EMBRIAGADA DE LIBERTAD HASTA EL FIN, por Romain Rolland
“Mantuvo su palabra. Y si el resto de su vida no está exceptuado de debilidades, permanece, sin embargo, bajo el signo de esos dos genios a los que, desde la cuna, había sido consagrada. El Amor y el Sueño. Un absoluto desinterés. A pesar de las urgentes invitaciones del rey, Bettina nunca fue a la Corte. Vivía cada vez más retirada, soñando, pequeña y menuda, con su traje monacal de paño negro y sin salir de su habitación más que por la tarde para escuchar en la sala pompeyana de su casa la música de cuarteto, cuyo primer violín era Joaquín. Las sombras de su juventud, Beethoven y Goethe, eran su luz de la tarde. Les fue fiel, no unida con sus tumbas, sino guardando su llama inextinguible. No flaquea nunca. Y la indomable mujer se encontró con la frente alta aún después de la ruina de esperanzas democráticas. Permaneció embriagada de libertad hasta el fin.”
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Bettina supo la muerte de Goethe por una nota en el periódico que encontró sobre su mesa, en medio de la noche, al volver de una velada donde sabían la noticia, aunque nadie tuvo valor para decírsela. Puede imaginarse lo que esa noche sería.
UNA MUJER QUE SE MANTUVO CONSAGRADA A ESOS DOS GENIOS: EL AMOR Y EL SUEÑO
Pero nos engañaríamos al creer que esa mujer, mucho más enérgica de lo que se supone, se entregó a un amor romántico. La flecha que la atravesó no podía alcanzar al Goethe que ella había creado, al que ella poseía en su corazón. Sino que podía decir mejor:
“¡Yo no puedo escaparme! Ahora te poseo para siempre…”
Su carta al canciller Von Müller, a comienzos de abril de 1832, atestigua la nobleza de ese amor, verdaderamente más fuerte que la muerte:
“La muerte de Goethe me ha causado, ciertamente, una impresión profunda, imborrable, pero en ningún modo triste. […] ¿Cómo no iba sentirme dichosa de que al fin floreciera en la eterna felicidad, para lo cual le había preparado toda la vida en el siglo? Mi deber ahora es limitarme a él tan estrictamente, que ningún otro acontecimiento tenga sobre mí más alto derecho y que todo lo que la vida aún me proporcione nutra mi comercio con él. Así, lo que merezca durar entre mis días de aquí abajo, atestiguará la eternidad de mi amor y de su bendición.”
Mantuvo su palabra. Y si el resto de su vida no está exceptuado de debilidades (¿por qué iba a estarlo?; era una mujer y por eso la amamos nosotros), permanece, sin embargo, bajo el signo de esos dos genios a los que, desde la cuna, había sido consagrada. El Amor y el Sueño.
Así podría denominarse la famosa correspondencia que publicó en 1835: Goethe Briefwechsel mit einem Kinde, en donde, al volver sobre sus cartas auténticas, dejaba fluir los torrentes de vida interior que brotaban con el recuerdo. ¿Cómo ser riguroso con ella? La historia, que después hizo la comprobación, ha separado el sueño de la realidad. Pero en último término debe dar testimonio de su lealtad de corazón.
Y si ese corazón de gran enamorada ha bordado sus sueños sobre la trama del relato, nunca alteró en cambio, con conciencia de lo que hacía, el cañamazo. Su amor y su ser eran leyenda y todo lo que tocó se ha convertido en legendario. Y , sin embargo, ella existió. Si se engañó alguna vez acerca de lo que fueron los otros, nunca engañó a éstos ni a sí misma acerca de lo que ella fue.
Esta apasionada vida está aún lejos de ser descrita. Sus relaciones con Goethe absorbieron casi exclusivamente las miradas de la historia. Mas por intenso que fuera ese amor, no debe creerse que en él se contenga el universo de Bettina. En dicho universo arde la llama del recuerdo, pero sus límites se extienden más allá del horizonte de la vida, y hasta del pensamiento, de Goethe.
LA MISERIA, LA OPRESIÓN Y LAS REBELIONES DE LOS PUEBLOS ENCONTRARON EN ELLA ALGO MÁS QUE UN ECO
Sin hablar aquí de la actividad literaria de Bettina, cuya abundante producción ha sido estudiada en parte, mucho habría que decir acerca de su pensamiento musical, acerca de su vasta correspondencia con las más célebres personalidades de su tiempo: Alejandro von Humboldt, Jakob y Wilhelm Grimm, Schleiermacher; Emmanuel Arago, Moritz Carriere, Peter Cornelius, Emmanuele Geibel, Fried, Christ, Förster, etc. Y, en fin, acerca de su actividad política.
Ésta fue tan importante y alta, que estimo como útil decir aquí algunas palabras al lector francés, que la ignora casi completamente. Se verá que, aunque tal vez el viejo Goethe la hubiera desaprobado, Bettina fue más fiel que él mismo al ejemplo del Prometeo de sus veinticinco años.
A partir de los años posteriores a 1840, las ideas de justicia social y libertad política se apoderan de Bettina. Las voces de la miseria, los gritos de los oprimidos, las rebeliones de los pueblos encuentran en ella algo más que un eco (1). Se mezcla en ello. Actúa.
Un feliz concurso de circunstancias, y su autoridad conseguida, permiten que pueda y se atreva a dirigirse, directamente, a la cima, a los príncipes, al rey de Prusia. No la detiene el respeto a las grandezas ni el miedo a desagradar. Habla francamente y en voz alta. Se había formado -y pretendía imponerlo- un ideal del príncipe como servidor de la comunidad.
“Todo pertenece al pueblo -escribía al Kronprinz de Wurtembert-. ¡Que el príncipe se prive, pero que el pueblo esté al abrigo de la necesidad!” Ellos se sentían adulados e intimidados a la vez por la gran esperanza que les asignaba esta Débora, ungida en la frente por Goethe. No se atrevían a protestar; 1848 se aproximaba y sus efluvios debilitaban la fuerza soberana. Esta debía erguirse, duramente, después.
Bettina tenía en Berlín un gran compañero: Alejandro von Humboldt. Último superviviente, con ella, del glorioso equipo de compañeros de Goethe, lo sostenía enérgicamente, defendiendo sus libros contra la censura, que les inspiraba a los dos un desdén y un odio ilimitados; apoyaba sus iniciativas; transmitía al rey sus cartas, sin que ni uno ni otro regatearan al rey sus observaciones.
BETTINA Y HUMBOLDT: ELLOS DOS CONSTITUÍAN UNA FUERZA
Ellos dos constituían una fuerza, y el rey, Friedrich Wilhelm IV, temía sus opiniones. Interesantes recuerdos inéditos, que me ha comunicado una nieta de Bettina, la señora Irene Forbes-Mosses, la describen como Porcia, defendiendo incansablemente la causa de las víctimas del orden social:
“En un tiempo en que no había en Prusia ni Landtag, libertad de Prensa que permitiera escuchar las reclamaciones, Bettina era quien llevaba al rey todas las quejas.”
Entre los papeles de negocios, cuyos manuscritos desfilaron por las subastas el año pasado, noto, en primer lugar, el caso del poeta y profesor Hoffman von Fallersleben, caído en desgracia y destituido por sus Unpolitischen Lieder. Después, el gran fabricante F. W. Schlöffel, portavoz de la miseria de los tejedores de Siberia, prisionero bajo inculpación de comunismo y alta traición. Bettina, que adopta su causa, reúne ella misma los materiales para un Libro de los Pobres.
En 1846, el revolucionario polaco Mieroslawsky, prisionero y condenado a muerte, obtiene gracia por su vehemente intervención. En 1849, condenan a muerte al revolucionario Kinkel. Bettina se pasa días y noches defendiéndole y escribiendo, carta tras carta, al rey, que le respondía con idéntico encarnizamiento. En mi colección poseo borradores de cartas inéditas de Bettina, de un apasionado ardor:
“Decís que a Kinkel le impulsan perversos móviles. Puede ser, pero la estupidez de condenar a muerte a un hombre porque está a cargo de la sociedad y el contrasentido de una ley que autoriza tal crimen me levantan en rebelión… ¡De sus faltas se trata! No se trata de ese hombre en particular. Se trata de que no pueda ya verterse ni una gota de sangre de un hombre entregado al poder soberano.”
Es necesario reconocer que el rey escuchaba esas alegaciones del ángel de la rebelión con un respeto y una longanimidad que atestiguan los mismo en favor suyo que de Bettina. Con ocasión de Mieroslawsky, le escribia en 1847:
“Amáis y exigís la lealtad y la verdad. Poseéis ambas. Pero la lealtad y la verdad no dejan de ser lealtad y verdad, aunque salgan de la boca de un rey”.
Pero Bettina se enfebrecía, y su impetuosa pasión acabó por herir el orgullo del soberano. A fines de 1847 surgió la riña. Al mismo tiempo, Bettina, envuelta en un conflicto con la municipalidad de Berlín, se veía inculpada de lesa majestad y condenada a dos meses de prisión.
SU TENDENCIA POLÍTICA: NUNCA ACOMETER NADA QUE NO SINTIERA EN ELLA COMO ORDEN IMPERATIVA
“Censuráis mi tendencia política -escribía a Paulina Steinhäuser-. Nunca acometí nada que no fuera en mí orden imperativa. Y, por lo menos, mi acción no ha dejado de tener fruto para la Humanidad. Porque muchos que ahora tienen la cabeza sobre los hombros, la hubieran perdido si yo no combatiera desesperadamente para guardársela.” (2)
Los movimientos de 1848 tuvieron su adhesión, como también tuvieron la de otra amiga de Beethoven y Goethe, Wilhelmine Schröder-Devrient. Bettina moteja en sus cartas la traición del rey y exalta al pueblo. Mas las calumnias y odios se acumulan contra ella. En abril de 1848 escribe a Paulina Steinhäuser:
“Podéis creer que si hubiera sido posible arrojarme en la fosa ya lo hubieran hecho”.
No flaquea nunca. Y la indomable mujer se encontró con la frente alta aún después de la ruina de esperanzas democráticas. Permaneció embriagada de libertad hasta el fin. (3) Era tal la fuerza de su prestigio y la aureola con que la envolvía su maestro Goethe, que, a pesar de sus rencores, después de 1848, el rey de Prusia y los príncipes tuvieron con ella atenciones, interesándose en 1851-1852 por la realización de su monumento a Goethe, en Weimar. Pero la orgullosa Bettina apartó el real ofrecimiento de ejecutar la obra, diciendo que “Goethe sólo podía recibir su monumento del pueblo alemán”.
Un absoluto desinterés. A pesar de las urgentes invitaciones del rey, Bettina nunca fue a la Corte. Vivía cada vez más retirada, soñando, pequeña y menuda, con su traje monacal de paño negro y sin salir de su habitación más que por la tarde para escuchar en la sala pompeyana de su casa la música de cuarteto, cuyo primer violín era Joaquín. Las sombras de su juventud, Beethoven y Goethe, eran su luz de la tarde. Les fue fiel, no unida con sus tumbas, sino guardando su llama inextinguible.
Dos de sus hijas, Armgart y Gisela, eran sus ardientes discípulas, artistas como la madre: pintoras (sobre todo Gisela, que se casó con Hermann Grimm), músicas (sobre todo Armgart, a la que Joaquin admiraba) y autoras dramáticas (Gisela); todas prestas a socorrer a los oprimidos y a recibir con los brazos abiertos a los grandes rebeldes. Las hijas y la madre estaban señaladas en la frente con la sangre de Berlichingen y Egmont.
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NOTAS DE R.R.- (1) No quiero que pueda creerse a Bettina adherida alguna vez al socialismo. Se defiende de ello con altanera ironía en una curiosa conversación con el joven Wilhelm Buchner, 30 de noviembre de 1846. Siempre fue una fogosa individualista que se niega a dejarse incorporar al rebaño. Pero el individualismo heroico y revolucionario del buen caballero de la “mano de hierro”, defensor de los oprimidos.
(2) Agréguese que, con frecuencia, estos hombres cuya vida salvaba, como Kinkel, no le inspiraban ninguna simpatía. Nota despiadadamente, en una carta de 1849, la repulsión que le produce la persona de aquél: “Su petulancia, presunción, loca vanidad y vociferaciones… En realidad no he hecho eso por él. Lo he hecho porque no podía obra de otro modo, lo he hecho por mí únicamente. Mas en cuanto a los demás, me lapidaron a causa de esto.”
(3) La colección de cartas vendidas contenía unas 42 dirigidas al poeta húngaro Kertbeny. Juntos se apasionaban por las luchas de la independencia húngara. Kertbeny le envía, en 1849, una flor cogida por un condenado a muerte en el momento de la ejecución.
ROMAIN ROLLAND, Goethe y Beethoven, cap. IV: Bettina. Ediciones Orbis, 1983. Traducción cedida por Aguilar S. A. de Ediciones.
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