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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

REPUBLICANISMO DEMOCRÁTICO O UNIVERSALIZAR LA LIBERTAD, por Andrés de Francisco y Daniel Raventós

Filed under: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — 31 May, 2008 @ 12:29

“Robespierre, uno de los más odiados políticos de todas las derechas habidas, cosa comprensible, y de los más olvidados de casi todas las izquierdas, cosa mucho menos justificable, decía: “La primera ley social es, pues, la que garantiza a todos los miembros de la sociedad los medios de existir”. Porque sin esos medios de existencia, no hay esperanza alguna de libertad real para esa muchedumbre de trabajadores sin propiedad, no hay esperanza alguna de democracia. Las libertades liberales sirven de poco a los millones de excluidos de esta sociedad del éxito, a los que buscan empleo sin encontrarlo, a los que se humillan por mantenerlo, a los no llegan a fin de mes o a los que –cada vez más- malviven (o mueren) en condiciones infrahumanas. Los derechos formales, desconectados de los recursos materiales, de las condiciones reales de existencia social, no garantizan la libertad de los muchos. Y el programa del minoritario republicanismo democrático se resume en lo siguiente: universalizar la libertad. Pero la libertad como no dominación, en la sociedad y en el Estado”.

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Desde sus orígenes atenienses, la tradición histórica de la izquierda ha entendido por democracia el gobierno de los pobres, en el bien entendido que el pensamiento político antiguo consideraba “pobres” no a nuestros “sin techo”, a nuestros “pobres de solemnidad” que viven de la limosna ajena y la cristiana caridad, sino a los que no tienen propiedad o si la tienen es escasa, es decir, al trabajador asalariado, al que tiene que trabajar para vivir (precisamente porque carece de rentas de propiedad).

Residuo onírico del pobre desdichado, por Pepe Valera.

Esos “pobres”, en el mundo antiguo pero, más aún, en nuestro mundo actual, son mayoría y, precisamente por eso, por democracia siempre se ha entendido el gobierno de la mayoría. Esta afirmación no tolera la permuta de los factores. Puesto que los pobres son mayoría, la democracia es el gobierno de esta mayoría, pero si los pobres fueran minoría, la democracia seguiría siendo el gobierno de los pobres y, en ese caso, de la minoría.

LA DISTRIBUCIÓN DE LA PROPIEDAD ES EL CRITERIO QUE DEFINE LA NATURALEZA DEL RÉGIMEN POLÍTICO

Esta era la visión (desgraciadamente a veces olvidada) del gran Aristóteles en la obra maestra que es la Política: “Lo que diferencia la democracia y la oligarquía entre sí es la pobreza y la riqueza. Y necesariamente, cuando ejercen el poder en virtud de la riqueza, ya sean pocos o muchos, es una oligarquía, y cuando lo ejercen los pobres, es una democracia.” La distribución de la propiedad es pues el criterio que decide la naturaleza del régimen político. E insistimos: por democracia debe entenderse –y así se ha entendido hasta muy bien entrado el siglo XX- el gobierno de los excluidos de la propiedad, de la riqueza social productiva, de los medios de producción.

Democracia, pues, fue aquel régimen político que emancipó a las clases subalternas de la sociedad, a las clases trabajadoras, tradicionalmente excluidas por las oligarquías del gobierno de la cosa pública y aun de la misma sociedad civil. La tradición de izquierda, y el marxismo genuino no es excepción, engancha precisamente con esa tradición emancipadora: cuando Marx acuña el concepto de “dictadura del proletariado” no está pensando más que en un régimen de autodeterminación política de las clases trabajadoras. Que eso se terminara convirtiendo en la dictadura, primero de un partido único, y luego de un solo hombre, es ya la historia de la traición a una idea y a una praxis política.

Mas la idea genuina de democracia –y su necesidad- siguen vigentes, pues a nadie en su sano juicio se le ocurriría aplicar semejante noción de democracia a las “democracias liberales” contemporáneas, nadie (que no fuera víctima de ignorancia o mala fe) podría pensar que nuestras democracias representan la hegemonía política de las clases subalternas. Más bien al contrario, nunca antes las oligarquías –bajo una fachada de libertad y soberanía popular- habían gozado de mejor salud que en este comienzo de siglo, nunca antes habían tenido más recursos –financieros, militares, mediáticos- a su disposición y seguramente nunca antes habían mostrado mayor desparpajo para utilizarlos.

Escribimos esto cuando, en apenas un año, el ejército de EEUU ha librado dos guerras de invasión. Siempre sin olvidar que la distribución de la riqueza nunca ha estado, como ahora, tan desigualmente repartida. Sigue pues valiendo –fachadas aparte- la distinción clásica: Oligarquía era (y es) el gobierno de los ricos y democracia era (y es) el gobierno de los pobres. Y sigue valiendo la hostilidad que siempre mantuvieron los dos tipos de régimen: “seré hostil –reza el juramento oligárquico en tiempo de Aristóteles- al pueblo y maquinaré contra él todo el mal que pueda”. ¿Acaso han dejado alguna vez en su historia las oligarquías de mostrar esa misma hostilidad ante el pueblo?

En Atenas, hacia finales de siglo V hubo dos sangrientas reacciones oligárquicas, pero, ¿cuántas se han levantado en el mundo moderno contra todo intento de instauración de democracias genuinas, de gobiernos auténticamente populares? ¿Cuántos ejércitos blancos, terrores blancos, golpes de Estado y levantamientos militares han soportado nuestros demócratas del XIX y el XX? ¿Cuánta ha sido la determinación, y cuánto el placer, con el que sus pistoleros, sus generales y sus “pretorianos” han apretado el gatillo contra el populacho, tan pronto como éste pedía libertad? El odio de las clases pudientes y dominantes por los desarrapados, los ignorantes, los palurdos, en fin, los trabajadores, ha sido una dolorosa constante en la historia desde que hubo excedente que repartir entre las clases ociosas.

LA PRIMERA CONDICIÓN EXIGIDA POR LA LIBERTAD REPUBLICANA ES UN DETERMINADO NIVEL DE SUFICIENCIA MATERIAL

Para la más de dos veces milenaria tradición de la que nos sentimos parte, la tradición de la libertad republicana (concepción de la libertad que, innecesario será añadir, no significa solamente la defensa de la forma de Estado republicana), hay una clara conexión entre democracia, distribución de la riqueza y poder de clase. Veámoslo más de cerca.

Cuando uno está bajo la dependencia de otro no es libre. Cuando la dependencia es extrema, el que depende, hombre o mujer, está a la completa merced de este otro. Las relaciones de dependencia son relaciones asimétricas de poder en las que uno –la parte dependiente- puede ser interferido arbitrariamente o, lo que es lo mismo, dominado. Así, el pobre no es libre puesto que es dependiente y vive “con permiso de otro” (diría Marx). Los que no dependen de otro, los que tienen propiedad, éstos son los libres. Los que dependen de éstos, están sujetos también a su voluntad, a su arbitrio, a su humor, a su dominio.

Cuando alguien es víctima del poder de otra persona y es dominado por ella, es reducido a instrumento de la voluntad y los planes de ésta última, con lo que pierde su más elevada dignidad, la de su propia humanidad. Así, pues, la primera condición exigida por la libertad republicana es un determinado nivel de suficiencia material. La idea es extremadamente sencilla: para vivir, no digamos ya para vivir bien, se necesita un conjunto de recursos.

Si estos recursos no están plenamente garantizados, la persona hará lo que esté en su mano para conseguirlos, incluso puede para ello aceptar la dominación ajena, enajenar su libertad, autoalienarse. La mujer aceptará la dominación del marido o del amante, el trabajador asalariado aceptará la del patrón o su representante, el deudor aceptará la dominación del acreedor; en general, el débil aceptará la dominación del fuerte. Lo cual, siendo preocupante como es, tiene además una trágica traducción política. Pues si la masa del pueblo está formada por los que viven por sus manos, es decir, por las clases más vulnerables de la sociedad, su falta privada de libertad –en la sociedad- se convertirá en falta de libertad como cuerpo de ciudadanos –en el Estado.

El que es socialmente dependiente difícilmente se elevará a la categoría de ciudadano de pleno derecho, será –como querían los constituyentes durante la fase burguesa de la revolución francesa- un ciudadano pasivo. “Cliente” de sus patronos en el mundo del trabajo, en la sociedad, enajenará en las clases ociosas su propia voluntad política. Podrá votar pero seguirá siendo un mero instrumento de las ambiciones de los poderosos y, como mucho, recibirá sus migajas. No existirá como ciudadano pleno y será reo de la voluntad ajena, la de los ricos ciudadanos activos.

LOS DERECHOS FORMALES, DESCONECTADOS DE LAS CONDICIONES MATERIALES DE EXISTENCIA, NO GARANTIZAN LA LIBERTAD DEMOCRÁTICA

En el gran discurso del 10 de mayo de 1793 de Robespierre, uno de los más odiados políticos de todas las derechas habidas, cosa comprensible, y de los más olvidados de casi todas las izquierdas, cosa mucho menos justificable, decía: “La primera ley social es, pues, la que garantiza a todos los miembros de la sociedad los medios de existir”. Porque sin esos medios de existencia, no hay esperanza alguna de libertad real para esa muchedumbre de trabajadores sin propiedad, no hay esperanza alguna de democracia.

El liberalismo universalizó derechos civiles y políticos al margen de la propiedad y la riqueza de los individuos, pero en esa operación no sólo creó una ciudadanía harto vulnerable, sino que dio además cobertura jurídico-constitucional a la desigualdad social entre ciudadanos formalmente libres. La creó y la sigue creando pues conocido es que a principios del siglo XXI el 5% de los hogares con mayor poder adquisitivo de Estados Unidos dispone de casi el 50% de la renta nacional; y que 80 países en el mundo tienen una renta per cápita menor que hace una década; y que la mitad de nuestra especie, la pobre, más de 3.000 millones de personas, vive con menos de 2 dólares al día y, de éstos, 1.300 millones con menos de 1 dólar diario.

Es claro que en un mundo así, tan polarizado e injusto, las libertades liberales sirven de poco a los millones de excluidos de esta sociedad del éxito, a los que buscan empleo sin encontrarlo, a los que se humillan por mantenerlo, a los no llegan a fin de mes o a los que –cada vez más- malviven (o mueren) en condiciones infrahumanas. Los derechos formales –desconectados de los recursos materiales, de las condiciones reales de existencia social- no garantizan la libertad de los muchos.

El republicanismo oligárquico o antidemocrático fue más radical y más brutal, aunque nada hipócrita. Simplemente, los pobres, los dependientes, debían quedar excluidos del poder político y hasta sus derechos de sufragio restringidos o eliminados. Sólo los materialmente independientes –los propietarios- estaban llamados a dirigir las riendas del Estado. Que muchos de los grandes pensadores republicanos elitistas pensaran que sólo las “aristocracias naturales” gobernarían según la ley y en beneficio de todos, no es más que un descomunal autoengaño ideológico.

Sea como fuere, es lo cierto que ambas soluciones, la republicana no democrática y la liberal democrática, son muy insatisfactorias para la tradición de la izquierda, que bebe del republicanismo, sí, pero del democrático. Y el programa de esa izquierda y de ese minoritario republicanismo democrático se resume en lo siguiente: universalizar la libertad. Más la libertad como no dominación, en la sociedad y en el Estado. Tal vez ahora más que nunca sea preciso recuperar esa tradición de la que la izquierda nunca debió olvidarse.

* * *

ANDRÉS DE FRANCISCO Y JOAN REVENTÓSOtra realidad. Una versión anterior más breve de este artículo se publicó en el libro colectivo “Contra la afonía. Breviario urgente para recuperar el lenguaje robado” que editó “Las Otras Caras del Planeta” a principios de 2003.

3 comentarios »

  1. Jesus Nava:

    Ya he advertido, más de una vez, de que el hecho de publicar un artículo en Filosofía Digital, no implica que esté de acuerdo con todo lo que dicen sus autores. En ocasiones, es sólo una idea o una frase lo que me interesa, pero, por supuesto, respeto el pensamiento íntegro del escritor, aunque discrepe. Mi verdadero pensamiento lo expreso a través de mis propios artículos, no de los ajenos.

    No puedo compartir, por ejemplo, como dicen De Francisco y Raventós en éste, que si los pobres fueran minoría, aún así, democracia sería el gobierno de esa minoría. Democracia es, al menos tal como lo entiendo yo, el autogobierno del pueblo, que suele ser la mayoría natural en cualquier lugar del mundo, y además pobre; pero allí donde todos los ciudadanos gozan de igualdad real y efectiva de derechos, incluyendo el derecho de propiedad y a ganarse la vida trabajando honradamente, democracia sigue siendo el gobierno de la mayoría, no de una minoría por paupérrima que sea.

    Una revolución democrática persigue el cambio de sistema, no la destrucción del orden. Y tiene como misión primordial, como dijo Jefferson, “inculcar a las minorías el deber de aquiescencia a la voluntad de la mayoría; y a las mayorías el respeto a los derechos de la minoría”. Que los reaccionarios y los revolucionarios españoles hicieran caso omiso de esta regla del republicanismo le costó al pueblo español una sangrienta y absurda guerra civil, así como la extinción hasta hoy de todo vestigio de democracia constitucional y representativa. No es el odio de clases, sino el amor a la libertad, la igualdad y la concordia lo que otorga grandeza a un pueblo y legitimidad moral a su lucha por la independencia de cualquier tipo de opresión. Toda revolución que no erradique las causas de la tiranía sólo conseguirá cambiar a un tirano por otro.

    Por eso, una Constitución democrática tiene que establecer mucho más que la separación de poderes y el sufragio universal, ya que tan importante como prevenir el despotismo legislativo, ejecutivo, judicial o de partido, lo es, en un republicanismo justo y bien entendido, el evitar la explotación y opresión del hombre por el hombre, sea económica, social o moral. Comparto totalmente el pensamiento de Robespierre cuando afirmó que “la primera ley social es, pues, la que garantiza a todos los miembros de la sociedad los medios de existir”.

    Pero es ley sagrada del republicanismo democrático que una mayoría de un solo voto es tan válida como la de una mayoría aplastante. Y también que esa mayoría tiene que ser justa y razonable para ser legítima, y debe respetar escrupulosamente los derechos individuales del hombre y los colectivos del ciudadano. Así que, dictaduras ni mentarlas; porque, aunque fuere la de los trabajadores asalariados, ninguna tiranía de una parte de la sociedad sobre el resto es democrática. ¿O acaso el demos/pueblo lo constituye únicamente el proletariado o una mayoría ocasional de votantes?

    De cualquier modo, una dictadura, incluso del proletariado, además de un intento baldío de resolver la lucha de clases o de facciones mediante el dominio de una de ellas y la aniquilación del resto, es incompatible con la libertad colectiva. Un pueblo libre sólo obedece al derecho natural y a las leyes racionales de las que él mismo es legislador. Y será esclavo tanto si se somete voluntariamente como si es sometido por la fuerza, al gobierno de uno, de varios o de muchos.

    No creo, por otra parte, que la dictadura comunista en la URSS fuera resultado de la “traición” a la idea de Marx, sino de su “desarrollo” consecuente. De ahí mi sospecha de que el cinismo de Lenin, al replicar con su “libertad, ¿para qué?” a las objeciones de ciertos socialistas españoles al régimen soviético, sea plenamente coherente con el marxismo.

    El resultado de una dictadura jamás será la libertad democrática; pues la democracia, si se reduce al gobierno de una clase, aunque constituya la mayoría de la población, no es libre por su propia naturaleza: una cosa es que el pueblo tenga el poder y otra, muy distinta, que sea libre. La libertad, tanto individual como colectiva, no consiste en seguir el dictado de las propias pasiones, sino en someterse al gobierno de la razón natural.

    Y como es ridículo soñar con la racionalidad de las masas o la incorruptibilidad de sus representantes en el gobierno, por eso es necesario conjugar sabiamente la voluntad de la mayoría con el respeto a la minoría, y una constitución libre con una declaración de derechos individuales y colectivos. Sólo así otorgaremos al Estado su virtud fundamental: la seguridad, y podremos alcanzar su fin último: la igual libertad.

    En esa sabia combinación de leyes, que constituyen el alma de una nación, se basa el arte de ser libres, la salud del cuerpo social y, por supuesto, la felicidad general.

  2. Mundo Libre Digital » LIBERTAD DEMOCRÁTICA O DICTADURA DEL PROLETARIADO, por Jesús Nava:

    [...] no puedo compartir, por ejemplo, como dicen De Francisco y Raventós en éste, que si los pobres fueran minoría, aún así, democracia sería el gobierno de esa minoría. [...]

  3. Mundo Libre Digital » ¿LIBERTAD DEMOCRÁTICA O DICTADURA DEL PROLETARIADO?, por Jesús Nava:

    [...] puedo compartir, por ejemplo, como dicen De Francisco y Raventós en éste, que si los pobres fueran minoría, aún así, democracia sería el gobierno de esa minoría. [...]

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