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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

LA RELIGIÓN POLÍTICA DE LA NACIÓN, por Abraham Lincoln

Filed under: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — 4 June, 2008 @ 16:33

“El más fuerte bastión de cualquier gobierno puede quebrarse y destruirse; me refiero a la adhesión del pueblo. Cuando se permita a la parte corrompida de la población reunirse en grupos de cientos y miles, y quemar iglesias, arrasar y saquear almacenes, arrojar imprentas al río, disparar a los editores y colgar y quemar personas que les resulten odiosas a placer y con impunidad, este gobierno no podrá durar. Por tales cosas, los sentimientos de los mejores ciudadanos resultarán más o menos alienados respecto al gobierno, y así quedará sin amigos, o con muy pocos, y demasiado débiles  para que su amistad sea eficaz. En tal momento y bajo tales circunstancias, hombres de suficiente talento y ambición no desaprovecharán la oportunidad de dar el golpe”.

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Si la destrucción es nuestra suerte, nosotros mismos habremos de ser sus autores y quienes la llevemos a cabo. Como nación de hombres libres, viviremos en todas las épocas o moriremos por suicidio. Espero ser suficientemente cauteloso, pero, si no lo soy, hay, incluso ahora, algo de mal augurio entre nosotros. Me refiero a la creciente falta de respeto por la ley que invade el país; a la pujante disposición a las pasiones salvajes y furiosas sustituyan al sobrio juicio de los tribunales, y las masas, peores que salvajes, a los ministros ejecutivos de la justicia.

UN GOBIERNO QUE TOLERA LA VIOLENCIA, PERDERÁ LA ADHESIÓN DEL PUEBLO.

Relatos de ultrajes cometidos por las masas forman las noticias de cada día en nuestra época. Sería tan tedioso como inútil recontar todos sus horrores. Los que han ocurrido en el Estado de Misisipí, y en Saint Louis, son tal vez los más peligrosos por su ejemplo y los más repulsivos para la humanidad. En el caso de Misisipí, comenzaron por colgar a los jugadores habituales. Así, se sucedieron los colgamientos, de los jugadores a los negros, de los negros a los ciudadanos blancos y de éstos a los forasteros; hasta que se vieron hombres muertos balanceándose literalmente de las ramas de los árboles en cada vereda del camino, y en número casi suficiente para rivalizar con el nativo musgo español del país, como colgaduras del bosque.

Cuando se permita a la parte corrompida de la población quemar iglesias, arrasar y saquear, disparar a los editores y colgar y quemar personas que les resulten odiosas, con impunidad, el gobierno no podrá durar.

Fijaos luego en esa sobrecogedora escena en Saint Louis. Allí sólo se sacrificó a una víctima. Su historia es muy breve y tal vez sea la más trágica en su especie que haya sido presenciada en la vida real. Un hombre mulato, llamado McIntosh, fue apresado en la calle, arrastrado hasta los suburbios de la ciudad, encadenado a un árbol y quemado hasta la muerte; sólo una hora antes había sido un hombre libre que atendía su negocio, en paz con el mundo.

Pero tal vez estéis dispuestos a preguntar: “¿Qué tiene esto que ver con la perpetuación de nuestras instituciones políticas?” Respondo: tiene mucho que ver con ello. Sus consecuencias directas, relativamente hablando, no son sino un mal menor, y gran parte de su peligro consiste en la propensión de nuestro ánimo a considerar sus consecuencias directas como las únicas. Pero el ejemplo, en cada caso, era temible. Cuando a los hombres se les mete hoy en la cabeza colgar a jugadores o quemar asesinos, deberían recordar que, en la confusión que acompaña por lo general a tales transacciones, resultará tan probable que cuelguen o quemen a alguien que no es un jugador ni a un asesino como a quien lo sea, y que, actuando según el ejemplo que dan, la masa de mañana cuelgue o queme equivocadamente a algunos de ellos. 

Y eso no es todo; los inocentes, los que han dado la cara contra todo tipo de violaciones de la ley, de igual modo que los culpables, caen víctimas de los estragos de la ley de la masa, y así sigue todo, paso a paso, hasta que todos los muros erigidos para la defensa de las personas y propiedad de los individuos son pisoteados y omitidos.

Entretanto, por otro lado, los hombres buenos, los hombres que aman la tranquilidad, que desean cumplir las leyes y disfrutar de sus beneficios, que derramarían alegremente su sangre en defensa de su país, al ver su propiedad destruida, sus familias insultadas, sus vidas amenazadas y sus personas injuriadas, y al no ver nada en perspectiva que anuncie un cambio a mejor, se cansan y se disgustan con un gobierno que no les ofrece protección alguna y no se muestran tan reacios a un cambio en que imaginan que no tienen nada que perder. Así pues, por la operación de este poder de las masas, el más fuerte bastión de cualquier gobierno y, en particular, de aquéllos constituidos como el nuestro, puede, en efecto, quebrarse y destruirse; me refiero a la adhesión del pueblo.

Cuando se permita a la parte corrompida de la población reunirse en grupos de cientos y miles, y quemar iglesias, arrasar y saquear almacenes, arrojar imprentas al río, disparar a los editores y colgar y quemar personas que les resulten odiosas a placer y con impunidad, este gobierno no podrá durar. Por tales cosas, los sentimientos de los mejores ciudadanos resultarán más o menos alienados respecto al gobierno, y así quedará sin amigos, o con muy pocos, y demasiado débiles  para que su amistad sea eficaz. En tal momento y bajo tales circunstancias, hombres de suficiente talento y ambición no desaprovecharán la oportunidad de dar el golpe y volcar esa hermosa fábrica que durante el último medio siglo ha sido la más querida esperanza de los amantes de la libertad en todo el mundo.

QUE TODO AMANTE DE LA LIBERTAD JURE NO VIOLAR LAS LEYES NI PERMITIR QUE OTROS LAS VIOLEN

Aquí, pues, hay un punto en que puede esperarse el peligro. Volvamos a la pregunta: “¿Cómo nos fortificaremos contra él?” La respuesta es sencilla. Que todo americano, todo amante de la libertad, todo aquel que sienta benevolencia hacia su posteridad jure por la sangre de la Revolución no violar nunca, en ningún aspecto, las leyes del país, y no tolerar nunca su violación por parte de otros. Así como hicieron los patriotas del setenta y seis para apoyar la Declaración de Independencia, para apoyar la Constitución y las leyes, que todo americano empeñe su vida, su propiedad y su sagrado honor, que todo hombre recuerde que violar la ley es pisotear la sangre de su padre y desgarrar su propio carácter y la libertad de sus hijos.

Que la reverencia por la ley sea susurrada por cada madre americana a la criatura balbuciente en su regazo; que se enseñe en las escuelas, en los seminarios y en las universidades; que se escriba en las cartillas, los abecedarios y los almanaques; que se predique en los púlpitos, se proclame en las cámaras legislativas y se haga cumplir en los tribunales de justicia y, en suma, que se convierta en la religión política de la nación, y que el viejo y el joven, el rico y el pobre, el adusto y el alegre, de cualquier sexo y lengua y color y condición, realicen sacrificios incesantemente en sus altares.

Mientras un estado de ánimo como ése prevalezca universalmente o al menos de manera muy general en toda la nación, todo esfuerzo por subvertir nuestra libertad nacional resultará vano; toda intención, infructuosa.

Las malas leyes deben ser cambiadas, no violadas. Lincoln, que pagó un alto precio por su idealismo democrático, siempre abogó por la religión de la nación: el respeto a la ley.

Cuando os exhorto de manera tan apremiante a una observancia estricta de todas las leyes, no entendáis que digo que no hay malas leyes, ni que no puedan suscitarse quejas para cuya reparación no se han concebido disposiciones legales. No quiero decir tales cosas. Quiero decir que, aunque las malas leyes, si existen, deberían ser anuladas lo antes posible, sin embargo, mientras continúen existiendo, deberán ser religiosamente observadas. No hay queja que resulte motivo suficiente de reparación por la ley de la masa. Pero podría preguntarse: ¿por qué supone un peligro para nuestras instituciones políticas?

No hay que sorprenderse mucho de que nuestro gobierno se haya mantenido en su forma original desde su establecimiento hasta ahora […] Entonces, todos los que buscaban la celebridad y la fama y la distinción esperaban hallarlas en el éxito del experimento. Apostaron todo por él: si destino estaba inseparablemente unido a él. Su ambición aspiraba a desplegarse ante un mundo admirado ante una demostración práctica de la verdad de una proposición que hasta entonces no había sido considerada sino, a lo sumo, problemática, es decir, la capacidad de un pueblo para gobernarse a sí mismo. Si tenían éxito, serían inmortalizados; sus nombres serían transferidos a condados y ciudades, a ríos y monatñas, y serían reverenciados y cantados y en todo momento se brindaría por ellos. Si fracasaban, se les llamaría locos y bribones y fanáticos de una hora fugaz; quedarían hundidos y olvidados.

Tuvieron éxito. El experimento salió bien, y miles han ganado sus nombres inmortales por lograrlo. Pero se ha cobrado la pieza, y creo que es cierto que con la captura acaba el placer de la caza. Este campo de gloria ha sido cosechado y el fruto ya tiene propietario. No obstante, surgirán nuevos segadores y también ellos buscarán un campo. No se puede negar lo que la historia del mundo nos dice que es cierto: que no dejarán de surgir entre nosotros hombres con ambición y talento. Cuando lo hagan, buscarán tan naturalmente la satisfacción de su pasión dominante como otros lo han hecho antes que ellos.

SURGIRÁN HOMBRES AMBICIOSOS QUE TRATARÁN DE SATISFACER SU PASIÓN DOMINANTE

La pregunta, por tanto, es: ¿puede hallarse esa satisfacción al apoyar y mantener un edificio que ha sido erigido por otros? Seguramente no. Siempre se encontrarán muchos grandes y buenos hombres, lo bastante cualificados para cualquier tarea que pudieran emprender, cuya ambición no aspire a nada más que un escaño en el Congreso o a un sillón gubernamental o presidencial, pero ésos no pertenecen a la familia del león o a la tribu del águila.

¡Cómo! ¿Creéis que esos puestos habrían satisfecho a un Alejandro, un César o un Napoleón? ¡No! El genio encumbrado desdeña la senda trillada. Busca regiones hasta ahora inexploradas. No ve distinción alguna en añadir una historia a otra, sobre los monumentos de la fama, erigidos en memoria de otros. Niega que sea una gloria suficiente servir bajo cualquier jefe. Desprecia seguir las pisadas de cualquier predecesor, por ilustre que sea. Siente sed y fuego por la distinción y, si es posible, la conseguirá, ya sea a costa de emancipar a los esclavos o de esclavizar a los hombres libres.

¿No es, pues, razonable esperar que surja alguna vez entre nosotros un hombre poseído del genio más elevado, con una ambición suficiente como para empujarlo a su máximo esfuerzo? Cuando lo haga, será preciso que el pueblo esté unido, vinculado al gobierno y las leyes, y que sea lo bastante inteligente para frustrar sus designios.

La distinción será su objetivo principal y, aunque tal vez prefiera adquirirla haciendo el bien antes que el mal, sin embargo, una vez que hubiera pasado esa oportunidad y no quedara nada en el camino de la construcción, se dedicaría osadamente a la tarea de destruir. He aquí, pues, un caso probable, muy peligroso, como no podría haber existido hasta ahora.

Otra razón que había entonces, pero que, en la misma medida, ahora ya no existe, ha hecho mucho por mantener nuestras instituciones. Me refiero a la poderosa influencia que las interesantes escenas de la Revolución ejercieron sobre las pasiones del pueblo, no ya sobre su juicio. Debido a esa influencia, los celos, la envidia y la avaricia, inherentes a nuestra naturaleza y tan comunes en condiciones de paz, prosperidad y fuerza consciente, quedaron por el momento en gran medida suavizados e inactivos, mientras los principios profundamente arraigados del odio y el poderoso motivo de la venganza, en lugar de volverse hacia nosotros, se dirigieron exclusivamente contra la nación británica.

Azaña, con Companys, Largo Caballero y otros ministros de su gobierno. Cuando dijo que todas las iglesias quemadas de España no valían la vida de un solo republicano, era obvio que no pensaba como Lincoln.

Así, por la fuerza de las circunstancias, los ínfimos principios de nuestra naturaleza yacieron dormidos o se convirtieron en los agentes activos en el avance de la causa más noble: la de establecer y mantener la libertad civil y religiosa.

LA INTELIGENCIA, LA MORALIDAD Y EL RESPETO A LA LEY, PILARES DE LA LIBERTAD

Pero ese estado de ánimo debía desaparecer, está desapareciendo, ha desaparecido con las circunstancias que lo produjeron.

No quiero decir que las escenas de la Revolución se olviden ahora o que serán olvidadas alguna vez por completo, sino que, como todo lo demás, deben desaparecer de la memoria del mundo y resultar cada vez más oscuras con el paso del tiempo. En la historia, confiamos, serán leídas y contadas de nuevo, mientras la Biblia sea leída, pero, incluso, suponiendo que así sea, su influencia no podrá ser lo que ha sido hasta ahora. Ni siquiera podrán ser tan universalmente conocidas, ni tan vívidamente sentidas como lo fueron por la generación que acaba de extinguirse.

Al final de aquella lucha, casi todos los varones adultos habían participado en alguna de sus escenas. La consecuencia era que en cada familia podía encontrarse una historia viva de esas escenas en forma de un marido, un padre, un hijo o un hermano -una historia tenía los testimonios indudables de su propia autenticidad en los miembros mutilados, en las cicatrices de las heridas recibidas en medio de las mismas escenas relatadas-, una historia, además, que todos podían leer y entender por igual, el sabio y el ignorante, el instruido y el analfabeto.

Pero esas historias ya no están. No siempre podrían leerse. Eran un baluarte de fuerza, pero lo que los enemigos invasores no pudieron hacer, lo ha hecho la silenciosa artillería del tiempo: el allanamiento de sus muros. Ya no están. Eran un bosque de robles gigantes, pero el irresistible huracán los ha barrido y sólo ha dejado, aquí y allá, un tronco solitario, despojado de su verdor, desprovisto de su follaje, que no da ni recibe sombra, y que murmura unas pocas brisas gentiles y combate con sus mutilados miembros en unas pocas y más temibles tormentas, hasta que se derrumba y desaparece.

Eran los pilares del templo de la libertad y, ahora que se han desmoronado, ese templo debe caer a menos que nosotros, sus descendientes, pongamos en su lugar otros pilares, tallados en la sólida cantera de la sobria razón. La pasión nos ha ayudado, pero ya no puede hacerlo. En el futuro será nuestro enemigo. La razón, la fría, calculadora, desapasionada razón debe suministrar todos los materiales para nuestro futuro apoyo y defensa. Que esos materiales se conviertan en la inteligencia general, la sana moralidad y, en particular, en la reverencia por la Constitución y las leyes; que sepan que fuimos mejores hasta el final, que permanecimos libres hasta el final, que reverenciamos su nombre hasta el final y que, durante su largo sueño, no permitimos que ningún pie hostil pisara o profanara su lugar de descanso; que los sepan cuando la última trompeta despierte a nuestro Washington.

Que la orgullosa fábrica de la libertad tenga ahí la roca que le sirva de base, y se dirá, tan cierto como se ha dicho de la única institución superior, que “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

* * *

ABRAHAM LINCOLN, Discurso al Liceo de los jóvenes de Springfield: La perpetuación de nuestras instituciones políticas (extractado). Pronunciado el 27 de enero de 1838. El discurso de Gettysburg y otros escritos, Editorial Tecnos, 2005. Traducción de Javier Alcoriza y Antonio Lastra, 2005. [FD, 31 de marzo de 2007]

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