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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

LA HONRADEZ ES SIEMPRE LA MEJOR POLÍTICA, por Alexis de Tocqueville

Filed under: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — 3 July, 2010 @ 12:56

“Washington decía: «La honradez es siempre la mejor política; es una máxima que tengo por tan aplicable a los asuntos de las naciones como a los de los individuos. Creo, pues, que hay que cumplir en toda su extensión los compromisos que ya hemos contraído, pero juzgo inútil e imprudente contraer otros nuevos». Con anterioridad había enunciado esta bella y justa idea: «La nación que se entrega a sentimientos habituales de amor o de odio hacia otra se convierte, en cierto modo, en esclava. En esclava de su odio o de su amor». Jefferson aún fue más lejos e introdujo en la política de la Unión esta otra máxima: «Que los norteamericanos no debían jamás pedir privilegios a las naciones extranjeras, a fin de no verse obligados a concederlos a su vez». La Constitución federal de los Estados Unidos establece la dirección permanente de los intereses exteriores de la nación en manos del presidente y del Senado, lo que hasta cierto punto coloca a la política general de la Unión fuera de la influencia directa y cotidiana del pueblo. Así pues, no se puede decir de un modo absoluto que sea la democracia la que en América conduce los asuntos exteriores del Estado.”

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La Constitución federal de los Estados Unidos establece la dirección permanente de los intereses exteriores de la nación en manos del presidente y del Senado, lo que hasta cierto punto coloca a la política general de la Unión fuera de la influencia directa y cotidiana del pueblo. Así pues, no se puede decir de un modo absoluto que sea la democracia la que en América conduce los asuntos exteriores del Estado.

EL TESTAMENTO POLÍTICO DE UN HOMBRE ADMIRABLE

Hay dos hombres que imprimieron a la política de los americanos una dirección que aún sigue en nuestros días; el primero es Washington, y Jefferson el segundo.

George Washington, buen hombre y gran presidente, adoptó como máxima de su vida privada y pública esta bella y justa idea: La honradez es siempre la mejor política. Lástima que tan pocos gobernantes, incluyendo a los americanos, la practiquen.

Washington decía en esa admirable carta dirigida a sus conciudadanos y que viene a constituir el testamento político de aquel gran hombre:

Extender nuestras relaciones comerciales con los pueblos extranjeros y establecer con ellos tan pocos lazos políticos como sea posible debe ser la regla de nuestra política. Tenemos que cumplir con fidelidad los lazos ya contraídos, pero debemos de guardarnos de contraer otros.

Europa tiene un cierto número de intereses que le son propios y que no tienen relación, o sólo una relación muy indirecta, con los nuestros; así pues, se encuentra frecuentemente enredada en querellas que nos son naturalmente extrañas. Ligarnos por lazos artificiales a las vicisitudes de su política, entrar en las distintas combinaciones de sus amistades y de sus odios y tomar parte en las luchas consiguientes sería obrar con gran imprudencia.

Nuestro aislamiento y nuestra lejanía nos invitan a adoptar una conducta contraria y nos permiten seguirla. Si seguimos formando una sola nación regida por un gobierno fuerte, no estará lejos el día en que no tendremos que temer nada de nadie. Entonces podremos adoptar una actitud que haga respetar nuestra neutralidad; las naciones beligerantes, sintiendo la imposibilidad de obtener nada de nosotros, temerán provocarnos sin motivos, y nosotros estaremos en posición de escoger entre la paz o la guerra, sin más guía para nuestras acciones que nuestro interés y la justicia.

“¿Por qué habríamos de abandonar las ventajas que podemos sacar de una situación tan favorable? ¿Por qué dejar un terreno que es el nuestro para ir a establecernos en otro que nos es extraño? ¿Por qué, en fin, uniendo nuestro destino a una parte cualquiera de Europa, habríamos de exponer nuestra paz y nuestra prosperidad a la ambición, a las rivalidades, a los intereses o a los caprichos de los pueblos que la habitan?

Nuestra verdadera política es la de no contraer alianzas permanentes con ninguna nación extranjera, al menos mientras seamos libres de no hacerlo, ya que estoy bien lejos de querer que se falte a los compromisos existentes. La honradez es siempre la mejor política; es una máxima que tengo por tan aplicable a los asuntos de las naciones como a los de los individuos.

Creo, pues, que hay que cumplir en toda su extensión los compromisos que ya hemos contraído, pero juzgo inútil e imprudente contraer otros nuevos. Situémonos de manera que hagamos respetar nuestra posición, y las alianzas temporales bastarán para permitirnos hacer frente a todos los peligros”.

UNA JUSTA Y BELLA IDEA PARA INSPIRAR LAS RELACIONES INTERNACIONALES

Con anterioridad Washington había enunciado esta bella y justa idea: “La nación que se entrega a sentimientos habituales de amor o de odio hacia otra se convierte, en cierto modo, en esclava. En esclava de su odio o de su amor”.

La conducta política de Washington siempre se atuvo a estas máximas. Logró mantener a su país en paz cuando el resto del universo estaba en guerra y estableció como punto de doctrina que el interés bien entendido de los norteamericanos consistía en no tomar nunca partido en las querellas interiores de Europa.

Jefferson aún fue más lejos e introdujo en la política de la Unión esta otra máxima: “Que los norteamericanos no debían jamás pedir privilegios a las naciones extranjeras, a fin de no verse obligados a concederlos a su vez”.

Estos dos principios, cuya evidente precisión los puso fácilmente al alcance de las masas, han simplificado enormemente la política exterior de los Estados Unidos.

Al no mezclarse la Unión en los asuntos de Europa no tiene, por así decirlo, intereses exteriores que debatir, ya que aún carece de vecinos poderosos en América. Situada tanto por su posición como por su voluntad fuera de las pasiones del Viejo Mundo, no tiene que preservarse de ellas ni que compartirlas. En cuanto a las del Nuevo Mundo, todavía están ocultas en el futuro.

La Unión está libre de compromisos anteriores; se aprovecha, pues, de la experiencia de los viejos pueblos de Europa sin verse obligada, como ellos, a sacar partido del pasado y acomodarlo al presente; a diferencia de ellos, no tiene que aceptar forzosamente una inmensa herencia legada por sus padres, mezcla de gloria y miseria, de amistades y odios nacionales. La política exterior de los Estados Unidos es eminentemente expectante; consiste más en abstenerse que en hacer.

Así, es muy difícil saber en el momento presente qué habilidad desarrollará la democracia norteamericana en la dirección de los asuntos exteriores del Estado. Sobre este punto, tanto sus adversarios como sus amigos deben dejar el juicio en suspenso.

En cuanto a mí, no tengo inconveniente en decirlo: en la dirección de los asuntos exteriores de la sociedad es en lo que los gobiernos democráticos me parecen decididamente inferiores a los otros. La experiencia, las costumbres y la instrucción acaban casi siempre por crear en la democracia esa especie de sabiduría práctica de todos los días y esa ciencia de los pequeños sucesos de la vida que llamamos buen sentido.

NO ES LA DEMOCRACIA LA QUE RIGE LA POLÍTICA EXTERIOR AMERICANA

El buen sentido basta para la marcha ordinaria de la sociedad; y en un pueblo cuya educación ya está hecha, la libertad aplicada a los asuntos interiores del estado produce más bienes que males pudieran acarrear los errores del gobierno democrático. Pero no siempre es así en las relaciones entre un pueblo y otro.

La política exterior no exige el uso de casi ninguna de las cualidades propias de la democracia, y sí, por el contrario, el despliegue de casi todas aquellas de las que carece. La democracia favorece el aumento de los recursos interiores del estado, reparte el bienestar, desarrolla el espíritu público, fortalece el respeto a la ley en todas las clase sociales -cosas todas ellas que sólo tienen una influencia indirecta sobre la posición de un pueblo respecto a otro-.

Pero la democracia difícilmente podría coordinar los detalles de una gran empresa, trazarse un plan y seguirlo obstinadamente a través de todos los obstáculos. Es poco capaz de maquinar medidas secretamente y esperar pacientemente su resultado. Son éstas cualidades que pertenecen más particularmente a un hombre o a una aristocracia. Ahora bien, son precisamente estas cualidades las que, a la larga, hacen a un pueblo, lo mismo que a un individuo, apto para dominar. [...]

La tendencia que impele a la democracia a obedecer, en política, al sentimiento más que a la razón, y a abandonar un designio largamente madurado por satisfacer una pasión momentánea, se observó claramente en América cuando estalló la Revolución Francesa. Las más simples luces de la razón bastaban entonces, como hoy, para hacer ver a los norteamericanos que su interés no estaba en comprometerse en una lucha que iba a ensangrentar a Europa y de la que los Estados Unidos no podían sufrir ningún perjuicio.

Las simpatías del pueblo en favor de Francia se manifestaron, no obstante, con tanta violencia que se requirieron nada menos que el carácter inflexible de Washington y la inmensa popularidad de que gozaba para impedir que se declarara la guerra a Inglaterra. Así y todo, los esfuerzos realizados por la austera razón de ese gran hombre para luchar contra las pasiones generosas, pero irreflexivas, de sus conciudadanos estuvieron a punto de arrebatarle la única recompensa a que había aspirado: el amor de su país. La mayoría se pronunció contra su política; ahora el pueblo entero la aprueba.

Si la Constitución y el favor público no hubieran dado a Washington la dirección de los asuntos exteriores del Estado, es indudable que la nación habría hecho entonces lo que hoy condena.

Casi todos los pueblos que han influido grandemente en la historia del mundo, los que han concebido, seguido y ejecutado grandes proyectos, desde los romanos hasta los ingleses, fueron dirigidos por una aristocracia. ¿Cómo asombrarse de ello?

Nada hay en el mundo tan firme en sus propósitos como una aristocracia. La masa del pueblo puede ser seducida por su ignorancia o sus pasiones; se puede sorprender el ánimo de un rey y hacerle vacilar en sus proyectos; y, por otra parte, un rey no es inmortal. Pero un cuerpo aristocrático es demasiado numeroso para ser captado y demasiado reducido para ceder fácilmente a la embriaguez de pasiones irreflexivas. Un cuerpo aristocrático es un hombre firme y lúcido que nunca muere.

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ALEXIS DE TOCQUEVILLE, La democracia en América I, segunda parte, capítulo 5. Alianza Editorial, 2006. [FD, 12/04/2007]

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