblo, y que en medio de una tan grande multitud no hubieran jamás intentado prescindir de un solo plebiscito. Y  júzguese, sin embargo, de los obstáculos que a veces ocasionaba la turba, por lo que ocurrió en tiempo de los gracos, en que una parte de los ciudadanos votaba desde los tejados.

Donde el derecho y la libertad lo son todo, los inconvenientes no suponen nada. En aquel pueblo sabio todo ocurría en su justa medida. Dejaba realizar a sus lictores lo que los tribunos no hubieran sencillamente hecho, porque no temía que aquéllos quisieran ser sus representantes.

 ENTRE LOS GRIEGOS EL PUEBLO HACÍA POR SÍ MISMO TODO CUANTO TENÍA QUE HACER: ESTABA INCESANTEMENTE REUNIDO EN LA PLAZA PÚBLICA

Para explicar, sin embargo, cómo los tribunos le representaban algunas veces, basta concebir la manera como el gobierno representa al soberano. No siendo la ley sino la encarnación de la voluntad general, es evidente que en el poder legislativo el pueblo no puede ser representado; pero puede y debe serlo en el poder ejecutivo, que no es sino la fuerza aplicada a la ley. Esto demuestra, examinadas correctamente las cosas, que muy pocas naciones tienen auténticas leyes. Como quiera que sea, lo indudable es que no teniendo los tribunos ninguna participación en el poder ejecutivo, no pudieron nunca representar al pueblo romano por derecho de sus cargos, sino usurpando los del Senado.

Entre los griegos el pueblo hacía por sí mismos todo cuanto tenía que hacer: estaba incesantemente reunido en la plaza pública. Habitaba en clima suave, no era codicioso, los trabajos estaban a cargo de los esclavos, su principal ocupación, su permanente meta, era su libertad. No teniendo idénticas ventajas, ¿cómo conservar los mismos derechos? Vuestros climas, más duros, crean más necesidades (1); la plaza pública durante seis meses en el año es un sitio incómodo; vuestra voz apagada no puede hacerse oír al aire libre; concedéis más al lucro que a la libertad, y teméis menos la esclavitud que la miseria.

¿Pero es que la libertad no se conserva más que con el apoyo de la servidumbre? Tal vez. Los extremos se tocan. Todo lo que es natural tiene sus inconvenientes, y la sociedad civil más que ninguna otra cosa. Hay ciertas posiciones desgraciadas en las cuales la propia libertad no puede mantenerse sino a expensas de la de otro y en las cuales el ciudadano no puede ser perfectamente libre sin que el esclavo sea extremadamente esclavo. Tal era la situación de Esparta. Vosotros, pueblos modernos, no tenéis esclavos, los sois: habéis pagado su libertad con la vuestra. Ponderasteis mucho el mérito de esta preferencia, pero yo descubro en ella más cobardía que humanidad.

No por eso considero que tenga que haber esclavitud, ni que la esclavitud sea un derecho legítimo, puesto que he demostrado todo lo contrario. Expongo simplemente las razones por las cuales los pueblos modernos que se creen libres tienen representantes, y por qué los antiguos no los tenían. Sea lo que sea, tan pronto como un pueblo se da representantes deja de ser libre y, además, de ser pueblo. Examinado con suficiente amplitud el problema, no veo que sea posible en lo futuro que el soberano conserve entre nosotros el ejercicio de sus derechos si la ciudad no es muy pequeña. Pero, siendo muy pequeña, ¿no será subyugada? No. Más adelante se verá (2) cómo puede reunirse el poder exterior de un gran pueblo en la administración fácil y el buen orden de los pequeños Estados.

NOTAS.- (1) Adoptar en los países fríos el lujo y la molicie de los orientales es querer arrastrar sus cadenas y someterse, obligatoriamente, más que ellos. (2) Esto es lo que he intentado demostrar en la continuación de esta obra cuando, al tratar de las relaciones internacionales, llegue a hablar de las confederaciones, materia completamente nueva, cuyos principios no están todavía establecidos.

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JEAN JACQUES ROUSSEAU, El Contrato Social, 1762. Sarpe, 1983. Traducción de Enrique Azcoaga.

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