LA ACCIÓN BASADA EN LOS PRINCIPIOS CAMBIA LAS COSAS Y ES REVOLUCIONARIA, por Henry D. Thoreau (II)
“Toda votación es un juego, como el de damas o el chanquete, pero con leve tinte moral, un quehacer festivo con el Bien y el Mal. Yo deposito mi voto, quizá, por lo que estimo correcto; pero no me siento vitalmente interesado en que prevalezca. Estoy dispuesto a dejarlo en manos de la mayoría. Lo que hay que hacer, en todo caso, es no prestarse a servir al mismo mal que se condena. Pero no: encuentro que el hombre respetable, ha abandonado inmediatamente su posición y desespera de su país, cuando su país tiene más razón para desesperar de él. Su voto no tiene más valor que el de cualquier extranjero sin principios o nativo caprichoso, que bien puede que haya sido comprado. Aquellos que, mientras desaprueban el carácter y la necesidad de determinado Gobierno, le conceden su adhesión y sostén, son indudablemente sus más concienzudos paladines; y así, a menudo, el obstáculo más difícil para la reforma. Hay leyes injustas. ¿Nos contentaremos obedeciéndolas o trataremos de corregirlas hasta que lo consigamos o, más bien, las transgrediremos en seguida? En cuanto a adoptar los modos aportados por el Estado para remedio del mal, no los reconozco como tales. Requieren demasiado tiempo y la vida del hombre es breve. Tengo otros asuntos que atender. No es asunto mío andar con peticiones al Gobernador o la Legislatura, como tampoco de ellos el de mandarme a mí. La acción en base a los principios -la percepción y la práctica de lo que es justo- cambia las cosas y las relaciones, es esencialmente revolucionaria, y no casa plenamente con lo anterior.”
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Hay novecientos noventa y nueve defensores de la virtud por cada hombre virtuoso; pero es mucho más fácil tratar con el poseedor real de algo que con su guardián temporal.
INCLUSO VOTAR POR LO JUSTO ES NO HACER NADA POR ELLO
Toda votación es un juego, como el de damas o el chanquete, pero con leve tinte moral, un quehacer festivo con el Bien y el Mal, con resonancias morales; y el envite, naturalmente, es inherente a él. No se apuesta sobre el carácter de los votantes. Yo deposito mi voto, quizá, por lo que estimo correcto; pero no me siento vitalmente interesado en que prevalezca. Estoy dispuesto a dejarlo en manos de la mayoría.
Su obligación, por tanto, jamás pasa del grado de lo conveniente. Incluso votar por lo justo es no hacer nada por ello. Apenas significa otra cosa que exponer débilmente a los hombres el deseo de que fuera así. El hombre prudente no dejará lo justo a merced del azar ni deseará que prevalezca gracias al poder de la mayoría. Poca es la virtud que encierra la masa. Cuando la mayoría vote, por fin, por la abolición de la esclavitud, será porque es indiferente a ella o porque queda ya muy poca que abolir mediante su voto. Serán ellos, entonces, los únicos esclavos. Sólo el voto de aquél que afirma con él su propia libertad puede acelerar la abolición de la esclavitud.
Me llega la noticia de una convención que ha de celebrarse en Baltimore o en cualquier otro sitio para proceder a la selección de un candidato a la Presidencia, reunión compuesta primariamente de editores y políticos profesionales; y pienso: ¿Qué ha de importar al hombre independiente, inteligente y respetable a qué decisión puedan llegar en cualquier caso? ¿Es que no podremos contar con la sabiduría y honradez de aquél de cualquier modo? ¿Será imposible que sumemos algunos votos independientes? ¿Acaso no son numerosísimos los hombres que en este país no asisten a convenciones?
Pero no: encuentro que el hombre respetable, el así llamado, ha abandonado inmediatamente su posición y desespera de su país, cuando su país tiene más razón para desesperar de él. En consecuencia adopta a uno de los candidatos así elegidos como único asequible, demostrando de esa manera que es él mismo el asequible a cualquier designio del demagogo. Su voto no tiene más valor que el de cualquier extranjero sin principios o nativo caprichoso, que bien puede que haya sido comprado.
NO ES DEBER DEL HOMBRE DEDICARSE A ERRADICAR MAL ALGUNO, NI SIQUIERA EL MÁS CONOCIDO Y TREMENDO; PERO SÍ LO ES, AL MENOS, NO PRESTARLE PRÁCTICAMENTE SU APOYO
Loor al hombre que es un hombre y, como dice mi vecino, ¡posee un hueso en la espalda, imposible de doblegar con la mano! Nuestras estadísticas mienten: la población ha resultado demasiado grande. ¿Cuántos hombres hay por milla cuadrada en este país? ¿Acaso América no ofrece incentivo suficiente para que los hombres vengan a establecerse aquí? El americano ha quedado en un Old Fellow (1) -que puede ser reconocido por el desarrollo de su órgano de gregarismo y por su manifiesta falta de intelecto y de confianza en sí mismo-, cuyo primero y principal interés al llegar a este Nuevo Mundo consiste en ver que los asilos se hallan en buen estado, y antes, sin embargo, ha endosado su porte viril para ir a recabar fondos para el sostenimiento de viudas y huérfanos; en alguien, en fin, que se atreve a vivir solamente con ayuda de la compañía de seguros que ha prometido enterrarle decentemente.
No es deber del hombre, después de todo, el dedicarse a la erradicación de mal alguno, ni siquiera del más conocido y tremendo; puede, en cambio, atender legítimamente a otros muchos intereses. Pero sí tiene la obligación, por lo menos, de lavarse de él totalmente las manos y, si no le concede ya ulterior atención, de no prestarle prácticamente su apoyo. Si me dedico a otras tareas y contemplaciones debo asegurarme, en primer lugar, de que no lo hago sobre las espaldas de otro hombre; y librarle de mí, llegado el caso, para que también pueda atender a sus propios objetivos.
¡Ved cuánta flagrante irregularidad es tolerada! He oído decir a algunos de mis conciudadanos: “me gustaría que me enviaran a sofocar una rebelión de esclavos, o de marcha contra Méjico… ya verían si voy”. Y, sin embargo, esos mismos hombres han proporcionado un sustituto, directamente con su adhesión o indirectamente por medio de su dinero. El soldado que rehúsa intervenir en una guerra injusta es aplaudido por aquellos que no rehúsan sostener al gobierno injusto que la libra; por aquellos cuyos actos y autoridad mismos, él desprecia y rasa con lo más vil, como si el Estado fuera penitente hasta el extremo de llegar a alquilar a uno para que le flagele mientras peca, pero no lo suficiente para dejar de pecar un solo instante. Así, bajo el nombre del orden y del gobierno civil, se nos hace rendir homenaje, al fin, a nuestra propia ruindad; y a sostenerla incluso. Tras el primer sofoco del pecar viene la indiferencia; y de inmoral deviene, por así decir, amoral, y no del todo innecesario a esa vida que hemos trajinado.
LA GENTE NOBLE ES A VECES EL OBSTÁCULO MÁS DIFÍCIL PARA LA REFORMA
El error más craso y extendido requiere para sobrevivir de la virtud más desinteresada. Los nobles son los más propensos a incurrir en el leve reproche de que es susceptible comúnmente la virtud del patriotismo. Aquellos que, mientras desaprueban el carácter y la necesidad de determinado Gobierno, le conceden su adhesión y sostén, son indudablemente sus más concienzudos paladines; y así, a menudo, el obstáculo más difícil para la reforma.
Algunos solicitan al Estado que disuelva la Unión si ignora las demandas del Presidente. ¿Por qué no la disuelven ellos mismos -la unión entre ellos mismos y el Estado- y se niegan a ingresar su cuota en el Tesoro? ¿Acaso no se hallan en igual relación con el Estado que éste con la Unión? ¿Y no han sido las razones que han impedido al Estado el resistirse a la Unión las mismas que les impiden a ellos el resistirse al Estado?
¿Cómo puede sentirse satisfecho un hombre tan sólo por sustentar una opinión, y cómo puede hasta gozar de ello? ¿Hay algún disfrute en hacerlo, si en su opinión está siendo vejado? Si tu vecino te estafa un solo dólar, no te quedas tan ancho con el conocimiento del hecho ni con proclamarlo así; ni siquiera exigiéndole la debida restitución, sino que tomas medidas inmediatas para hacerla efectiva, al tiempo que dispones las necesarias para que el lance no vuelva a ocurrir. La acción en base a los principios -la percepción y la práctica de lo que es justo- cambia las cosas y las relaciones; es esencialmente revolucionaria, y no casa plenamente con lo anterior. No sólo divide estados e iglesias; divide familias. ¡Sí! Divide al individuo separando en él lo diabólico de lo divino.
Hay leyes injustas. ¿Nos contentaremos obedeciéndolas o trataremos de corregirlas y seguiremos obedeciendo hasta que lo consigamos o, más bien, las transgrediremos en seguida? Bajo un Gobierno como el presente, los hombres piensan por lo general que es mejor aguardar hasta haber persuadido a la mayoría de la necesidad de alterarlas. Piensan que, de resistirse, el remedio sería peor que la enfermedad.
NO DEBEMOS SERVIR AL MISMO MAL QUE CONDENAMOS
Pero es culpa del Gobierno mismo que el remedio sea peor que la enfermedad. Aquél la empeora. ¿Por qué no prevé y procura, en cambio, las reformas necesarias? ¿Por qué no atiende a su prudente minoría? ¿Por qué grita y se agita antes de ser herido? ¿Por qué no anima a sus ciudadanos a que se mantengan alerta para que le señalen sus faltas, y a conducirse mejor de lo que, de otro modo, esperaría de ellos? ¿Por qué crucifica siempre a Cristo y excomulga a Copérnico, y a Lutero, al tiempo que declara rebeldes a Washington y a Franklin?
Si la injusticia forma parte de la necesaria fricción de toda máquina de gobierno, que siga, que siga. Quizá llegue a suavizarse con el desgaste; pero si es de naturaleza tal que requiere de vosotros como agentes de injusticia para otros, entonces os digo: romped la ley. Que vuestra vida sea una contrafricción que detenga la máquina. Lo que hay que hacer, en todo caso, es no prestarse a servir al mismo mal que se condena.
En cuanto a adoptar los modos aportados por el Estado para remedio del mal, no los reconozco como tales. Requieren demasiado tiempo y la vida del hombre es breve. Tengo otros asuntos que atender. Vine a este mundo no para hacer de él principalmente un buen lugar donde vivir, sino para vivir en él fuera bueno o malo. Al hombre no le cabe el hacerlo todo, sino algo; y porque no puede hacer todas las cosas, no es necesario que haga algo mal.
No es asunto mío andar con peticiones al Gobernador o la Legislatura, como tampoco de ellos el de mandarme a mí; y si prestaren oídos sordos a mis reclamaciones ¿qué debería hacer yo entonces? Pero ante tal contingencia, el Estado no ha proporcionado consecuencia; es su propia Constitución la que está en falta.
Puede que lo que diga parezca duro, intransigente o poco conciliador; pero el espíritu que pueda apreciarlo o merecerlo debe ser tratado con el máximo de amabilidad y consideración. Así, todo cambio sería para mejorar, como que el nacimiento y la muerte convulsionan el cuerpo.
(1) “Fundada en Gran Bretaña en el siglo XVIII, consolidada en la Manchester Unity. En Estados Unidos se fundó la primera logia en 1819, para obras de misericordia y educación. The Independant Order of Odd-Fellows”. Traductor.
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HENRY D. THOREAU, Del deber de la desobediencia civil (2ª parte). Ediciones del Cotal, febrero de 1983. [FD, 19/11/2006]
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