DONDE ACABA LA ELECCIÓN ANUAL COMIENZA LA TIRANÍA, por Thomas Jefferson
“Vuestros principios se han puesto a prueba en el crisol del tiempo y han salido de él en toda su pureza. Habéis demostrado que no os oponíais sólo a la monarquía británica, sino a cualquier monarquía. Nuestro objetivo era un gobierno por representantes elegidos por el pueblo para períodos cortos y nuestra máxima de entonces, “donde acaba la elección anual comienza la tiranía”. Temo que nuestros amigos del otro lado del océano, que trabajan por la misma causa, tendrán todavía que vadear gran cantidad de crímenes y miserias. Deposité mi confianza en la cabeza de Bonaparte, no en su corazón. Esperaba que calculara bien la diferencia entre la fama de un Washington y la de un Cromwell. Sean cuales fueran sus opiniones, en el mejor de los casos ha transferido el destino de la república del brazo civil al militar. Algunos utilizarán esto como ejemplo de la impracticabilidad del gobierno republicano. Yo lo tomo como ejemplo del peligro que revisten los ejércitos permanentes. He sufrido mucho por nuestro país en los tiempos que hemos vivido. Espero ver la armonía restaurada entre nuestros ciudadanos, y las enemistades pretéritas enteramente olvidadas. Algunos de los dirigentes más comprometidos no pueden aceptarlo. Pero espero que lo acepte la gran masa de nuestros ciudadanos. Para conseguirlo sacrificaré todo menos los principios.”
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Recibir una carta vuestra, mi respetable amigo, tras veintitrés años de separación, me ha procurado un placer que no puedo expresar. Me trae a la mente los días de inquietud que entonces pasamos combatiendo por la causa de la humanidad.
Vuestros principios se han puesto a prueba en el crisol del tiempo y han salido de él en toda su pureza. Habéis demostrado que no os oponíais sólo a la monarquía británica, sino a cualquier monarquía. Nuestro objetivo era un gobierno por representantes elegidos por el pueblo para períodos cortos y nuestra máxima de entonces, “donde acaba la elección anual comienza la tiranía”; y no puede decirse que nuestras excepciones a esa máxima hayan sido justificables por la virtud de sus efectos. Una deuda de cien millones, que crece por los intereses usurarios, y una falange de papel artificial que prevalece sobre la masa agrícola de nuestro país, tienen un aspecto amenazador.
Temo que nuestros amigos del otro lado del océano, que trabajan por la misma causa, tendrán todavía que vadear gran cantidad de crímenes y miserias. Deposité mi confianza en la cabeza de Bonaparte, no en su corazón. Esperaba que calculara bien la diferencia entre la fama de un Washington y la de un Cromwell. Sean cuales fueran sus opiniones, en el mejor de los casos ha transferido el destino de la república del brazo civil al militar. Algunos utilizarán esto como ejemplo de la impracticabilidad del gobierno republicano. Yo lo tomo como ejemplo del peligro que revisten los ejércitos permanentes.
Adiós, mi siempre respetado y venerable amigo. Ojalá que la bondadosa providencia superior que tan largamente os ha preservado para nuestro país siga colmando los años que os restan con lo que pueda hacerlos desahogados para vos y reconfortantes para vuestros amigos. Aceptad el cordial saludo de vuestro afectísimo amigo.
Carta a Samuel Adams, uno de los patriotas revolucionarios más importantes y primo segundo del presidente John Adams. Murió tres años después de recibir esta carta. Filadelfia, 26 de febrero de 1800.
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El 4 de marzo, mi querido y viejo amigo, os dirigí una carta; no, ciertamente, a vuestro nombre, sino por intermedio de algunos de mis conciudadanos, a quienes la ocasión me exigía dirigirme.
Cuando meditaba sobre el contenido de esa alocución, me pregunté a menudo si su espíritu era exactamente el de nuestro patriarca, Samuel Adams. ¿Se expresaría él así? ¿Lo aprobará? He sufrido mucho por nuestro país en los tiempos que hemos vivido. Pero individualmente por nadie tanto como por vos.
Cuando me decían que os evitaban, que os insultaban, que os reprobaban, no podía sino exclamar “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Confieso que pensando en vos sentía una indignación que, tratándose de mí, he podido, frente a todas las pruebas, mantener a raya. Sin embargo, la tormenta ha pasado, y hemos arribado a puerto. El buque no estaba aparejado para el servicio al que fue destinado. Demostraremos la suavidad de su movimiento con un viraje republicano.
Espero ver la armonía restaurada entre nuestros ciudadanos, y las enemistades pretéritas enteramente olvidadas. Algunos de los dirigentes más comprometidos no pueden aceptarlo. Pero espero que lo acepte la gran masa de nuestros ciudadanos. Para conseguirlo sacrificaré todo menos los principios.
Para hacer justicia a los ciudadanos habrá que aplicarla a unos pocos funcionarios que han pervertido sus funciones para oprimir a aquéllos. Pero la opinión, y su justa defensa, jamás será para mí un crimen; ni perjudicará a ningún particular. Aquellos cuya mala conducta en el cargo debería haber acarreado su destitución ya en tiempos de mi antecesor no deben ser protegidos por la delicadeza a que son acreedores los hombres honrados.
¡Cuánto deploro que el tiempo me haya privado de vuestra ayuda! Glorioso habría sido el día que os hubiera elevado al primer cargo de la administración. Dadnos, empero, amigo nuestro, vuestro consejo, e impartidnos vuestra bendición; y tened la seguridad de que no hay en corazón humano estima más fiel que la que yo os profeso, y de que siempre seréis objeto de mi más afectuosa veneración y respeto.
Carta a Samuel Adams. Washington, 29 de marzo de 1801.
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THOMAS JEFFERSON, Autobiografía y otros escritos. Editorial Tecnos, 1987. Traducción de A. Escohotado y M. Sáenz de Heredia. [MLD, 18/06/2008]
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June 20th, 2010 @ 13:34
Causa pánico, no meramente miedo ni desconfianza, comprobar la estúpida ignorancia que tienen todos los comentaristas y analistas políticos de nuestro país, muy superior a la del ciudadano medio. Porque no sólo son ignorantes de los principios básicos de la democracia y la libertad, sino que se dedican a pontificar como si entendieran de todo. Si los que creen saber son tan estúpidos, ¿cuál no será el nivel real de estupidez nacional que padecemos?
Que millones de analfabetos funcionales consideren a la examante de un torero “la voz del pueblo”, nada me extraña. Pero que periodistas, profesores y demás licenciados universitarios, quieran pasar por expertos en política, no deja de asombrarme.
El problema es que, en España, nadie lee jamás a Jefferson, Paine, Tocqueville, Spinoza o Maquiavelo. Si lo hicieran sabrían que las mayores amenazas para la libertad y la prosperidad de una nación no son los partidos ni los sindicatos, sino los ejércitos permanentes, los bancos, la desmesurada proporción de cargos públicos y empleados estatales, la concentración de poderes, la ausencia de autogobierno municipal, la existencia de una casta de gobernantes que han convertido la política en una profesión lucrativa, la elección por períodos larguísimos y sin rotación en los cargos (“donde acaba la elección anual comienza la tiranía”), y sobre todo, la desidia de los ciudadanos que se limitan a opinar de la política que hacen “los políticos”, pero no mueven ni un dedo por intervenir o participar en ella, ni siquiera para supervisar o controlar la conducta de sus representantes.
La falta de atención del pueblo a los asuntos públicos, como decía Jefferson, es la causa principal de que nuestros gobernantes se conviertan todos en lobos. En una palabra: si hay lobos en política es porque los ciudadanos nos portamos como borregos.
¡Y luego nos quejamos de la corrupción de los políticos! ¿Acaso no es corrupción también la indiferencia de los ciudadanos hacia los asuntos públicos o comunes?
¡Lástima de país!