TIRANÍAS LEGÍTIMAS Y SANTAS INJUSTICIAS, por Alexis de Tocqueville
“Lo que en Estados Unidos se entiende por república es la acción lenta y tranquila de la sociedad sobre sí misma. Es un estado de orden realmente basada en la voluntad ilustrada del pueblo. Es un gobierno conciliador, en el que las decisiones se maduran largamente, se discuten con lentitud y se ejecutan con madurez. Los republicanos, en los Estados Unidos, aprecian las costumbres, respetan las creencias, reconocen los derechos. Profesan la opinión de que un pueblo debe ser moral, religioso y moderado en la misma medida en que es libre. Lo que en Estados Unidos se llama república es el reinado tranquilo de la mayoría. Pero la mayoría en sí no es todopoderosa. Por encima de ella, en el mundo moral, se hallan la humanidad, la justicia y la razón, y en el mundo político, los derechos adquiridos. En los Estados Unidos, la religión misma de la mayoría es republicana. Pero la república, según algunos de nosotros, no consiste en el reinado de la mayoría, como se ha creído hasta ahora, sino en el de aquellos que más favorecen a la mayoría. No es el pueblo quien dirige en esta clase de gobiernos, sino los que dicen saber qué es lo mejor para el pueblo; distinción feliz que permite obrar en nombre de las naciones sin consultarlas y reclamar su agradecimiento mientras se las pisotea. Se había creído, hasta ahora, que el despotismo era odioso, cualesquiera que fueran sus formas. Pero hoy hemos descubierto que hay en el mundo tiranías legítimas y santas injusticias, siempre que se ejerzan en nombre del pueblo.”
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El desmembramiento de la Unión, al introducir la guerra en el seno de los Estados hoy confederados y con ella los ejércitos permanentes, la dictadura y los impuestos, podría a la larga comprometer la suerte de las instituciones republicanas. Sin embargo, no hay que confundir el futuro de la república con el de la Unión.
LOS EUROPEOS HEMOS DESCUBIERTO QUE HAY EN EL MUNDO TIRANÍAS LEGÍTIMAS Y SANTAS INJUSTICIAS, SIEMPRE QUE SE EJERZAN EN NOMBRE DEL PUEBLO
La Unión es un accidente que no durará más de lo que duren las circunstancias que la favorezcan, pero la república me parece el estado natural de los angloamericanos, y sólo la acción continua de causas contrarias que obren siempre en el mismo sentido podría sustituirla por la monarquía.
La Unión existe principalmente por la ley que la ha creado. Una revolución, un cambio en la opinión pública, puede acabar con ella para siempre. La república tiene raíces más profundas.
Lo que en Estados Unidos se entiende por república es la acción lenta y tranquila de la sociedad sobre sí misma. Es un estado de orden realmente basada en la voluntad ilustrada del pueblo. Es un gobierno conciliador, en el que las decisiones se maduran largamente, se discuten con lentitud y se ejecutan con madurez.
Los republicanos, en los Estados Unidos, aprecian las costumbres, respetan las creencias, reconocen los derechos. Profesan la opinión de que un pueblo debe ser moral, religioso y moderado en la misma medida en que es libre. Lo que en Estados Unidos se llama república es el reinado tranquilo de la mayoría. La mayoría, una vez se ha reconocido a sí misma y ha comprobado su existencia, es la fuente común de todos los poderes. Pero la mayoría en sí no es todopoderosa. Por encima de ella, en el mundo moral, se hallan la humanidad, la justicia y la razón, y en el mundo político, los derechos adquiridos. La mayoría reconoce estas dos barreras, y si en ocasiones se las salta es porque tiene pasiones como todo ser humano, y porque a semejanza de él es capaz de hacer el mal aunque distinga el bien.
Pero nosotros hemos hecho en Europa extraños descubrimientos.
La república, según algunos de nosotros, no consiste en el reinado de la mayoría, como se ha creído hasta ahora, sino en el de aquellos que más favorecen a la mayoría. No es el pueblo quien dirige en esta clase de gobiernos, sino los que dicen saber qué es lo mejor para el pueblo; distinción feliz que permite obrar en nombre de las naciones sin consultarlas y reclamar su agradecimiento mientras se las pisotea. El gobierno republicano es, por lo demás, el único al que hay que reconocerle el derecho a hacerlo todo, y el único también que puede despreciar lo que hasta el presente han respetado los hombres, desde las más altas leyes de la moral hasta las simples reglas del sentido común.
Se había creído, hasta ahora, que el despotismo era odioso, cualesquiera que fueran sus formas. Pero hoy hemos descubierto que hay en el mundo tiranías legítimas y santas injusticias, siempre que se ejerzan en nombre del pueblo.
Las ideas que los norteamericanos se han formado de la república les facilita singularmente sus usos y aseguran su duración. En su país, si la práctica a menudo resulta mala, por lo menos es buena la teoría, y el pueblo acaba siempre por amoldar sus actos a ella.
EL CONJUNTO DE LAS INSTITUCIONES AMERICANAS ES ESENCIALMENTE REPUBLICANO: LA RELIGIÓN MISMA DE LA MAYORÍA ES REPUBLICANA
Era imposible en su origen, y aún ahora sería muy difícil, establecer en América una administración centralizada. Los hombres se hallan diseminados por un espacio demasiado grande y separados por demasiados obstáculos naturales para que uno solo pueda desempeñar la tarea de dirigir los detalles de su existencia. América constituye, pues, por excelencia, el país del gobierno provincial y municipal.
Cuando se establecieron las colonias de América del Norte, la libertad municipal ya había penetrado tanto en las leyes como en las costumbres de Inglaterra, y los emigrantes ingleses la adoptaron no sólo como una cosa necesaria, sino como un bien cuyo valor les era bien conocido.
Los ingleses de los Estados Unidos se encontraron, pues, divididos desde el principio en un gran número de pequeñas sociedades distintas que no estaban ligadas a ningún centro común, resultando preciso que cada una de ellas se ocupara de sus propios asuntos, ya que no se divisaba por ninguna parte una autoridad central que por naturaleza debiera y pudiera fácilmente resolvérselos.
Así, la naturaleza del país, la manera misma en que fueron fundadas las colonias inglesas, los hábitos de los primeros emigrantes, todo se aunaba para desarrollar hasta un grado extraordinario las libertades municipales y provinciales.
En los Estados Unidos, el conjunto de instituciones del país es, pues, esencialmente republicano; para destruir en él de forma duradera las leyes que fundamentan la república, sería necesario, en cierto modo, abolir a la vez todas las leyes.
En los Estados Unidos, el dogma de la sabiduría del pueblo no es una doctrina aislada sin base en los hábitos ni en el conjunto de las ideas dominantes; por el contrario, se le puede considerar como el último eslabón de una cadena de opiniones que rodea por completo el mundo angloamericano. La Providencia ha dado a cada individuo, sea el que sea, el grado de razón necesario para gobernarse a sí mismo en las cosas que sólo a él atañen. Tal es la gran máxima sobre la que, en los Estados Unidos, descansa la sociedad civil y política: el padre de familia la aplica a sus hijos, el amo a sus servidores, el municipio a sus administrados, la provincia a los municipios, el Estado a las provincias, la Unión a los Estados. Extendida al conjunto de la nación, se convierte en el dogma de la sabiduría del pueblo.
Así, en los Estados Unidos el principio generador de la república es el mismo que rige la mayoría de las acciones humanas. La república penetra, pues, si se me permite la expresión, en las ideas, en las opiniones, en todos los hábitos de los americanos, al mismo tiempo que se establece en sus leyes; y, para llegar a cambiar las leyes, sería preciso que se transformaran ellos por completo. En los Estados Unidos, la religión misma de la mayoría es republicana; somete las verdades del otro mundo a la razón individual, al igual que la política abandona al buen sentido de todos el cuidado de los intereses de éste, y consiente que cada hombre elija libremente el camino que ha de conducirle al cielo, del mismo modo que la ley reconoce a cada ciudadano el derecho de escoger su gobierno.
Evidentemente, sólo una larga serie de hechos, todos de la misma tendencia, puede sustituir a este conjunto de leyes, de opiniones y de costumbres: un conjunto de costumbres, de opiniones y de leyes contrarias.
LA REPÚBLICA EN AMÉRICA EXISTE SIN COMBATE, SIN OPOSICIÓN, SIN PRUEBA, POR UN ACUERDO TÁCITO Y UNA ESPECIE DE CONSENSO UNIVERSAL
En nuestros días, el principio republicano reina en América como el principio monárquico dominaba en Francia bajo Luis XIV. Los franceses de entonces no sólo querían la monarquía, sino que ni imaginaban que hubiera algo que la pudiera sustituir; la admitían como se admite el movimiento del sol y las vicisitudes de las estaciones. Entre ellos el poder real no tenía ni defensores ni adversarios.
Del mismo modo existe la república en América: sin combate, sin oposición, sin prueba, por un acuerdo tácito, una especie de consensus universalis.
Hay gentes entre nosotros que esperan ver el nacimiento de una aristocracia en América y que prevén ya con exactitud la época en que se adueñará del poder. Ya he dicho, y lo repito, que el movimiento actual de la sociedad americana me parece cada día más democrático.
Un cuerpo aristocrático se compone de un cierto número de ciudadanos que, no demasiado alejados de la masa, se elevan sobre ella de manera permanente: que pueden ser tocados, pero no heridos; con los que la masa se mezcla cada día, pero con quienes no puede nunca confundirse.
Resulta imposible imaginar nada más contrario a la naturaleza y a los secretos instintos del corazón humano que una sujeción de esta clase: entregados a sí mismos, los hombres preferirán siempre el poder arbitrario de un rey a la administración reglamentada de los nobles.
Una aristocracia, para durar, necesariamente tiene que establecer la desigualdad como principio, legalizarla de antemano, e introducirla en la familia al misma tiempo que se la difunde en la sociedad; cosas todas ellas que repugnan de tal modo a la equidad natural, que sólo las admiten los hombres por la violencia.
Desde que existen las sociedades humanas, no creo que pueda citarse ejemplo de un solo pueblo que, entregado a sí mismo y por su propio esfuerzo, haya creado una aristocracia en su seno; todas las aristocracias de la Edad Media son hijas de la conquista. El vencedor era el noble; el vencido, el siervo. La fuerza impuso entonces la desigualdad, que una vez admitida en las costumbres se sostenía en sí misma y se expresaba naturalmente en las leyes.
Se han visto sociedades que a consecuencia de acontecimientos anteriores a su existencia puede decirse que nacieron aristocráticas, y a las que cada siglo fue arrastrando hacia la democracia. Tal fue el caso de los romanos y de los bárbaros que se establecieron después de ellos. Pero un pueblo que, salido de la civilización y la democracia, se acercara gradualmente a la desigualdad de condiciones y acabara por establecer en su seno privilegios inviolables y clases exclusivas sería algo nuevo en el mundo.
Nada indica que América esté destinada a ser la primera en ofrecer semejante espectáculo.
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ALEXIS DE TOCQUEVILLE, La democracia en América I, segunda parte, capítulo 10 (extracto). Alianza Editorial, 2006. Traductora: Dolores Sánchez de Aleu. [FD, 04/08/2008]]
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