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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

EL ESPÍRITU DE RESISTENCIA, por Jesús Nava

Filed under: SANTO Y SEÑA — 21 February, 2010 @ 11:06

“No desesperemos de la gente humilde, honrada y trabajadora de cualquier clase; pues su aparente sumisión y servidumbre voluntaria obedece, fundamentalmente, a que sus gobernantes, y los partidos políticos que la tutelan, han conseguido engañar y subyugar a casi todos con sus corruptas ideologías y sus abyectas patrañas demagógicas. Ni tampoco seamos excesivamente severos con los errores de nuestro pueblo. Pues <se ven pueblos cuya primera educación ha sido tan viciada y cuyo carácter presenta tan extraña mezcla de pasiones, de ignorancia y de erróneas nociones sobre todo, que por sí mismos no serían capaces de discernir la causa de sus desgracias; tales pueblos sucumben a males que ignoran>. Más bien, alumbremos su espíritu mediante la ilustración, mantengamos viva su atención y ayudémosle a cobrar conciencia de su fuerza. No hay pueblo ni individuo que no quiera su propio bien, pero no siempre lo ve. Los demócratas, es decir, los que aún creemos que las llaves de la caja fuerte de la nación no puede estar en mejores manos que en las del pueblo, tenemos el sagrado deber de abrirle los ojos y de reavivar su espíritu de resistencia frente a la tiranía. Entonces volverá a recobrar su esencial virtud y su natural buen sentido.”

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Coincido con todos cuantos consideran que el hombre puede ser gobernado por la razón y la verdad, tal como preconizaba Jefferson. Pero no me parece que tal afirmación sea una perogrullada, pues Jefferson opone su confianza, finalmente nunca defraudada, “en la esencial virtud y buen sentido del pueblo”, frente a “los cabecillas de la otra parte”, quienes predicaban sin rubor que el pueblo sólo podía ser gobernado a bastonazos. Y, en efecto, así es como el ser humano ha sido gobernado siempre de hecho desde que el gobierno de uno, de unos pocos o de muchos se introdujo en el mundo político.

En la carga de los mamelucos (el 2 de mayo), Goya quiso rendir homenaje al espíritu de resistencia de los españoles frente a Napoleón, al que llamaba el tirano de Europa.

El “experimento” político que llevó a la creación de una gran república democrática salió relativamente bien en América, pero no así en Francia o Rusia. Conseguir que la “hermosa igualdad”, ya reinante en los municipios americanos, se extendiera al gobierno representativo de los condados y los Estados, y al de una gran Confederación, respetando escrupulosamente la “sagrada libertad” conseguida con la sangre de muchos patriotas, sólo fue “posible” allí, al menos durante los primeros cincuenta años de historia de la Unión.

En Francia, por el contrario, la revolución burguesa desembocó en la tiranía sangrienta y sin principios de Robespierre, seguida de la no menos sangrienta de Napoleón; y en Rusia, la revolución marxista-leninista degeneró en una dictadura comunista, infinitamente más cruel, despótica y sanguinaria que la que tuvo lugar en Francia.

Es, pues, natural que Jefferson -que de haber presenciado la tiranía bolchevique rusa se habría horrorizado aún más que con la de los homicidas jacobinos franceses- se sintiera especialmente orgulloso del “carácter estable y racional del pueblo americano”, carácter que, una vez lograda la independencia, permitió guiar a toda una nación, sin derramar una sola gota de sangre, hacia las anheladas libertad y felicidad públicas.

Aunque el viaje fue duro y peligroso, pues estuvo plagado de dificultades, corruptelas y traiciones. Incluso contra  antiguos compañeros de lucha como Adams, Hamilton o el propio Washington, tuvo Jefferson que sostener aquella “hermosa constelación de principios”  políticos y morales que cuajó, aunque fuera imperfectamente, en la primera Constitución de la democracia representativa en el mundo. Porque si en algo descolló y se distinguió, entre la “pequeña banda” de patriotas que encabezó la Guerra de Independencia y diseñó el Gobierno de los Estados Unidos, fue por su confianza en la bondad básica del ser humano; y en que cualquier pueblo, que no hubiera sido embrutecido por los déspotas de turno (monarcas, dictadores, aristócratas y el clero) era perfectamente capaz de autogobierno. Se mostraba, pues, optimista, incluso poco antes de morir, sobre el futuro democrático y libre del género humano.

Pero no fue un ingenuo. Siempre quiso que el pueblo fuera lo más ilustrado posible, para que conociera todos sus derechos naturales, civiles y políticos, desconfiara siempre de sus representantes en los tres poderes del Estado, participara asiduamente en la administración de los asuntos públicos y mantuviera alerta su espíritu de resistencia. Thomas Jefferson escribió en 1816 que “si una nación espera ser ignorante y libre, espera lo que nunca se dio ni se dará”. Es difícil conseguir la libertad, cuando nunca se ha tenido; pero es muy fácil perderla cuando el pueblo, su supremo guardián, se hace descuidado, se deja embaucar y no piensa más que en ganar dinero. Por eso, con un sentido de humanidad y de honestidad jamás vista en un político, Jefferson se atrevió a arengar a John Adams con estas lúcidas y hermosas palabras:

Alimentad, pues, el espíritu de nuestro pueblo, y mantened viva su atención. No seáis demasiado severos con sus errores, pero exigidle mediante la ilustración. Tan pronto como dejen de prestar atención a los asuntos públicos, vos y yo, el Congreso y las Asambleas, los jueces y los gobernadores, nos convertiremos todos en lobos. ¿Qué país podrá preservar sus libertades si sus gobernantes no son advertidos de cuando en cuando de que el pueblo conserva su espíritu de resistencia? Dejad que cojan las armas. ¿Qué significan unas pocas vidas perdidas en un siglo o dos? El árbol de la libertad debe ser refrescado de cuando en cuando con la sangre de patriotas y tiranos. Es su abono natural”.

Así que no desesperemos de la gente humilde, honrada y trabajadora de cualquier clase; pues su aparente sumisión y servidumbre voluntaria obedece, fundamentalmente, a que sus gobernantes y los partidos que los tutelan, han conseguido engañar y subyugar a casi todos con sus corruptas ideologías y sus abyectas patrañas demagógicas. Eso sin contar con el poder narcotizante de un hedonismo materialista, inculcado en las masas bajo el extravagante lema del “comamos y bebamos, que mañana moriremos”, y que es el resultado final de la no menos extravagante filosofía de todos los nihilismos, la cual ha inducido a la Humanidad civilizada a renegar de su propio espíritu y a conformarse con la que Heráclito llamaría una felicidad bovina. Después de todo, sabemos que las revueltas populares son siempre un signo de inconformismo exasperado, mientras que las comodidades burguesas neutralizan las revoluciones, especialmente las pacíficas.

Ni tampoco seamos excesivamente severos con los errores de nuestro pueblo. Porque, como dijo Tocqueville, “se ven pueblos cuya primera educación ha sido tan viciada y cuyo carácter presenta tan extraña mezcla de pasiones, de ignorancia y de erróneas nociones sobre todo, que por sí mismos no serían capaces de discernir la causa de sus desgracias; tales pueblos sucumben a males que ignoran” . Más bien, antes de que sucumba el nuestro en la corrupción y cunda, aún más, el desánimo en la moral pública, alumbremos su espíritu mediante la ilustración, mantengamos viva su atención y ayudémosle a cobrar conciencia de su fuerza. Porque cuando una multitud, si sabe lo que quiere, avanza tranquila, pero segura de sí misma, el mundo entero retrocede, y los tiranos tiemblan siempre ante la visión de una imponente voluntad colectiva.  

No hay pueblo ni individuo que no quiera su propio bien, pero no siempre acierta a verlo. Entre otras cosas, porque los prejuicios y errores religiosos, morales y políticos son como una venda en su mente que le impide comprender las causas de los males que sufre. Los demócratas, es decir, los que aún creemos que el pueblo es el guardián más seguro de la libertad y el más fiable depositario de las llaves de la caja fuerte de la nación (no porque sea maravilloso, sino porque es el menos interesado en que se le someta al expolio de sus bienes y derechos mediante cualquier tipo de fraude u opresión), tenemos el sagrado deber de abrirle los ojos y de reavivar su espíritu de resistencia frente a la tiranía. Entonces volverá a recobrar su esencial virtud y su natural buen sentido.

Pero, si los más conscientes no hacemos nada para intentar sacar a nuestro país y al mundo de su letargo, y “si los ciudadanos continúan aislándose cada vez más estrechamente en el círculo de los pequeños intereses domésticos y agitándose en él sin descanso, es de prever que acabarán por hacerse inaccesibles a esas grandes y poderosas emociones públicas que turban a los pueblos, pero que los alimentan y los renuevan. Tengo miedo, lo confieso, de que se dejen dominar hasta tal punto por un miserable gusto por los goces del día, que su interés por el propio futuro y el de sus descendientes desaparezca y prefieran seguir muellemente el curso de su destino a hacer, si es preciso, un súbito y enérgico esfuerzo para enderezarlo. Me temo que acaben fijándose con excesiva indiferencia en las mismas instituciones, los mismos prejuicios y las mismas costumbres, de suerte que el desarrollo humano se frene y se limite; que el espíritu se atenga y se retenga eternamente a sí mismo sin producir nuevas ideas; que el hombre se agote en pequeños movimientos solitarios y estériles y que la humanidad, removiéndose sin cesar, no dé un paso adelante.” (Tocqueville)

Aunque, bien pensado, los que, por azar o mérito, figuramos entre los privilegiados, ¿tenemos derecho a juzgar el espíritu de resistencia de aquellos pueblos cuyo destino parece haber sido siempre clamar sin esperanza o someterse resignados, mientras nosotros, diletantes de la libertad y pregoneros en voz baja de la igualdad, nos limitamos a interpretar el mundo, y a temer por su futuro, sin hacer nada por transformarlo?

MLD, 30/09/2008.

“Digo el primordial santo y seña, hago el signo de la democracia. No aceptaré nada que no sea ofrecido a los demás en iguales condiciones.” WALT WHITMAN

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