EL FATALISMO Y LOS ESPÍRITUS MEDIOCRES, por Alexis de Tocqueville
“La Fayette dice en algún pasaje de sus Memorias que el sistema exagerado de las causas generales deparaba maravillosos consuelos a los políticos mediocres. Yo añado que produce el mismo efecto en los historiadores mediocres. No sólo niegan que unos cuantos ciudadanos puedan influir sobre el destino del pueblo, sino que quitan a los pueblos mismos la facultad de modificar su propia suerte y los someten, ya a una providencia inflexible, ya a una especie de ciega fatalidad. Según ellos, cada nación está inevitablemente ligada, por su posición, por su origen, por sus antecedentes y por su naturaleza, a un destino determinado que ningún esfuerzo es capaz de cambiar. Los historiadores de la Antigüedad enseñaban a mandar; los de hoy sólo enseñan a obedecer. En sus escritos, el autor suele parecer grande, la humanidad siempre pequeña. Si esta doctrina fatalista pasara de los escritores a los lectores y, penetrando en la masa de los ciudadanos, se apoderara del espíritu público, probablemente paralizaría en poco tiempo el movimiento de las nuevas sociedades. Nuestros contemporáneos ya se sienten excesivamente inclinados a dudar del libre albedrío. Guardémonos de oscurecer esta idea, ya que se trata de levantar las almas, no de abatirlas por completo.”
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Los historiadores que escriben en los siglos aristocráticos, por lo general, hacen depender todos los acontecimientos de la voluntad particular y del humor de unos hombres determinados y achacan a incidentes mínimos las más importantes revoluciones. Ponen de relieve sagazmente las pequeñas causas y a menudo no perciben las grandes.
TAMBIÉN EN LAS NACIONES DEMOCRÁTICAS EL GENIO, EL VICIO O LAS VIRTUDES DE CIERTOS INDIVIDUOS RETARDAN O PRECIPITAN EL CURSO NATURAL DEL DESTINO DEL PUEBLO
Los historiadores que viven en los siglos democráticos muestran tendencias completamente contrarias. La mayoría no concede casi ninguna influencia al individuo sobre el destino de la especie, ni a los ciudadanos sobre la suerte del pueblo. Pero en cambio atribuyen a grandes causas generales los más mínimos hechos particulares. Estas tendencias opuestas son fáciles de explicar.
Cuando los historiadores de los siglos aristocráticos estudian el teatro del mundo, lo primero que ven es un pequeño número de actores principales que dirigen toda la trama. Estos grandes personajes que se mantienen firmes en el escenario atraen su vista y la fijan; ocupados en descubrir los secretos que les hacen hablar y actuar, olvidan todo lo demás.
La importancia de lo que ven hacer a unos cuantos seres les da una idea exagerada de la influencia que puede ejercer un hombre, y les induce a creer que siempre es preciso remontarse a la acción particular de un individuo para explicar los movimientos de las masas.
Cuando, por el contrario, los ciudadanos son independientes unos de otros e individualmente débiles, no se ve a ninguno que ejerza un poder grande, ni sobre todo duradero, sobre las masas. A primera vista, parece que los individuos carecen de influencia sobre ellas, y diríase que la sociedad marcha por sí sola mediante el libre y espontáneo concurso de todos los hombres que la componen.
Esto lleva naturalmente al espíritu humano a investigar la causa general que ha podido influir a a la vez en tantas inteligencias dirigiéndolas simultáneamente hacia un mismo punto.
Estoy totalmente convencido de que también en las naciones democráticas el genio, el vicio o las virtudes de ciertos individuos retardan o precipitan el curso natural del destino del pueblo. Pero estas causas fortuitas y secundarias son infinitamente más variadas, más ocultas, más complicadas, menos poderosas, y por consiguiente más difíciles de distinguir y estudiar en épocas de igualdad que en las de aristocracia, en las que únicamente se trata de analizar, entre los hechos generales, la acción popular de uno solo o de algunos hombres.
El historiador se cansa pronto de semejante trabajo; su espíritu se pierde en ese laberinto, y no pudiendo percibir con claridad ni descubrir las influencias individuales, las niega. Prefiere hablarnos de las características de las razas, de la constitución física del país o del espíritu de la civilización. Esto abrevia su labor y satisface mejor al lector con menos esfuerzo.
LA EXAGERACIÓN DE LAS CAUSAS GENERALES DEPARA MARAVILLOSOS CONSUELOS A LOS POLÍTICOS E HISTORIADORES MEDIOCRES
La Fayette dice en algún pasaje de sus Memorias que el sistema exagerado de las causas generales deparaba maravillosos consuelos a los políticos mediocres. Yo añado que produce el mismo efecto en los historiadores mediocres. Siempre pone a su disposición poderosas razones que les sacan de apuros en el punto más difícil del libro, favoreciendo la deficiencia o la pereza de su espíritu, y haciendo honor, al mismo tiempo, a su profundidad.
Por lo que a mí respecta, creo que no hay época en la que no haya que atribuir una parte de los acontecimientos de este mundo a hechos generales, y otra, a influencias particulares. Estas dos causas se encuentran siempre; sólo su relación difiere. Los hechos generales explican más cosas en tiempos democráticos que en los aristocráticos, y menos las influencias particulares. En tiempos de aristocracia sucede lo contrario; las influencias particulares son más fuertes y las causas generales más débiles, a menos que se considere como causa general el hecho mismo de la desigualdad de condiciones, que permite a unos pocos individuos oponerse a las tendencias naturales de todos los demás.
Los historiadores que tratan de describir lo que acaece en las sociedades democráticas tienen razón, por tanto, al conceder un amplio margen a las causas generales y dedicarse principalmente a descubrirlas; pero hacen mal si niegan por completo la acción particular de los individuos, por el hecho de ser dificultoso detectarla y seguirla.
Los historiadores que viven en tiempos democráticos no sólo se inclinan a adscribir a cada hecho una gran causa, sino también a enlazar los hechos entre sí formando un sistema.
En tiempos de aristocracia, la atención de los historiadores está enfocada en todo momento hacia los individuos y no advierten el encadenamiento de los hechos, mejor dicho, no creen que éste exista. La trama de la historia les parece interrumpida a cada instante por el paso de un hombre.
Por el contrario, en tiempos democráticos, el historiador, que ve mucho peor a los actores y mucho mejor los actos, puede establecer fácilmente una filiación y un orden metódico entre éstos.
La literatura antigua, que nos ha legado historias tan excelentes, no presenta ningún sistema histórico de importancia, mientras que las más humildes literaturas modernas abundan en ellos. Parece que los historiadores antiguos no hacían un uso frecuente de estas teorías generales de las que los nuestros siempre están a punto de abusar.
LOS ESCRITORES, AL ENSEÑAR QUE EL INDIVIDUO NO PUEDE CAMBIAR NADA, LE ENSEÑAN A OBEDECER; ELLOS PARECEN GRANDES, LA HUMANIDAD SIEMPRE PEQUEÑA.
Los autores democráticos tienen una tendencia aún más peligrosa. Cuando se pierde la huella de la acción de los individuos sobre las naciones, sucede con frecuencia que vemos agitarse el mundo, pero sin descubrir el motor. Dado que resulta muy difícil percibir y analizar las razones que, al influir por separado sobre la voluntad de cada ciudadano, acaban produciendo el movimiento del pueblo, se siente uno inclinado a creer que ese movimiento no es voluntario, y que las sociedades obedecen sin saberlo a una fuerza superior que las domina.
Incluso cuando se busca en la tierra el hecho general que dirige la voluntad particular de los individuos, la libertad humana desaparece. Una causa lo bastante vasta como para aplicarse a la vez a millones de hombres, y lo bastante fuerte como para inclinarlos a todos hacia el mismo lado, parece fácilmente irresistible, y viendo cómo todos ceden ante ella, no resulta difícil persuadirse de que es inútil ofrecerle resistencia.
Así pues, los historiadores que viven en tiempos democráticos no sólo niegan que unos cuantos ciudadanos puedan influir sobre el destino del pueblo, sino que quitan a los pueblos mismos la facultad de modificar su propia suerte y los someten, ya a una providencia inflexible, ya a una especie de ciega fatalidad. Según ellos, cada nación está inevitablemente ligada, por su posición, por su origen, por sus antecedentes y por su naturaleza, a un destino determinado que ningún esfuerzo es capaz de cambiar. Hacen a las generaciones solidarias unas de otras, remontándose de este modo de siglo en siglo y de un acontecimiento necesario a otro, hasta el origen del mundo, y construyen una fuerte e inmensa cadena que comprende y enlaza a todo el género humano.
No les basta con indicar cómo han ocurrido los hechos, quieren además demostrar que no podían ocurrir de otro modo. Contemplan, por ejemplo, a una nación en un determinado punto de su historia y afirman que se ha visto obligada a seguir el camino que la conducido hasta él, lo que es más fácil que mostrar qué hubiese podido hacer para emprender otra ruta mejor.
Al leer a los historiadores de las épocas aristocráticas, y particularmente a los de Antigüedad, diríase que para adueñarse de su destino y gobernar a sus semejantes el hombre no tiene más que aprender a dominarse a sí mismo. En cambio, las historias escritas en nuestros días dan a entender que el hombre nada puede, ni sobre sí mismo, ni sobre lo que le rodea. Los historiadores de la Antigüedad enseñaban a mandar; los de hoy sólo enseñan a obedecer. En sus escritos, el autor suele parecer grande, la humanidad siempre pequeña.
Si esta doctrina fatalista, que tantos atractivos tiene para aquellos que escriben la historia en tiempos democráticos, pasara de los escritores a los lectores y, penetrando en la masa de los ciudadanos, se apoderara del espíritu público, probablemente paralizaría en poco tiempo el movimiento de las nuevas sociedades e igualaría a los cristianos con los turcos.
A esto añadiré que semejante doctrina resulta especialmente peligrosa en la época actual; nuestros contemporáneos ya se sienten excesivamente inclinados a dudar del libre albedrío, pues perciben los límites que por todos lados les impone su flaqueza y en cambio reconocen fácilmente fuerza e independencia a los hombres reunidos en cuerpo social. Guardémonos de oscurecer esta idea, ya que se trata de levantar las almas, no de abatirlas por completo.
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ALEXIS DE TOCQUEVILLE, La democracia en América II, capítulo 20. Alianza Editorial, 2006. Traductora: Dolores Sánchez de Aleu. [FD y MLD, 30/07/2008]
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