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LA DEMOCRACIA, por George Santayana

Filed under: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — 23 August, 2010 @ 18:33

“La democracia social es la democracia de Arcadia, de Suiza y de los pioneros norteamericanos. De esas comunidades se podría decir que poseen asimismo un gobierno democrático, pues todo es en ellas naturalmente democrático. No hay aristocracia, no hay prestigio, sino una inteligente propensión a prestarse ayuda y a realizar en común todo cuanto se haga, no tanto bajo la dirección de un jefe como guiándose por una especie de instinto de colaboración y de contagiosa simpatía. En otras palabras, rige ese gobierno supremamente democrático: la total ausencia de gobierno. La democracia política, por su parte, es un producto tardío y artificial. Surge merced a una gradual extensión de los privilegios aristocráticos, a través de la rebelión contra los abusos y en respuesta a la inquietud experimentada por el pueblo.  La democracia social es un ideal ético general, tendente a la igualdad y a la fraternidad humanas, e incompatible en su forma radical con instituciones tales como la familia y la propiedad hereditaria. Por el contrario, el gobierno democrático es un simple medio para alcanzar un fin, un expediente para el mejor y más fácil gobierno de ciertos Estados en determinadas situaciones. No involucra ideales de vida especiales; es una cuestión de política“.

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La palabra democracia puede significar una igualdad social natural en el organismo político o una forma constitucional de gobierno en la que el poder, de manera más o menos directa, reside en manos del pueblo. Lo primero puede denominarse democracia social y lo segundo gobierno democrático. Ambas formas difieren ampliamente, tanto en origen como en principio moral.

DEMOCRACIA SOCIAL Y DEMOCRACIA POLÍTICA

Genéticamente considerada, la democracia social es algo primitivo, no intencional, propio de las comunidades donde existe una competencia general y ninguna personalidad especialmente señalada. Es la democracia de Arcadia, de Suiza y de los pioneros norteamericanos.

De esas comunidades se podría decir que poseen asimismo un gobierno democrático, pues todo es en ellas naturalmente democrático. No hay aristocracia, no hay prestigio, sino en cambio una inteligente propensión a prestarse ayuda y a realizar en común todo cuanto se haga, no tanto bajo la dirección de un jefe como guiándose por una especie de instinto de colaboración y de contagiosa simpatía. En otras palabras, rige ese gobierno supremamente democrático: la total ausencia de gobierno.

Jorge Santayana (1863-1952), filósofo español nacido en Madrid y muerto en Roma, escribió toda su obra en inglés y fue profesor en Harvard.

La democracia política, por su parte, es un producto tardío y artificial. Surge merced a una gradual extensión de los privilegios aristocráticos, a través de la rebelión contra los abusos y en respuesta a la inquietud experimentada por el pueblo. El principio en el que se funda no es la falta de personalidades eminentes, sino el descubrimiento de que las eminencias existentes han dejado de ser genuinas y representativas. Esta forma es compatible con un gobierno muy complejo, un gran imperio y una sociedad aristocrática; puede conservar, como ocurre notablemente en Inglaterra y en todas las antiguas repúblicas, muchos vestigios de instituciones más antiguas y menos democráticas.

Pues, en los gobiernos democráticos, el pueblo no ha creado el Estado; se limita meramente a fiscalizarlo. Sus celos y sospechas son aquietadas al asignársele una voz, tal vez tan sólo un veto, en la administración; pero el Estado administrado es una prodigiosa máquina histórica autocreada. Jamás estableció el voto popular la familia, la propiedad privada, las prácticas religiosas o las fronteras internacionales. Las instituciones, los ideales y los administradores pueden ser todos tales como las clases populares no los hubieran podido producir jamás, pero se permite que subsistan estos productos de aristocracia natural mientras no se eleve contra ellos una protesta demasiado imperiosa.

LA DEMOCRACIA SOCIAL, UN IDEAL ÉTICO; LA DEMOCRACIA POLÍTICA, UN SIMPLE MEDIO

Si volvemos nuestra mirada de los orígenes a los ideales, el contraste entre la democracia social y la democracia política no es menos marcado. La democracia social es un ideal ético general, tendente a la igualdad y a la fraternidad humanas, e incompatible en su forma radical con instituciones tales como la familia y la propiedad hereditaria.

Por el contrario, el gobierno democrático es un simple medio para alcanzar un fin, un expediente para el mejor y más fácil gobierno de ciertos Estados en determinadas situaciones. No involucra ideales de vida especiales; es una cuestión de política; a saber, si los intereses generales resultarán mejor servidos concediendo a todos los hombres (y a todas las mujeres) una participación igual en las elecciones.

Pues la democracia política, al surgir en Estados extensos y complejos, debe ser necesariamente un gobierno por representación, y los asuntos que verdaderamente se someten al pueblo sólo pueden ser cuestiones muy amplias de política general o de confianza en los dirigentes partidarios.

Todo gobierno justo persigue el bien general; la elección entre formas aristocráticas y democráticas atañe únicamente a los medios que se elijan para tal fin. Muy bien puede una organización particular adaptarse mejor a un lugar y una época determinada, en tanto que otra se adapta a otros. Todo depende de que se cuente o no con personalidades eminentes. La teoría democrática es claramente errónea si supone que la eminencia no es naturalmente representativa. La eminencia es sintética y representa lo que sintetiza. Una eminencia no representativa no implicaría excelencia, sino únicamente extravagancia o notoriedad.

Pero algo que se aproxime a tan verdadera excelencia es tan raro como grande, y se puede disculpar a una sociedad democrática, naturalmente celosa de la grandeza, que no espera hallar una verdadera grandeza, ni comprenda siquiera en qué consiste ésta. Un gobierno no se torna representativo o justo por el expediente mecánico de elegir a sus miembros mediante el sufragio universal. Sólo se torna representativo cuando encarna en su política, sea por instinto o a causa de una elevada inteligencia, los intereses conscientes e inconscientes del pueblo.

EL VALOR DE LA CIVILIZACIÓN PUEDE SER CUESTIONADO

La civilización, aunque estamos acostumbrados a pronunciar la palabra con cierta unción, es algo cuyo valor puede ser cuestionado. Una manera de defender el ideal democrático es negar que la civilización sea un bien. Por cierto que, en algún sentido, la democracia social es esencialmente una reversión a una vida más sencilla, más arcádica e idílica de la que ha fomentado la aristocracia. La igualdad se alcanza más fácilmente en una era patriarcal que en una era de actividades concentradas e intensas. Las posesiones, los ideales y los elementos tal vez sean menos numerosos en una comunidad sencilla, pero son más fácilmente compartidos y unen a los hombres con lazos morales e imaginativos en lugar de dividirlos, como lo hacen todas las maneras extremadamente complicadas de vivir o de pensar.

Un pueblo rural, que habite un país escasamente poblado, puede disfrutar de las cosas indispensables a la vida, y entre esas cosas indispensables tal vez se cuenten no sólo el pan y ropas para cubrirse, que todo el mundo consigue de alguna manera, aun en nuestra sociedad, sino esa comunal religión, poesía y fraternidad de que tan frecuentemente carecen los pobres civilizados.

Si la democracia social triunfara y se orientara en ese sentido, comenzaría por disminuir notablemente la cantidad de trabajo que se realiza en el mundo. Todos los instrumentos de lujo, muchos instrumentos de vano conocimiento y arte, se dejarían de producir. Podríamos ver nuevamente en desuso los medios de comunicación, tan maravillosamente desarrollados en los últimos tiempos; los cascos de grandes vapores enmoheciéndose en las radas; los puentes de ferrocarril derrumbándose y los túneles atascados; en tanto que se extendería sobre la tierra una población rural, con algunas manufacturas necesarias y perfeccionadas, abandonando a la ruina las grandes ciudades, que se calificarían de sedes de babilónica servidumbre y locura.

Tales anticipaciones pueden parecer fantásticas, y desde luego no es probable que se dé en el próximo futuro una reacción semejante contra el progreso material, puesto que, por ahora, la marea del comercialismo y de la población sigue subiendo en todas partes; pero ¿qué hombre de pensamiento supone que estas tendencias serán eternas y que el presente experimento en civilización es el último que ha de ver el mundo?

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DEDICATORIA: “Para Antonio García-Trevijano, con respeto y admiración, estas palabras del que él considera, no sin razón, el mejor filósofo español. Nuestros caminos convergieron, por un tiempo, en la búsqueda de la democracia; pero ahora divergen, porque nuestros ideales son diferentes. La democracia política, que para él es un fin, constituye para mí un simple medio al servicio de un ideal moral: la democracia social. Y los fines morales deben determinar los medios políticos.” Oliver, 22/06/2006.

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GEORGE SANTAYANA, La vida de la razón o fases del progreso humano, Tecnos, 2005. [Filosofía Digital, 22/06/2006]

1 comentario »

  1. Mundo Libre Digital » DEMOCRACIA O AUTOGOBIERNO DEL PUEBLO, por Jesús Nava:

    [...] Democracia, para mí, es mucho más que libertad política de los ciudadanos para elegir y deponer a sus representantes. Y que la clásica división y separación de poderes, mucho más antigua, por cierto, que Locke, Spinoza o Montesquieu, a quienes se atribuye su invención. Es más, considero que la libertad de elección y la separación de poderes son hallazgos políticos (esta última, casual) muy útiles para evitar el despotismo del gobierno y la corrupción descarada de los gobernantes. Pero no son, en esencia, la democracia. [...]

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