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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

LA IDEA DEMOCRÁTICA DE LA LIBERTAD, por Alexis de Tocqueville

Filed under: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — 15 June, 2010 @ 21:22

“Es preciso distinguir con cuidado entre el hecho de la obediencia y sus causas. En las distintas clases de obediencia se observan sin duda prejuicios; revelan insuficiencia de luces, errores de espíritu, pero no bajeza de corazón. Los franceses del siglo XVII tenían, si se me permite la expresión, un gusto libre por la obediencia que revelaba con bastante claridad que, aunque habían admitido a un amo, habían conservado el espíritu de la libertad. Según la noción democrática y justa de libertad, cada hombre trae consigo al nacer un derecho igual e imprescindible a disponer como le parezca de su propio destino. Así pues, al tener cada individuo un derecho absoluto sobre sí mismo, la voluntad soberana sólo puede emanar de la unión de las voluntades de todos. Desde ese momento, la obediencia pierde su moralidad”.

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Es un error, en el que con frecuencia se ha incurrido, creer que el espíritu de libertad nació en Francia con la revolución de 1789. Ese espíritu fue siempre uno de los caracteres distintivos de la nación, pero sólo se había revelado a intervalos y, por así decirlo, con intermitencias. Había sido instintivo, más que reflexivo; irregular, a la vez que violento y débil.

INSUFICIENCIA DE LUCES, ERRORES DE ESPÍRITU, PERO NO BAJEZA DE CORAZÓN

Nunca hubo nobleza más orgullosa ni más independiente en sus opiniones y en sus actos que la nobleza francesa de los tiempos feudales. Jamás demostró el espíritu de libertad democrática un carácter más enérgico y casi podría decirse más salvaje, que en las comunas francesas de la Edad Media y en los estados generales que se reunieron en distintos períodos hasta principios del siglo XVII.

En cuanto el poder real llegó a concentrar en sí todos los otros poderes, los espíritus se sometieron a él sin rebajarse.

Luis XV ya empezó a reconocer que el sentimiento público era muy poderoso: Yo soy, decía, quien nombro a mis ministros, pero es el pueblo quien los echa.

Es preciso distinguir con cuidado entre el hecho de la obediencia y sus causas. Hay naciones que se doblegan a la arbitraria voluntad del príncipe, porque le reconocen un derecho absoluto a mandar. Otras sólo ven en él el representante de la patria o la imagen de Dios en la tierra. Las hay que adoran un poder real sucesor de la oligarquía tiránica de una nobleza y encuentra una especie de alivio mezclado de placer y gratitud al obedecerle. En estas distintas clases de obediencia se observan sin duda prejuicios; revelan insuficiencia de luces, errores de espíritu, pero no bajeza de corazón.

Los franceses del siglo XVII se sometían a la realeza más que al rey, al que obedecían no sólo porque le juzgaban fuerte, sino porque le consideraban benéfico y legítimo. Tenían, si se me permite la expresión, un gusto libre por la obediencia. Así, a la sumisión política mezclaban algo de independiente, de firme, de delicado, de caprichoso y de irritable, que revelaba con bastante claridad que, aunque habían admitido a un amo, habían conservado el espíritu de la libertad.

Ese rey, que hubiera podido disponer sin control de la fortuna del Estado, a menudo fue impotente para impedir u obstaculizar la menor de las acciones de los hombres, o para reprimir la más insignificante de las opiniones, y, en caso de resistencia, el súbdito hubiera estado mejor defendido por las costumbres, que el ciudadano de los países libres por las leyes.

EN LA SUMISIÓN DE LOS PUEBLOS QUE NUNCA HAN SIDO LIBRES SE DA A MENUDO UNA CIERTA MORALIDAD

Pero estos sentimientos e ideas no los comprenden las naciones que han sido siempre independientes, ni siquiera las que han llegado ya a serlo. Las primeras no los han conocido jamás, las segundas hace tiempo que los han olvidado. Ni unas ni otras ven en la obediencia a un poder arbitrario más que una vergonzosa bajeza. En los pueblos que han perdido la libertad después de haberla saboreado, la obediencia tiene siempre, en efecto, ese carácter. Pero en la sumisión de los pueblos que nunca han sido libres se da a menudo una moralidad que es preciso reconocer.

En efecto la libertad puede ofrecerse al espíritu humano bajo dos formas distintas. Se puede ver en ella el uso de un derecho común o el goce de un privilegio. Querer ser libre en los actos o en algunos de los actos -no porque todos los hombres tengan un derecho general a la independencia, sino por poseer uno mismo un derecho particular a permanecer independiente-, era la manera de entender la libertad en la Edad Media, y casi siempre ha sido interpretada así en las sociedades aristocráticas, donde las condiciones son muy desiguales y donde el espíritu humano, una vez que ha contraído el hábito de los privilegios, acaba por contar entre el número de los privilegios el uso de todos los bienes de este mundo.

Al no estar relacionada más que con el hombre que la concibe o, todo lo más, con la clase a que este pertenece, esta noción de la libertad puede subsistir en una nación donde no exista la libertad general. Sucede a veces incluso que el amor a la libertad resulta en algunos mucho más vivo cuando hay menos garantías de libertad para todos. En tales casos, la excepción es tanto más preciosa, por cuanto es más rara.

Esta noción aristocrática de la libertad produce en quienes han aceptado un exaltado sentido de su valor individual, un apasionado amor por la independencia. Esa noción da al egoísmo una energía y un poder singulares. Concebida por individuos, con frecuencia ha impulsado a los hombres a las más extraordinarias acciones; adoptada por una nación entera, ha creado los pueblos más grandes que han existido.

Los romanos pensaban que sólo ellos, entre todo el género humano, debían gozar de independencia; y este derecho a ser libres, mucho más que a la naturaleza, creían debérselo a Roma.

LA NOCIÓN MODERNA Y DEMOCRÁTICA, ES DECIR: JUSTA, DE LIBERTAD

Según la noción moderna, la noción democrática, y me atrevo a decir que la noción justa de libertad, dando por supuesto que todos han recibido de la naturaleza las luces necesarias para guiarse a sí mismos, cada hombre trae consigo al nacer un derecho igual e imprescindible a vivir independiente de sus semejantes en todo aquello, que sólo está relacionado consigo mismo, y a disponer como le parezca de su propio destino.

La abolición de la servidumbre por Luis XVI. Sostenía Tocqueville que todo lo que se hizo con una Revolución violenta, se podría haber hecho sin ella.

En cuanto esta noción de libertad penetra hondamente en el espíritu de un pueblo y arraiga con fuerza en él, el poder absoluto y arbitrario no es más que un hecho material, un accidente pasajero. Pues, al tener cada individuo un derecho absoluto sobre sí mismo, la voluntad soberana sólo puede emanar de la unión de las voluntades de todos.

Asimismo, desde ese momento, la obediencia pierde su moralidad y ya no hay término medio entre las viriles y orgullosas virtudes del ciudadano y las bajas complacencias del esclavo. A medida que en un pueblo se nivelan las clases, esta noción de la libertad tiende naturalmente a imponerse.

Sin embargo, hacía ya tiempo que Francia había salido de la Edad Media y había modificado sus ideas y sus costumbres en un sentido democrático; pero la noción feudal y aristocrática de la libertad era aún la universalmente aceptada. Al proteger su independencia individual contra las exigencias del poder, nadie veía en ello el reconocimiento de un derecho general, sino la defensa de un privilegio particular, y la lucha se apoyaba en un hecho más que un principio. En el siglo XV, unos cuantos espíritus audaces entrevieron la idea democrática de la libertad, pero esta idea no tardó en perderse. Cabe decir que fue en el siglo XVIII cuando se operó la transformación.

La idea de que todo individuo, y por extensión todo pueblo, tiene derecho a dirigir sus propios actos; esta idea todavía oscura, incompletamente definida y mal formulada se introdujo poco a poco en todos los espíritus. Se fijó en forma de teoría en las clases ilustradas e hizo fortuna como una especie de instinto en el pueblo. Esto trajo por resultado un nuevo y más poderoso impulso hacia la libertad.

El amor que los franceses siempre habían sentido por la independencia se convirtió en una opinión razonada y sistemática que, extendiéndose poco a poco, acabó por atraerse hasta el propio poder real que, aun cuando seguía siendo absoluto en teoría, empezó a reconocer tácitamente con su conducta que el sentimiento público era la primera de las potencias. “Yo soy quien nombro a mis ministros –decía Luis XV-, pero es la nación la que los echa”. Y Luis XVI, al describir en el calabozo sus últimos y más secretos pensamientos, aún decía “mis conciudadanos” al hablar de sus súbditos.

POR PRIMERA VEZ SE HABLA DE LOS DERECHOS DE LA HUMANIDAD Y DEL CIUDADANO

Fue en este siglo cuando se oyó hablar por primera vez de los derechos generales de la humanidad, de los que todo hombre puede reclamar un goce igual como de un legítimo e inalterable legado, y de los derechos generales de la naturaleza, que cada ciudadano puede invocar.

Por lo demás, ese amor por la libertad se manifestaba con escritos más que con actos, con esfuerzos individuales más que con empresas colectivas, con una oposición a menudo pueril y atolondrada más que con una resistencia seria y sistemática.

Ese poder de la opinión, reconocido por los mismos que a menudo se colocaban por encima de él, estaba sujeto a grandes alternativas de fuerza y debilidad. Todopoderoso un día, imperceptible al siguiente. Siempre irregular, caprichoso, indefinible: cuerpo sin órganos. Sombra de la soberanía del pueblo, más que soberanía del pueblo mismo.

Así sucederá, en mi opinión, en cuantos pueblos sientan el amor y el deseo de la libertad antes de haber sabido establecer instituciones libres.

Marat apuñalado en la bañera por Charlotte Corday.

No es que yo crea que los hombres no puedan gozar de una especie de independencia en los países en que esa clase de instituciones no existen. Para ellos pueden bastar los hábitos y las opiniones. Pero nunca pueden estar seguros de la duración de su libertad, porque nunca es seguro que la sigan queriendo siempre. Hay épocas en que los pueblos más enamorados de su independencia vienen a considerarla como un objeto secundario de sus esfuerzos. La gran utilidad de las instituciones libres es la de sostener la libertad durante esos intervalos en que el espíritu humano se aleja de ella, y la de darle una especie de vida vegetativa que le sea propia para que con el tiempo vuelva a ella.

Las formas permiten a los hombres cansarse pasajeramente de la libertad sin perderla. Ése es el principal mérito que tienen para mí. Cuando un pueblo quiere resueltamente ser esclavo es imposible impedir que lo sea, pero creo que existen medios de mantenerlo algún tiempo en la independencia sin necesidad de él mismo ayude a ello.

Una nación que tiene comparativamente menos pobres y menos ricos, menos individuos poderosos y menos hombres débiles que ninguna otra nación del mundo; un pueblo en el que, a pesar del estado político, la teoría de la igualdad se ha apoderado de los espíritus y el amor a la igualdad de los corazones; un país mejor unido entre todas sus partes que ningún otro y sometido a un poder más central, más hábil y más fuerte; en donde, sin embargo, el espíritu de la libertad –siempre vivaz-, ha adquirido en una época reciente un carácter más general, más sistemático, más democrático y más inquieto. Éstos son los principales rasgos que caracterizan la fisonomía de Francia a finales del siglo XVIII.

LO QUE SE HIZO CON LA REVOLUCIÓN SE HUBIERA HECHO TAMBIÉN SIN ELLA

Si ahora cerramos el libro de la historia y, dejando transcurrir cincuenta años, venimos a considerar lo que el tiempo ha producido, observaremos que se han operado inmensos cambios. Pero en medio de tantas cosas nuevas y desconocidas, fácilmente reconoceremos los mismos rasgos característicos que nos habían sorprendido medio siglo antes. Así pues, comúnmente se exageran los efectos producidos por la Revolución francesa.

Indudablemente jamás hubo revolución más poderosa, más rápida, más destructiva y más creadora que la Revolución francesa. Constituiría, no obstante un error inaudito creer que haya surgido un pueblo francés enteramente nuevo y que se haya elevado un edificio cuyas bases no existían antes de ella. La Revolución francesa ha creado una multitud de cosas accesorias y secundarias, pero no han hecho más que desarrollar el germen de las cosas principales, pues éstas existían antes que ella. Lo que hizo fue reglamentar, coordinar y legalizar los efectos de una gran causa, más que ser ella misma esa causa.

En Francia, las condiciones estaban más niveladas que en ningún otro sitio. La Revolución aumentó esa igualdad de condiciones e introdujo en las leyes la doctrina de la igualdad. La nación francesa había abandonado, antes y más completamente que todas las demás, el sistema de fraccionamiento y de individualidad feudal de la Edad Media. La Revolución acabó de unir todas las partes del país y de formar un solo cuerpo.

En Francia el poder central ya se había apoderado, más que en ningún país del mundo, de la administración local. La Revolución hizo ese poder más hábil, más fuerte, más emprendedor.

Los franceses concibieron antes y más claramente que todos, la idea democrática de la libertad. La Revolución dio a la nación misma, si bien no toda la realidad, al menos toda la apariencia del poder soberano.

Si estas cosas son nuevas, lo son por la forma, por el desarrollo, no por el principio ni por el fondo. Estoy seguro de que todo lo que hizo la Revolución también se habría hecho sin ella. La Revolución no fue más que un procedimiento violento y rápido, con cuya ayuda se adaptó el estado político al estado social, los hechos a las ideas, y las leyes a las costumbres.

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ALEXIS DE TOCQUEVILLE, El Antiguo Régimen y la Revolución, 1856. Alianza Editorial, 2004. [FD, 06/02/2007].

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