UN HOMBRE QUE TOMÓ PARTIDO POR LA LIBERTAD Y LOS OPRIMIDOS, por Abraham Lincoln
“El sentimiento predominante del señor Clay, de principio a fin, fue una profunda devoción a la causa de la libertad humana, una fuerte simpatía con los oprimidos de cualquier lugar y el ardiente deseo de su elevación. En él, esa era una pasión primaria y dominante. La conducta de toda su vida fue subsidiaria al respecto. Amaba a su país, en parte, porque era su propio país, pero, sobre todo, porque era un país libre, y ardía de celo por su progreso, prosperidad y gloria, porque veía en él el progreso, prosperidad y gloria de la libertad humana, el derecho humano y la felicidad humana. Deseaba la prosperidad de sus compatriotas, pero, sobre todo, para demostrar al mundo que los hombres libres podían prosperar. Un pueblo libre, en época de paz y tranquilidad, cuando no le oprime ningún peligro común, se divide naturalmente en partidos. En tales épocas, el hombre que no pertenece a partido alguno no tiene ni puede tener importancia alguna. El señor Clay pertenecía, pues, a un partido.”
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Henry Clay nació el 12 de abril de 1777 en el condado de Hanover, Virginia. Poco parece saberse de su padre, que murió cuando Henry tenía cuatro o cinco años, salvo que era un hombre respetable y un predicador de la iglesia bautista. La educación del señor Clay, hasta el fin de su vida, fue relativamente limitada. Digo “hasta el fin de su vida” porque he comprendido que, de vez en cuando, añadió algo a su educación durante la mayor parte de su vida. La carencia de una más perfecta educación inicial del señor Clay, por mucho que pudiera lamentarse, en general, enseña al menos una lección provechosa; enseña que, en este país, casi nadie es pobre, pero que, si se quiere, se puede adquirir suficiente educación para pasar por el mundo de manera respetable.
SU PASIÓN DOMINANTE FUE UNA PROFUNDA DEVOCIÓN POR LA LIBERTAD HUMANA, UNA FUERTE SIMPATÍA CON LOS OPRIMIDOS Y EL ARDIENTE DESEO DE ELEVARLOS
A los veintitrés años, el señor Clay se licenció para ejercer el derecho y emigró a Lexington, Kentucky. Aquí comenzó y continuó con su práctica hasta el año 1803, cuando fue elegido por primera vez miembro de la cámara legislativa de Kentucky. Tras sucesivas elecciones siguió en la cámara hasta finales de 1806, cuando fue elegido para ocupar una vacante, durante una sola sesión, en el Senado de los Estados Unidos. En 1811 fue elegido miembro de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos y en el primer día en que ocupó su escaño en aquel cuerpo, fue elegido portavoz suyo. En 1813 fue elegido de nuevo portavoz.
A principios de 1814, en la época de nuestra última guerra británica, el señor Clay fue enviado como comisionado, junto con otros, para negociar un tratado de paz, tratado que se firmó a finales de ese año. A su regreso de Europa fue elegido de nuevo miembro de la cámara baja del Congreso y, al ocupar su escaño en diciembre de 1815, se le llamó para que ocupara su antiguo puesto, el escaño del portavoz, una posición que iba a retener tras elecciones sucesivas, con un breve intervalo, hasta la inauguración de John Q. Adams en marzo de 1825. Entonces fue nombrado Secretario de Estado y desempeñó esa importante función hasta la inauguración del general Jackson en 1829. A continuación regresó a Kentucky, retomó la práctica del derecho y continuó en ella hasta el otoño de 1831, cuando la cámara legislativa de Kentucky le llevó de nuevo al Senado de los Estados Unidos. Por reelección, continuó en el Senado hasta que renunció a su escaño y se retiró en marzo de 1842. En diciembre de 1849 ocupó de nuevo su escaño en el Senado, al que renunció sólo unos meses antes de su muerte.
De lo anterior se percibe que el periodo desde el principio de la vida oficial del señor Clay, en 1803, hasta su final en 1852, es de medio siglo menos un año, y que la suma de todos sus intervalos no llega a diez años. Pero la mera duración del cargo constituye la parte menor de la historia del señor Clay. Durante todo ese largo período, fue constantemente el más querido y el más implícitamente seguido por sus amigos, y el más temido por sus adversarios, de todos los políticos americanos vivos. En todas las grandes cuestiones que han conmovido al país y, en particular, en sus grandes y temibles crisis, la cuestión de Missouri, la cuestión de la Nulificación y la reciente cuestión de la esclavitud, relacionada con el territorio recientemente adquirido, que afectan y ponen en peligro la estabilidad de la Unión, ha desempeñado el papel director y más conspicuo.
En 1824 fue por primera vez candidato a la presidencia y resultó derrotado y, aunque salió derrotado para el mismo cargo sucesivamente en 1832 y en 1844, no ha habido un momento desde 1824 hasta después de 1848 en que una gran parte del pueblo americano no se haya aferrado a él con esperanza entusiasta y propósito de elevarle aún hasta la presidencia. Para otros hombres, ser derrotados era ser olvidados, pero para él la derrota no era sino una incidente trivial, que no le cambiaba a él ni a la estimación del mundo. Incluso aquellos de ambos partidos que han sido preferidos para el cargo supremo han tenido carreras más breves que la suya, y él ha permanecido, aún brillante, en lo más alto de los cielos del mundo político. Jackson, Van Buren, Harrison, Polk y Taylor, todos amanecieron después y se pusieron mucho antes que él.
El hechizo -el largo y duradero hechizo- con el que las almas de los hombres se unían a él es un milagro. ¿Quién puede abarcarlo? Probablemente sea cierto que no debía su preeminencia a una sola cualidad, sino a una afortunada combinación de varias. Su elocuencia era sobresaliente, pero muchos hombres elocuentes fracasan por completo y, en conjunto, no suelen tener éxito. Su juicio era excelente, pero muchos hombres de buen juicio viven y mueren inadvertidos. Su voluntad era indómita, pero esta cualidad a menudo no garantiza a su poseedor nada mejor que un carácter para la obstinación inútil. Éstas eran, pues, las cualidades principales del señor Clay. Ninguna de ellas es excepcional, pero, tomadas en conjunto, pocas veces se combinan en un solo individuo, y probablemente ésa sea la razón por la que los hombres como Henry Clay son tan raros en el mundo.
La elocuencia del señor Clay no consistía, como ocurre con muchos bellos casos de elocuencia, en tipos y figuras, en antítesis y elegantes arreglos de palabras y oraciones, sino en ese tono profundamente serio y apasionado y en ése estilo que sólo puede proceder de una gran sinceridad y una completa convicción en el orador de la justicia e importancia de su causa. Se trata de lo que pulsa verdaderamente las cuerdas de la simpatía humana, y quienes oyeron al señor Clay no dejaron de sentirse conmovidos por ello ni olvidaron después la impresión.
UN PUEBLO LIBRE, EN EPOCAS DE PAZ, SE DIVIDE NATURALMENTE EN PARTIDOS, Y EL HOMBRE QUE NO PERTENECE A PARTIDO ALGUNO NO TIENE, NI PUEDE TENER, IMPORTANCIA ALGUNA
El fin de todos sus esfuerzos era el efecto práctico. Nunca habló sólo para ser oído. Nunca pronunció una Oración del Cuatro de Julio o un elogio en una ocasión como ésta. Como político o estadista, nadie ha habido tan habitualmente cuidadoso en evitar toda cuestión sectorial. Cuanto hizo, lo hizo por todo el país. En la elaboración de sus medidas siempre examinó con cuidado cada parte del terreno y ponderó debidamente todo interés conflictivo. Sintiendo, como él sintió, y como resulta seguramente cierto, que la mejor esperanza del mundo dependía de la Unión continuada de estos Estados, siempre se mostró celoso y vigilante respecto a cualquier cosa que manifestara la menor tendencia a separarlos.
El sentimiento predominante de señor Clay, de principio a fin, fue una profunda devoción a la causa de la libertad humana, una fuerte simpatía con los oprimidos de cualquier lugar y el ardiente deseo de su elevación. En él, esa era una pasión primaria y dominante. La conducta de toda su vida fue subsidiaria al respecto. Amaba a su país, en parte, porque era su propio país, pero, sobre todo, porque era un país libre, y ardía de celo por su progreso, prosperidad y gloria, porque veía en él el progreso, prosperidad y gloria de la libertad humana, el derecho humano y la felicidad humana. Deseaba la prosperidad de sus compatriotas, pero, sobre todo, para demostrar al mundo que los hombres libres podían prosperar.
No hace falta afirmar que sus ideas y medidas fueron siempre las más sabias, ni debería serlo en esta ocasión, cuando tantas personas que piensan de manera diferente se unen para honrar su memoria. Un pueblo libre, en época de paz y tranquilidad, cuando no le oprime ningún peligro común, se divide naturalmente en partidos. En tales épocas, el hombre que no pertenece a partido alguno no tiene ni puede tener importancia alguna. El señor Clay pertenecía, pues, a un partido. […]
Cuando en 1819 Missouri, tras elaborar una constitución estatal, que no excluía la esclavitud, y con la esclavitud aún existente dentro de sus fronteras, llamó a la puerta de la Unión para ser admitido, casi todos los representantes de los Estados no esclavistas se opusieron. Al instante se produjo una temible y airada lucha. Alarmó a los hombres reflexivos más que ninguna cuestión previa, ya que, a diferencia de las anteriores, dividía al país según líneas geográficas. Otras cuestiones tuvieron sus partidarios opuestos en todas las localidades del país y en casi todas las familias, de modo que ninguna división de la Unión podía suceder sin que los amigos se separaran en igual medida que los adversarios. No ocurrió así con la cuestión de Missouri. En ésta podía trazarse una línea geográfica que, en esencia, separaría sólo a los adversarios. Ése era el peligro. El señor Jefferson, entonces retirado, escribió:
“Hacía mucho tiempo que no leía periódicos, ni prestaba atención alguna a los asuntos públicos, seguro de que estaban en buenas manos y satisfecho de ser un pasajero en la embarcación que nos conduce a una orilla de la que no estoy lejos. Pero esta gravísima cuestión, como una alarma de incendio en la noche, me despertó y me llenó de terror. Oí al instante las campanas doblando por la Unión. […] Una línea geográfica que coincida con un principio moral y político definido, una vez concebida y expuesta a las airadas pasiones de los hombres, jamás podrá borrarse; y todo nuevo motivo de irritación la marcará más profundamente. Puedo afirmar, consciente de que digo la verdad, que no hay sobre la tierra un solo hombre dispuesto a sacrificar más que yo para liberarnos de este grave reproche en cualquier forma practicable. La cesión de esa clase de propiedad, pues así se denomina erróneamente, es una bagatela en la que no tendría que pensar dos veces, si de esa forma pudiera lograrse una emancipación y expatriación general; y, progresivamente, y con los debido sacrificios, creo que podría lograrse. Pero lo cierto es que ahora tenemos al lobo cogido por las orejas, y no podemos ni sujetarle ni soltarle sin peligro. La justicia está en un platillo de la balanza, y la autopreservación en la otra.
Si de algo estoy seguro, es de que el paso de esclavos de un Estado a otro no hará esclavo a ningún ser humano que de otra forma no lo sería, por lo que su distribución en una superficie más grande les haría individualmente más felices y facilitaría proporcionalmente el logro de su emancipación al dividir la carga entre un número mayor de coadjutores. Además, abstenerse de este acto de poder extirparía el recelo suscitado por la pretensión del Congreso de regular la condición de las diferentes clases de hombres que componen un Estado. Eso es sin duda un derecho exclusivo de cada Estado, que la Constitución no les ha quitado para entregar al gobierno general. Podría, por ejemplo, decir el Congreso que los individuos no libres de Connecticut habrán de ser libres, o que no emigrarán a ningún otro Estado? Ahora deploro tener que morir pensando que el inútil sacrificio de la generación de 1776 para conseguir el autogobierno y la felicidad para su país será echado por la borda por culpa de las necias e indignas pasiones de sus hijos, y que no habré de tener otro consuelo que el de saber que no estaré vivo para llorarlo. Si sopesaran desapasionadamente las bendiciones que van a desechar por un principio abstracto que probablemente podrá satisfacerse mejor con la unión que con la escisión, vacilarían antes de perpetrar este acto suicida para ellos mismos y traicionero para las esperanzas del mundo.”
LUCHÓ POR LA LIBERTAD DE LOS ESCLAVOS, PUES NO ENTENDÍA QUE, EN UNA CUESTIÓN DE DERECHOS HUMANOS, LOS NEGROS FUERAN EXCLUIDOS DE LA RAZA HUMANA
El señor Clay estaba en el Congreso y, al percibir el peligro, dedicó toda su energía a prevenirlo. Comenzó en 1819, y no terminó hasta 1921. Missouri no cedería, y el Congreso -es decir, una mayoría del Congreso-, en repetidas votaciones, mostraba su determinación de no admitir al Estado a menos que cediera. Tras varios fracasos y un gran esfuerzo por parte del señor Clay para presentar la cuestión de tal modo que una mayoría consintiera en la admisión, fue rechazada por un voto y, según parecían creer todos, de manera definitiva.
Una sombría tristeza se cernió sobre la nación. Todos sintieron que el rechazo de Missouri equivalía a una disolución de la Unión, porque aquellos Estados que aún poseían aquello a lo que Missouri no estaba dispuesto a renunciar, y por lo que había sido rechazado, acompañarían a Missouri. Todos los desaprobaban y lamentaban, pero ninguno sabía cómo impedirlo. Porque toda la dificultad no estribaba en convencer juiciosamente a los miembros de la necesidad de ceder; cada cual tenía un electorado al que enfrentarse y rendir cuentas.
Los miembros apelaron al señor Clay, aunque desgastado y exhausto, para que renovara sus esfuerzos por el compromiso. Así lo hizo y, con algunas juiciosas modificaciones de su plan, unidas a laboriosos esfuerzos con ciertos miembros y a su dominante elocuencia en el hemiciclo, aseguró por fin la admisión del Estado. Por brillante y cautivadora que se hubiera mostrado antes, ahora se percibía que su gran elocuencia era un mero embellecimiento o, a los sumo, un punto de apoyo para su genio inventivo y la devoción por su país en un día de extremo peligro.
Tras el acuerdo de la cuestión de Missouri, aunque una parte del pueblo americano ha diferido del señor Clay e incluso una mayoría parece haberse opuesto a él, por lo general, en cuestiones de administración ordinaria, se diría que todos lo han considerado el hombre en tiempos de crisis. […]
Los esfuerzos del señor Clay en nombre de los sudamericanos y, después, en nombre de los griegos, en la época de su respectiva lucha por la libertad civil, están entre los más hermosos que se recuerdan y los de más noble asunto, y proporcionan amplia corroboración de lo que he denominado su pasión dominante: el amor por la libertad y el derecho, desinteresado y por su causa.
Al haber tenido que aludir tan frecuentemente a la esclavitud doméstica, no quiero acabar sin referirme de manera más concreta a las ideas y la conducta al respecto del señor Clay. Siempre fue, en principio y en sentimiento, opuesto a la esclavitud. Dedicó uno de los primeros y uno de los últimos esfuerzos de su vida pública, separados por un período de más de cincuenta años, a favorecer la emancipación gradual de los esclavos en Kentucky. No entendía que en una cuestión de derechos humanos los negros hubieran de ser exceptuados de la raza humana. Sin embargo, el señor Clay era dueño de esclavos. Llegado a la vida donde la esclavitud estaba ampliamente extendida y profundamente asentada, no sabía -como, a mi juicio, ningún sabio ha sabido- cómo podía ser erradicada de una vez sin producir un mal superior a la causa de la propia libertad humana.
FRENTE A LOS QUE HARÍAN AÑICOS LA CONSTITUCIÓN AMERICANA Y LA BIBLIA, ESTÁN LOS QUE RIDICULIZAN LA DECLARACIÓN DE QUE TODOS LOS HOMBRES HAN SIDO CREADOS LIBRES E IGUALES
Su sentimiento y su juicio, por tanto, siempre le llevaron a oponerse a los dos extremos de opinión al respecto. Aquellos que harían añicos la Unión de estos Estados, desgarrarían en jirones su ahora venerada Constitución e incluso quemarían hasta el último ejemplar de la Biblia, antes que la esclavitud continuara una sola hora, junto a todos sus dudosos simpatizantes, han recibido y están recibiendo su justa execración, y el nombre y las opiniones e influencia del señor Clay están plena y -confío- eficaz y duraderamente dispuestos contra ellos.
Pero también quisiera, si puedo, disponer su nombre, opiniones e influencia contra el extremo opuesto, contra un escaso, pero creciente número de hombres que, por la perpetuación de la esclavitud, están empezando a atacar y ridiculizar el estatuto de libertad del hombre blanco: la declaración de que “todos los hombres han sido creados libres e iguales”. Por lo que sé, el primer americano de cierta nota en intentarlo fue el fallecido John C. Calhoun y, si no me equivoco, poco después han seguido su camino ciertos mensajes de los gobernadores de Carolina del Sur. Nosotros, sin embargo, esperamos sin sobresalto las excentricidades y herejías políticas de Carolina del Sur.
No obstante, el año pasado vi con asombro lo que parecía ser la carta de un muy distinguido e influyente clérigo de Virginia reproducida, con aparente aprobación, por un periódico de Saint Louis, que contenía el siguiente y, a mi juicio, extraordinario lenguaje:
“Soy plenamente consciente de que hay un texto en ciertos Biblias que no está en la mía. Los abolicionistas profesionales han hecho más uso de él que de ningún otro pasaje de la Biblia. Le seguí la pista, sin embargo, desde San Voltaire, fue bautizado por Thomas Jefferson y desde entonces ha sido considerado casi universalmente autoridad canónica: Todos los hombres nacen libres e iguales.
Esta es una muestra genuina de la moneda política corriente de nuestra generación. Siento decir que no he visto nunca dos hombres de los que se pueda decir que sea cierto. Pero debo admitir que jamás he visto a los gemelos siameses y, por tanto, no diré dogmáticamente que ningún hombre diera nunca una prueba de este sabio aforismo.”
Esto sueña extraño en la América republicana. No se oyó nada parecido en los primeros días de la república. Comparémoslo con el lenguaje de ese hombre verdaderamente nacional, cuya vida y muerte ahora conmemoramos y lamentamos. Cito de un discurso del señor Clay pronunciado ante la Sociedad Americana de Colonización en 1827:
LOS QUE DESEAN PERPETUAR LA ESCLAVITUD DEBERÁN PENETRAR EN EL ALMA HUMANA Y ERRADICAR DE ELLA LA LUZ DE LA RAZÓN Y EL AMOR A LA LIBERTAD
“Se nos reprocha infligir un perjuicio por agitar esta cuestión. La sociedad no entra en hogar alguno para turbar su felicidad doméstica; no se dirige a los esclavos para debilitar sus obligaciones de obediencia. No pretende influir en la propiedad de nadie. Carece del poder y de la voluntad de influir en la propiedad de nadie en contra de su consentimiento. La ejecución de sus planes aumentaría, en lugar de disminuir, el valor de la propiedad que dejara atrás. La sociedad, compuesta de hombres libres, se preocupa sólo de los libres. No somos responsables de las consecuencias colaterales. No es esta sociedad la que ha producido la gran revolución moral de nuestra época.
¿Qué habrían hecho quienes así nos reprenden? Si quieren reprimir toda tendencia hacia la libertad y la emancipación final, deberán hacer algo más que echar por tierra los benevolentes esfuerzos de esta sociedad. Deberían volver a la época de nuestra libertad e independencia y amordazar el cañón que anuncia su gozoso retorno anual. Deberán renovar el tráfico de esclavos con todas sus atrocidades. Deberán suprimir las actividades de la filantropía británica, que pretende mejorar la condición del desgraciado esclavo de las Indias Occidentales. Deberán detener la carrera de la liberación sudamericana de su servidumbre. Deberán apagar las luces morales a nuestro alrededor y extinguir la mayor de las antorchas que América representa para un mundo en tinieblas y que señala el camino de sus derechos, sus libertades y su felicidad.
Cuando hayan logrado todos estos propósitos su obra aún estará incompleta. Deberán penetrar en el alma humana y erradicar la luz de la razón y el amor a la libertad. Entonces, y sólo entonces, cuando prevalezcan la oscuridad y la desesperación, podréis perpetuar la esclavitud y reprimir toda simpatía y todos los esfuerzos humanos y benevolentes entre los hombres libres, en nombre de la parte infeliz de nuestra raza condenada al cautiverio.”
La Sociedad Americana de Colonización se organizó en 1816. El señor Clay, aunque no fuera su creador, fue uno de sus primeros miembrosy, tras haberlo sido durante muchos años, murió siendo su predidente. Fue uno de los objetos más queridos de su cuidado y consideración directa, y la asociación de su nombre a ella probablemente haya sido su mayor apoyo colateral. No consideraba demérito alguno en la sociedad que tendiera a aliviar a los dueños de esclavos de la turbadora presencia de los negros libres, pero esto no suponía en modo alguno el mérito completo en su estimación. En el mismo discurso del que he extraído la cita dice:
“Hay una adecuación moral en la idea de devolverle a África sus hijos, cuyos ancestros le arrancó la despiadada mano del fraude y la violencia. Trasplantados a una tierra extranjera, llevarán de vuelta a su suelo nativo los ricos frutos de la religión, la civilización, la ley y la libertad. ¿Será uno de los grandes designios del Gobernador del universo (cuyos caminos son a menudo inescrutables para los miopes mortales) transformar así un crimen original en una bendición destinada a la parte más infortunada del globo?” Esta sugerencia de una posible redención final de la raza africana y el continente africano se hizo hace veinticinco años. Cada año ha añadido sucesivamente fuerza a la esperanza de su realización. ¡En efecto, podría realizarse!
Si, como amigos de la esperanza de la colonización, la presente generación y las venideras de nuestros compatriotas consiguieran, por cualquier medio, liberar nuestra tierra de la peligrosa presencia de la esclavitud y, al mismo tiempo, devolver a un pueblo cautivo a la tierra perdida de sus antepasados, con brillantes perspectivas de futuro, y ello, además, de manera tan gradual que ni las razas ni los individuos sufrieran por el cambio, entonces resultaría una consumación gloriosa. Si los esfuerzos del señor Clay han de contribuir a tal consumación, ocurrirá lo que él deseaba más ardientemente, y ningún trabajo suyo habrá sido más valioso para su país y su especie.
Pero Henry Clay ha muerto. Su larga y memorable vida ha acabado. Nuestro país es próspero y poderoso, pero ¿podría haber sido lo que ha sido, y es, y ha de ser, sin Henry Clay? Los tiempos exigían un hombre así y la providencia de Dios nos lo dio. Pero ha desaparecido. Esforcémonos por merecer, en cuanto seres mortales, el cuidado continuado de la providencia divina, confiando en que, en futuras emergencias nacionales, no dejará de suministrarnos los instrumentos para seguir sanos y salvos.
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ABRAHAM LINCOLN, extracto del Elogio de Henry Clay en Springfield, Illinois. Pronunciado el 6 de julio de 1852. Tomado de El discurso de Gettysburg y otros escritos sobre la Unión. Editorial Tecnos, 2005. Traducción de Javier Alcoriza y Antonio Lastra, 2005.
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August 3rd, 2010 @ 01:58
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