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GOBERNARSE A SÍ MISMO, EL DERECHO MÁS VALIOSO PARA EL HOMBRE, por Thomas Jefferson

Filed under: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — 4 May, 2010 @ 19:10

“El hecho de recibir una carta vuestra me trae recuerdos muy queridos. Me transporta de vuelta a los tiempos en que, rodeados de dificultades y peligros, trabajamos juntos por la misma causa, luchando por lo más valioso para el hombre, su derecho a gobernarse a sí mismo. Y creo en verdad que seguiremos gruñendo, multiplicándonos y prosperando hasta constituir una sociedad poderosa, sabia y feliz, como nunca ha visto el hombre. En cuanto a Francia e Inglaterra, con toda su superioridad en la ciencia, la una es una cueva de ladrones, y la otra de piratas. Y si la ciencia no produjera mejores frutos que la tiranía, el asesinato, la rapiña y la miseria de la ética nacional, preferiría que nuestro país fuera ignorante, honesto y estimable, como lo son nuestros vecinos los salvajes. Pero ¿adónde me está conduciendo la locuacidad senil? A la política, de la que me he retirado definitivamente. Pienso poco en ella, y hablo menos. He renunciado a los periódicos en beneficio de Tácito y Tucídides, de Newton y Euclides, y soy mucho más feliz.”

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Os agradezco de antemano (pues aún no ha llegado) las muestras de tejidos domésticos que habéis tenido la amabilidad de enviarme por correo. Estoy seguro de que serán excelentes, pues sé hasta qué punto se ha progresado en esta materia en vuestra región. Aquí hacemos poco trabajo fino, pero producimos bastante material basto y de mediana calidad.

Franklin, Adams y Jefferson, repasando el borrador de la Declaración de Independencia.

Toda familia rural es en sí misma una fábrica, casi siempre con la capacidad de elaborar los tejidos más resistentes y de calidad media para su propio consumo y uso doméstico. Consideramos que una oveja por cada miembro de la familia es bastante para vestirla, sumada al algodón, cáñamo y lino que producimos nosotros mismos. Para los tejidos finos dependemos de las fábricas del norte. De éstas, es decir, establecimientos en sociedad, no tenemos ninguna.

Usamos poca maquinaria. A veces se usan en el hogar la máquina de hilar con husos múltiples y el telar de lanzadera volante; pero nada más complicado. La economía y ahorro que se derivan de nuestras manufacturas domésticas son tales que nunca se abandonarán; y lo más saludable que jamás nos ha sucedido ha sido la obstrucción británica a nuestra demanda de sus manufacturas. Ya pueden reinstaurar el libre intercambio cuando quieran, que su comercio con nosotros habrá cambiado totalmente de naturaleza; y, en el futuro, los artículos que necesitamos de ellos no excederán su propio consumo de productos nuestros.

El hecho de recibir una carta vuestra me trae recuerdos muy queridos. Me transporta de vuelta a los tiempos en que, rodeados de dificultades y peligros, trabajamos juntos por la misma causa, luchando por lo más valioso para el hombre, su derecho a gobernarse a sí mismo. Tirando siempre del mismo remo, siempre con una ola a proa amenazando con abrumarnos, pero que al final pasaba, inofensiva, bajo nuestra embarcación, llegamos felizmente a puerto sin saber cómo habíamos arrostrado sanos y salvos la tormenta.

Aún allí no esperábamos que desaparecieran los obstáculos y las dificultades; y los hubo. Primero, la detención de los puertos occidentales, después la coalición de Pilnitz, proscribiendo nuestro comercio con Francia, y la aplicación de esta prohibición por parte de Inglaterra. En vuestros días, depredaciones francesas; en los míos, inglesas, y los decretos de Berlín y Milán; ahora, las órdenes del consejo inglés, y la piratería que autorizan. Cuando esto haya acabado, vendrá el reclutamiento forzoso de nuestros marinos, o alguna otra cosa; y así hemos avanzado, y seguiremos avanzando, perplejos y prosperando en una forma sin parangón en la historia del hombre.

Y creo en verdad que seguiremos gruñendo, multiplicándonos y prosperando hasta constituir una sociedad poderosa, sabia y feliz, como nunca ha visto el hombre. En cuanto a Francia e Inglaterra, con toda su superioridad en la ciencia, la una es una cueva de ladrones, y la otra de piratas. Y si la ciencia no produjera mejores frutos que la tiranía, el asesinato, la rapiña y la miseria de la ética nacional, preferiría que nuestro país fuera ignorante, honesto y estimable, como lo son nuestros vecinos los salvajes.

Pero ¿adónde me está conduciendo la locuacidad senil? A la política, de la que me he retirado definitivamente. Pienso poco en ella, y hablo menos. He renunciado a los periódicos en beneficio de Tácito y Tucídides, de Newton y Euclides, y soy mucho más feliz. A veces, ciertamente recuerdo antiguos acontecimientos, en memoria de los viejos amigos y colaboradores que han caído antes que nosotros. De los firmantes de la Declaración de Independencia veo que no hay más de media docena vivos de nuestro lado del Potomac, y de este lado sólo yo.

Vos y yo hemos sobrevivido asombrosamente, y yo con notable buena salud, y una considerable actividad física y mental. Monto a caballo tres o cuatro horas al día; voy tres o cuatro veces al año a una propiedad que tengo a noventa millas de aquí, haciendo el viaje de invierno a caballo. Sin embargo, camino poco, pues una milla ya es demasiado para mí, y vivo rodeado de mis nietos, uno de los cuales me ha ascendido recientemente a bisabuelo.

Ha llegado a mis oídos la agradable noticia de que también vos gozáis de buena salud, y de que camináis con más facilidad que yo. Pero habría preferido saberlo por vos mismo, y haber recibido una carta como la mía, llena de egotismo y de detalles sobre vuestra salud, vuestras costumbres, ocupaciones y deleites, que me habría procurado el placer de saber que en la decadencia física de la carrera de la vida no me precedéis como me precedisteis en materia de honores y logros políticos.

Nada ha sucedido que disminuya el interés que siento por estos detalles sobre vuestra persona; nada tampoco ha suspendido un solo instante la estima que os profeso. Hoy os saludo con inalterado afecto y respeto.

[Carta a John Adams. Monticello, 21 de enero de 1812. La amistad entre Jefferson y Adams, interrumpida por malentendidos políticos, se renovó por intermedio de Benjamín Rush, y se intensificó constantemente hasta la muerte de ambos, que ocurrió casualmente el mismo día.]

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THOMAS JEFFERSON, Autobiografía y otros escritos. Editorial Tecnos, 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz de Heredia.[FD, 27/12/2008]

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