¿CUÁL ES LA MEJOR FORMA DE GOBIERNO?, por Thomas Paine
“El gobierno, conforme al antiguo sistema, es una toma del poder, para el engrandecimiento de sí mismo; conforme al nuevo, es una delegación del poder en beneficio común de una sociedad. El primero se mantiene mediante un sistema de guerra; el segundo promueve un sistema de paz, como auténtico medio de enriquecer a una nación. El uno fomenta los prejuicios nacionales; el otro promueve la sociedad universal, como medio de comercio universal. El uno mide su prosperidad por la cantidad de tributos que extrae, el otro demuestra su excelencia por la pequeña cantidad de impuestos que requiere. Todo gobierno que no actúe conforme a los principios de una república, o dicho en otros términos, que no convierta a la ‘res-publica’ en un objetivo pleno y exclusivo, no es un buen gobierno. El gobierno republicano no es otra cosa que el gobierno establecido y aplicado en beneficio del público, tanto individual como colectivamente. No guarda forzosamente relación con ninguna forma determinada, pero acompaña con la mayor naturalidad a la forma representativa, como mejor idea para lograr los fines para los cuales la nación corre con los gastos de sufragarlo”.
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Nada puede parecer más contradictorio que los principios conforme a los cuales se iniciaron los gobiernos antiguos y la condición a la cual la sociedad, la civilización y el comercio pueden llevar a la humanidad.
TODO GOBIERNO HEREDITARIO, EN TODO O EN PARTE, ES TIRÁNICO POR NATURALEZA
El gobierno, conforme al antiguo sistema, es una toma del poder, para el engrandecimiento de sí mismo; conforme al nuevo, es una delegación del poder en beneficio común de una sociedad. El primero se mantiene mediante un sistema de guerra; el segundo promueve un sistema de paz, como auténtico medio de enriquecer a una nación. El uno fomenta los prejuicios nacionales; el otro promueve la sociedad universal, como medio de comercio universal. El uno mide su prosperidad por la cantidad de tributos que extrae, el otro demuestra su excelencia por la pequeña cantidad de impuestos que requiere.
El Sr. Burke ha hablado de Whigs antiguos y nuevos. Si le agrada entretenerse con nombres y distinciones pueriles, no seré yo quien le prive de ello. No es a él, sino al abate de Sieyès a quien dedico este capítulo.
Si bien cabría demostrar que el sistema de gobierno al que ahora se llama NUEVO es el más antiguo en principio de cuantos han existido, por fundarse en los Derechos del Hombre inherentes; no obstante, como la tiranía y la espada han suspendido el ejercicio de esos derechos desde hace muchos siglos, en aras de la claridad vale más llamarlo nuevo que reivindicar el derecho de llamarlo antiguo.
La primera distinción general entre estos dos sistemas es que el que ahora se llama antiguo es hereditario, en todo o en parte, y el nuevo es totalmente representativo. Repudia todo gobierno hereditario. Primero: por ser un engaño a la humanidad. Segundo: por ser inadecuado para los fines para los que es necesario el gobierno.
Todo gobierno hereditario es tiránico por naturaleza. Una corona hereditaria, o un trono hereditario, o el nombre fantasioso que se le dé a estas cosas, no tiene más explicación plausible que la de que la humanidad es una propiedad heredable. Heredar un gobierno es heredar personas, como si fueran vacas u ovejas.
LA SUPERSTICIÓN MONÁRQUICA NO PUEDE RESISTIR MUCHO TIEMPO AL DESPERTAR DE LA RAZÓN Y DEL INTERÉS ENTRE LOS HOMBRES
El gobierno debería ser algo que estuviera siempre en plena madurez. Debería estar formado de manera que fuera superior a todos los accidentes a los que está sometido el hombre como individuo, y por lo tanto la sucesión hereditaria, al estar sometido a todos ellos, es el sistema más irregular e imperfecto de todos los sistemas de gobierno.
Hemos visto cómo se califica a los Derechos del Hombre de sistema nivelador, pero el único sistema al que cabe verdaderamente calificar de nivelador es el sistema monárquico hereditario. Reconoce indiscriminadamente la misma autoridad a todos los géneros de carácter. Se coloca en el mismo nivel al vicio y la virtud, a la ignorancia y la sabiduría, en resumen a todas las cualidades, sean buenas o malas. Los reyes no se suceden los unos a los otros como seres racionales, sino como animales. No importa cuáles sean sus cualidades mentales o morales. ¿Puede, pues sorprendernos el estado abyecto de la mente humana en los países monárquicos, cuando el mismo gobierno está basado en un sistema nivelador tan abyecto? [...] En resumen, no podemos concebir una figura de gobierno más ridícula que la que presenta la sucesión hereditaria, en todos sus casos.
Si pasamos por alto, de momento, todos los males y los problemas que la monarquía ha ocasionado en el mundo, nada puede demostrar con más eficacia su inutilidad en un estado de gobierno civil que el hacerla hereditaria. ¿Haríamos hereditario un cargo para cuyo desempeño hicieran falta sabiduría y capacidades? Y cuando no hacen falta la sabiduría ni la capacidad, ese cargo, cualquiera que sea, es superfluo o insignificante.
La sucesión hereditaria es una caricatura de la monarquía. La pone bajo el aspecto más ridículo, al representarla como un cargo que cualquier niño o idiota puede desempeñar. Para ser un mecánico corriente hace falta un cierto talento, pero para ser rey no hace falta más que la figura animal de hombre: una especie de autómata que respire. Esta superstición puede durar todavía unos años, pero no puede resistir mucho tiempo al despertar de la razón y del interés entre los hombres.
En cuanto al Sr. Burke, está muy apegado a la monarquía, no sólo como pensionista, si lo es como creo yo, sino como hombre político. Ha adoptado una opinión de desprecio a la humanidad, que a su vez le paga con la misma moneda. Considera que se trata de un rebaño de seres a los que se debe gobernar mediante el fraude, la efigie y el espectáculo, y para é un ídolo valdría tanto, como figura de la monarquía, como un hombre. Sin embargo, le haré la justicia de decir que por lo que respecta a América, siempre ha sido muy encomiástico. Siempre ha dicho, al menos delante de mí, que las gentes de América eran más ilustradas que las de Inglaterra o cualquier país de Europa, y que por ende el engaño del espectáculo no era necesario en sus gobiernos.
EL SISTEMA REPRESENTATIVO SE BASA EN LA SOCIEDAD Y LA CIVILIZACIÓN, Y SE GUÍA POR LA NATURALEZA, LA RAZÓN Y LA EXPERIENCIA
El sistema representativo adopta como base la sociedad y la civilización, y como guía la naturaleza, la razón y la experiencia.
Sería tan ridículo tratar de fijar el carácter hereditario de la belleza humana como el de la sabiduría. Cualquiera se ala sabiduría que reside en uno, es como una planta sin semillas: se puede cultivar cuando aparece, pero no se puede producir voluntariamente. Siempre existe en cantidad suficiente en la masa general de la sociedad para todos los fines, pero por lo que respecta a las partes de la sociedad, está constantemente cambiando de lugar. Surge en una hoy, en otra mañana, y lo más probable es que haya visitado en rotación todas las familias de la tierra y se haya vuelto a retirar.
Como así es el orden de la naturaleza, el orden del gobierno debe seguirlo por fuerza, o el gobierno degenerará, como hemos visto, en la ignorancia. Por ende, el sistema hereditario repugna tanto a la sabiduría humana como a los derechos humanos, y es tan absurdo como injusto.
Al igual que la república de las letras realza las mejores producciones literarias al dar al genio una oportunidad justa y universal, así el sistema representativo de gobierno está calculado para producir las leyes más sabias, al recoger sabiduría en todas las partes que se pueda hallar. Un gobernante hereditario es algo tan absurdo como un autor hereditario. No sé si Homero o Euclides tuvieron hijos, pero aventuraré la opinión de que si los tuvieron, y si hubieran dejado sus obras sin acabar, esos hijos no podrían haberlas terminado. ¡Cuán irracional es, pues, el sistema hereditario, que establece canales de poder, en compañía de los cuales se niega a discurrir la sabiduría! Al mantener este absurdo, el hombre se halla en contradicción perpetua consigo mismo; acepta como rey, o primer magistrado, o legislador, a una persona a la que no elegiría como agente de policía.
Parece a la observación general que las revoluciones crean genios y talentos, pero esos acontecimientos no hacen más que sacarlos a la luz. Existe en el hombre una masa de sentido que se halla en estado letárgico y que, si no hay algo que la excite a la acción, descenderá con él, en esa condición, hasta la tumba. Y como es en beneficio de la sociedad en el que se deberían emplear todas sus facultades, la índole del gobierno debería ser tal que hiciera despertar, mediante un funcionamiento tranquilo y regular, todo ese ámbito de la capacidad que nunca deja de aparecer en las revoluciones.
LA MENTE SOMETIDA Y HUMILLADA POR CUALQUIER SUPERSTICIÓN POLÍTICA SE EMBOTA, SE REBAJA Y SE TRAICIONA A SÍ MISMA
Esto es algo que no puede ocurrir en el estado insípido del gobierno hereditario, no sólo porque éste lo impide, sino porque actúa de forma que embota. Cuando la mente de una nación está humillada por cualquier superstición política en su gobierno, como lo es la sucesión hereditaria, pierde una parte considerable de sus poderes sobre todos los demás sujetos y objetos. La sucesión hereditaria requiere la misma obediencia a la ignorancia que a la sabiduría, y una vez que la mente puede obligarse a rendir esta pleitesía indiscriminada, desciende por debajo de la estatura de la virilidad mental. Comete un acto de traición contra sí misma y sofoca las sensaciones que impulsan a la investigación.
Aunque los gobiernos antiguos nos dan una visión miserable de la condición del hombre, hay uno que por encima de todos los demás se exime de la descripción general. Me refiero a la democracia de los atenienses. Vemos más cosas que admirar y menos que condenar en aquel gran pueblo extraordinario que en ningún otro de la historia.
El Sr. Burke está tan poco familiarizado con los principios constituyentes del gobierno que confunde juntas representación y democracia. La representación era algo desconocido en las democracias antiguas. En ellas la masa del pueblo se reunía y promulgaba leyes en primera persona. La simple democracia no era más que la sala de asambleas de los antiguos. Significa la forma así como el principio del gobierno. Cuando aquellas democracias fueron aumentando su población y ensanchando su territorio, la forma democrática simple se fue haciendo engorrosa e inviable, y como no se conocía el sistema de representación, la consecuencia fue que degeneraron convulsivamente en monarquías o fueron quedando absorbidas en las ya existentes. Si entonces se hubiera comprendido el sistema de representación, como se comprende ahora, no hay motivos para creer que jamás hubieran surgido esas formas de gobierno a las que ahora se llama monárquicas o aristocráticas. Fue la falta de un método para consolidar las partes de la sociedad después que ésta se hiciera demasiado populosa y extensa para la forma democrática simple, así como la condición suelta y solitaria de los pastores en otras partes del mundo lo que creó las oportunidades para que comenzaran esos modos antinaturales de gobierno.
Como es necesario eliminar la escoria en que son los errores en los que ha caído el tema del gobierno, procederé ahora a hacer observaciones sobre algunos otros.
El truco político de los cortesanos y los gobiernos de las cortes ha consistido siempre en insultar algo que ellos llamaban republicanismo. Examinemos un poco el caso.
EL GOBIERNO REPUBLICANO NO ES OTRA COSA QUE EL GOBIERNO ESTABLECIDO Y APLICADO EN BENEFICIO DEL PÚBLICO
Las únicas formas de gobierno son la democrática, la aristocrática, la monárquica y la que ahora se llama la representativa.
Lo que se llama república no es ninguna forma particular de gobierno. Es plenamente característica del objetivo, la materia o la finalidad para los que se debería establecer el gobierno, y a los que se debe dedicar: RES-PUBLICA, los asuntos públicos o el bien público; o, literalmente traducido, la cosa pública. Es una palabra de un buen origen, que se refiere a lo que debería ser el carácter y la actividad del gobierno, y en este sentido se opone naturalmente a la palabra monarquía, que tiene un sentido original vil. Significa el poder arbitrario de una sola persona, en el ejercicio del cual el objetivo es esa misma persona, y no la res-publica.
Todo gobierno que no actúe conforme a los principios de una república, o dicho en otros términos, que no convierta a la res-publica en un objetivo pleno y exclusivo, no es un buen gobierno. El gobierno republicano no es otra cosa que el gobierno establecido y aplicado en beneficio del público, tanto individual como colectivamente. No guarda forzosamente relación con ninguna forma determinada, pero acompaña con la mayor naturalidad a la forma representativa, como mejor idea para lograr los fines para los cuales la nación corre con los gastos de sufragarlo.
Varias formas de gobierno se han complacido en autocalificarse de república. Polonia dice de sí misma que es una república que consiste en una aristocracia hereditaria, con una monarquía electiva. Holanda se llama república que consiste, sobre todo, en una aristocracia, con un estatúder hereditario. Pero el gobierno de América, que se basa enteramente en el sistema de representación, es la única verdadera república, en el carácter y en la práctica, que existe en la actualidad. Su gobierno no tiene otro objetivo que los asuntos públicos de la nación, y por lo tanto es verdaderamente una república, y los americanos se han encargado de que ÉSTE, y no otro, sea siempre el objetivo de su gobierno, al rechazar todo lo que sea hereditario y establecer un gobierno basado únicamente en el sistema de representación.
Quienes han dicho que una república no es una forma de gobierno ideada para los países de gran extensión confundían, en primer lugar, la actividad de un gobierno con la forma de gobierno; pues la res-publica pertenece por igual a todas las extensiones de territorio y masas de población. Y, en segundo lugar, si querían decir algo con respecto a la forma, era a la forma democrática simple, como era el modo de gobierno en las antiguas democracias, en las que no había representación. Por ende, no se trata de que una república no pueda ser extensa, sino que no puede ser extensa en su forma democrática simple, y naturalmente se plantea la pregunta: ¿Cuál es la mejor forma de gobierno para ocuparse de la RES-PUBLICA, o de la ACTIVIDAD PÚBLICA de una nación, cuando llega a ser demasiado extensa y popular para la forma simple democrática?
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THOMAS PAINE, Derechos del Hombre. Segunda Parte, capítulo III: De los sistemas antiguo y nuevo de gobierno. Alianza Editorial, 1984. Traducción de Fernando Santos Fontenla. [MLD, 03/05/2008]
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