SOCIEDAD, CIVILIZACIÓN Y GOBIERNO, por Thomas Paine
“Gran parte del orden que reina en la humanidad no es efecto del gobierno. Tiene su origen en los principios de la sociedad y en la constitución natural del hombre. Existía antes que el gobierno, y existiría si se aboliera el formulismo del gobierno. Cuando más perfecta sea la civilización, menos necesidad tiene de gobierno, pues más regula sus propios asuntos y se rige sola. Pero ¡cuán a menudo se ve a la sociedad perturbada o destruida por las actuaciones del gobierno! Una de las grandes ventajas de la Revolución Americana ha sido que llevó a un descubrimiento de los principios, y reveló los engaños, de los gobiernos. Hasta entonces, todas las revoluciones se habían realizado dentro de un ambiente de palacio, y nunca en el grande ámbito de una nación. Los participantes en ellas pertenecían siempre a la clase de los cortesanos, y por muy rabiosamente que desearan la reforma, mantenían cuidadosamente el fraude de la opresión. En ningún caso dejaban de representar al gobierno como algo lleno de misterios, que no entendían más que ellos mismos, y escondían a la comprensión de la nación lo único que era beneficioso saber, esto es, que el gobierno no es sino una asociación nacional que actúa conforme a los principios de la sociedad.”
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Gran parte del orden que reina en la humanidad no es efecto del gobierno. Tiene su origen en los principios de la sociedad y en la constitución natural del hombre. Existía antes que el gobierno, y existiría si se aboliera el formulismo del gobierno. La dependencia mutua y el interés recíproco que el hombre tiene respecto del hombre, y todas las partes de la comunidad civilizada de unas respecto a las otras crean esa gran cadena de conexión que la mantiene unida.
LA SOCIEDAD HACE POR SÍ MISMA CASI TODO LO QUE SE ATRIBUYE AL GOBIERNO
El terrateniente, el agricultor, el fabricante, el comerciante, el hombre de negocios y todas las ocupaciones prosperan gracias a la ayuda que cada uno recibe del otro, y del todo. El interés común regula sus preocupaciones y forma su ley, y las leyes que ordena el uso común tienen mayor influencia que las leyes del gobierno. En fin, la sociedad hace por sí misma casi todo lo que se atribuye al gobierno.
Para comprender la naturaleza y la cantidad de gobierno adecuado para el hombre es necesario atender al carácter de éste. Como la naturaleza lo destinó a la vida social, lo capacitó para la condición que se proponía. En todos los casos hizo que sus necesidades naturales fueran mayores que sus facultades individuales. Ningún hombre puede, sin la ayuda de la sociedad, satisfacer sus propias necesidades, y esas necesidades, al actuar sobre el individuo, impelen a todos ellos hacia la sociedad, con la misma naturalidad con que la gravitación actúa respecto del centro.
Pero ha ido más allá. No sólo ha obligado al hombre a entrar en la sociedad mediante toda una variedad de necesidades que se pueden satisfacer mediante la ayuda recíproca de unos a otros, sino que además ha implantado en él un sistema de afectos sociales que, pese a no ser necesarios para su existencia, son indispensables para su felicidad. No hay período de su vida en que deje de intervenir su amor a la sociedad. Este comienza y termina con nuestro ser.
Si examinamos atentamente la composición y la constitución del hombre, la diversidad de talentos en diferentes hombres para adaptarse recíprocamente los unos a las necesidades de los otros, su propensión a la sociedad, y en consecuencia a conservar las ventajas que se derivan de ella, descubriremos fácilmente que una gran parte de lo que se llama gobierno es mero engaño.
El gobierno no es necesario más que para atender a los pocos casos en que la sociedad y la civilización no tienen bastante competencia, y no faltan ejemplos que demuestren que todo lo que el gobierno puede añadir a esas competencias es algo que se ha venido haciendo mediante el consentimiento común de la sociedad, sin gobierno.
Durante más de dos años a partir del comienzo de la guerra de América, y un período más largo en varios de los Estados americanos, no hubo formas establecidas de gobierno. Los gobiernos antiguos se habían abolido, y el país estaba demasiado ocupado en defenderse para dedicar su atención a establecer nuevos gobiernos; sin embargo, durante este intervalo se mantuvieron un orden y una armonía tan inviolables como en cualquier país de Europa.
Existe una aptitud natural en el hombre, y más aún en la sociedad, porque abarca una necesidad mayor de necesidades y recursos, para adaptarse a cualquier situación en la que se encuentre. En el momento en que queda abolido el gobierno formal, empieza a actuar la sociedad: se produce una asociación natural, y el interés común produce la seguridad común.
LA SEGURIDAD Y LA PROSPERIDAD DEL INDIVIDUO Y DEL TODO NO DEPENDEN DEL GOBIERNO, SINO DE LOS GRANDES PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DE LA SOCIEDAD Y LA CIVILIZACIÓN
Es tan poco cierto, como se ha pretendido, que la abolición del gobierno formal sea la disolución de la sociedad, que, por el contrario, actúa a la inversa y sirve para unir aún más a ésta. Toda la parte de su organización que había entregado a sus gobiernos vuelve ahora a ella misma, y actúa por su conducto.
Cuando los hombres, tanto por instinto natural como por beneficio recíproco, se han habituado a la vida social y civilizada, siempre se mantiene en la práctica lo suficiente de los principios de esa vida para perpetuarlos mientras se efectúan todos los cambios que consideran necesarios o conveniente hacer en su gobierno. En resumen, el hombre es tan naturalmente criatura de la sociedad que es casi imposible dejarlo fuera de ella.
El gobierno formal no es sino una pequeña parte de la vida civilizada, y cuando se establece incluso el mejor que pueda idear la sabiduría humana, es una cosa más de nombre y de idea que de hecho. Es de los grandes principios fundamentales de la sociedad y la civilización; del uso común universalmente consentido, y mutua y recíprocamente mantenido; de la incesante circulación del interés, que al pasar por su millón de canales robustece toda la masa del hombre civilizado; es de todas esas cosas, infinitamente más que de cualquier cosa que pueda hacer incluso el mejor de los gobiernos instituidos, de los que dependen la seguridad y la prosperidad del individuo y del todo.
Cuando más perfecta sea la civilización, menos necesidad tiene de gobierno, pues más regula sus propios asuntos y se rige sola, pero tan opuesta es la práctica de los gobiernos antiguos a la razón, que su gastos crecen en la misma proporción en que deberían disminuir. No son sino muy pocas las leyes generales que requiere la vida civilizada, y éstas son de una utilidad tan común que tanto si se imponen por las formas de los gobiernos como si no, el efecto será casi el mismo. Si consideramos cuáles son los primeros principios que condensan a los hombres en sociedad, y cuáles son los motivos que regulan sus relaciones mutuas después, veremos, cuando lleguemos a eso que se llama gobierno, que casi todo el asunto se realiza mediante la actuación natural de unas partes sobre otras.
El hombre respecto a todas esas cuestiones, es un ser más coherente de lo que él mismo sabe, o de lo que los gobiernos desearían que creyera. Todas las grandes leyes de la sociedad son leyes de la naturaleza. Las del comercio y del intercambio, sea con respectoa a las relaciones entre individuos o entre las naciones, son leyes de intereses recíprocos y mutuos. Se las sigue y se las obedece porque les interesa a las partes hacerlo, y no debido a ninguna ley formal que sus gobiernos impongan o interpongan.
Pero ¡cuán a menudo se ve la propensión natural a que la sociedad sea perturbada o destruida por las actuaciones del gobierno! Cuando este último, en lugar de estar injertado en los principios de aquélla, supone que existe por sí mismo, y actúa con la parcialidad del favor y de la opresión, se convierte en la causa de los males que debería prevenir.
Si miramos hacia atrás, hacia los motines y los tumultos que se han producido en diversas épocas en Inglaterra, veremos que no courrieron por falta de un gobierno, sino que el mismo gobierno fue la causa que los engendró: en lugar de consolidar la sociedad, la dividía; la privaba de su natural cohesión y engendraba descontentos y desórdenes que de otro modo no habrían existido.
En las asociaciones que los hombres forman promiscuamente con fines de intercambio, o con cualquier otro fin en el cual no tiene nada que ver el gobierno, y en las cuales actúa meramente conforme a los principios de la sociedad, vemos con qué naturalidad se unen las diversas partes, y ello demuestra, por comparación, que los gobiernos, lejos de ser siempre la causa o el medio del orden, son muchas veces la causa de él. Los motines de 1780 no tuvieron otra fuente que los restos de los prejuicios que el propio gobierno había fomentado. Pero, por lo que respecta a Inglaterra, también hay otras causas.
CUALQUIERA QUE SEA LA CAUSA APARENTE DE LOS DISTURBIOS Y TUMULTOS EN UNA COMUNIDAD, LA VERDADERA ES SIEMPRE LA FALTA DE FELICIDAD
El exceso y la desigualdad de los impuestos, por mucho que se disfracen sus medios, nunca dejan de ejercer sus efectos. Como debido a ellos una gran masa de la comunidad se ve lanzada a la pobreza y el descontento, se halla constantemente al borde de la conmoción, y al estar privada, como por desgracia lo está, de los medios de información, es fácil calentarla hasta el extremo de la ofensa. Cualquiera que sea la causa aparente de los disturbios, la verdadera es siempre la falta de felicidad. Demuestra que algo malo hay en un sistema de gobierno que va en contra de la felicidad por la cual se ha de mantener la sociedad.
Pero, como el hecho es superior al razonamiento, expongamos el ejemplo de América para confirmas estas observaciones. Si existe un país en el mundo en que menos cabría prever la concordia, conforme a los cálculos vulgares, es América. Constituida como está por gentes de diferentes naciones, acostumbradas a diferentes formas y hábitos de gobierno, que hablan diferentes idiomas, y tienen todavía más diferencias en sus modos de culto, parecería que la unión de esas gentes sería inviable; pero gracias a la sencilla operación de edificar un gobierno sobre los principios de la sociedad y los derechos del hombre, desaparece toda dificultad, y todas las partes se juntan en cordial unión.
Allí no se oprime a los pobres, ni gozan de privilegios los ricos. No se mortifica a la industria con el esplendoroso despilfarro de una corte dedicada a la orgía a su costa. Sus impuestos son pocos, porque su gobierno es justo, y como no hay nada que los haga infelices, no hay nada que engendre disturbios y tumultos.
Un hombre metafísico como el señor Burke habría torturado su imaginación para descubrir cómo se podría gobernar a un pueblo así. Habría supuesto que a unos habría que manejarlos mediante el fraude, a otros por la fuerza, y a todos mediante algún artilugio; que se habría de contratar a genios para engañar a la ignorancia, y hacer espectáculos y desfiles para fascinar a los adocenados. Perdido en la abundancia de sus investigaciones, habría tomado decisiones y contradecisiones, y por fin se habría quedado sin ver el camino liso y fácil que tenía ante sí.
Una de las grandes ventajas de la Revolución Americana ha sido que llevó a un descubrimiento de los principios, y reveló los engaños, de los gobiernos. Hasta entonces, todas las revoluciones se habían realizado dentro de un ambiente de palacio, y nunca en el grande ámbito de una nación. Los participantes en ellas pertenecían siempre a la clase de los cortesanos, y por muy rabiosamente que desearan la reforma, mantenían cuidadosamente el fraude de la opresión.
En ningún caso dejaban de representar al gobierno como algo lleno de misterios, que no entendían más que ellos mismos, y escondían a la comprensión de la nación lo único que era beneficioso saber, esto es, que el gobierno no es sino una asociación nacional que actúa conforme a los principios de la sociedad.
Después de tratar así de demostrar que el estado social y civilizado del hombre basta para realizar por sí solo casi todo lo necesario para su protección y gobierno, procede, por otra parte, pasar revista a los actuales gobiernos antiguos y examinar si sus principios y sus prácticas pueden hacer lo mismo.
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THOMAS PAINE, Derechos del Hombre. Parte segunda, capítulo 1: De la sociedad y la civilización. Londres, 9 de febrero de 1792. Alianza Editorial, 1984. Traducción de Fernando Santos Fontenla. [FD, 04/04/2008]
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May 18th, 2010 @ 20:52
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