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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

PRIMERO HOMBRES, DESPUÉS CIUDADANOS, por Henry D. Thoreau (I)

Filed under: LA DESOBEDIENCIA CIVIL — 3 March, 2010 @ 10:11

“Solemos decir que la masa de los hombres carece de preparación, pero la mejoría es lenta porque los pocos no están materialmente mejor que los muchos. ¿Qué precio alcanza hoy un hombre honesto y patriota? Dudan, vacilan, se lamentan, y en ocasiones, piden; pero no hacen nada seria y efectivamente. Esperarán con la mejor disposición a que sean otros quienes remedien la maldad para que ellos no tengan que seguir lamentándose de su existencia. A lo más darán su voto con descuido y una salutación de adiós al justo, cuando éste pase por su lado. Pero, para hablar prácticamente, como simple ciudadano, y a diferencia de quienes se autotitulan “hombres de ningún gobierno”, yo reclamo, no la ausencia de todo gobierno, sino, en seguida, uno mejor. Que cada hombre haga saber qué clase de Gobierno gozaría de su respeto, y ése será el primer paso para conseguirlo. ¿No puede haber un Gobierno donde la mayoría no decida virtualmente mal o bien, sino en conciencia? ¿Donde la mayoría falle sólo aquellas cuestiones a las que es aplicable un criterio utilitario? ¿Debe rendir el ciudadano su conciencia, siquiera por un momento, o en el grado más mínimo, al legislador? ¿Por qué posee, pues, cada hombre una conciencia? Estimo que debiéramos ser hombres primero y súbditos luego. No es deseable cultivar por la ley un respeto igual al que se acuerda a lo justo. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en todo momento lo que considero propio.”

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De todo corazón acepto el lema de que “el mejor gobierno es el que gobierna menos”, y me gustaría que fuera honrado con más diligencia y sistema. En la práctica significa asimismo, lo cual también creo: “que el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto”; y cuando los hombres estén preparados para él, ese y no otro será el que tendrán.

EL GOBIERNO ES A LO SUMO UNA CONVENIENCIA

El Gobierno es, a lo más, una conveniencia; aunque la mayoría de ellos suelen ser inútiles, y alguna vez, todos sin excepción, inconvenientes. Las objeciones puestas al hecho de contar con un ejército regular, que son muchas y de peso, y merecen prevalecer, pueden ser referidas en última instancia a la presencia de un Gobierno igual de establecido. El ejército regular no es sino el brazo armado del Gobierno permanente. Este, a su vez, aunque no representa sino el modo elegido por el pueblo de ejecutar su voluntad, es igualmente susceptible de abuso y perversión antes de que aquél pueda siquiera actuar por su mediación. Reparad en la presente guerra mejicana (1), la obra de un número relativamente escaso de individuos que se valen del gobierno establecido como instrumento; pues, para empezar, el pueblo no habría consentido esta medida.

Como diría Goya en uno de sus aguafuertes, con razón o sin ella, los soldados siempre matan y el pueblo siempre muere.

Este gobierno americano ¿qué es sino una tradición, aunque reciente, que trata de transmitirse inalterada a la posteridad, pese a ir perdiendo a cada instante retazos de su decencia? Carece de la vitalidad y la fuerza de un solo hombre vivo, pues éste puede doblegarlo a voluntad. Es como una especie de arma de madera para el pueblo mismo; y si alguna vez la usaren verdaderamente como real unos contra otros, de seguro que se les desharía en astillas. Sin embargo, no por eso deja de serles necesario; pues los individuos han de tener alguna complicada maquinaria que otra y oír su estrépito para satisfacer su idea de gobernar. Los gobiernos revelan, así, cuán fácil de imponer son los hombres, incluso a estos mismos, para su propio medro.

Excelente, convengamos; pero este Gobierno jamás patrocinó empresa alguna, más que con la premura con que se apartó de su camino. No guarda libre el país. No pacifica el Oeste. No educa. Es el carácter inherente a todo el pueblo americano el que da razón de los logros; y estos habrían sido más numerosos si en ocasiones el Gobierno no hubiera obstaculizado su curso. Y es que el Gobierno es una conveniencia con cuyo concurso los hombres respetarían gustosamente su respectiva independencia; y, lo dicho, tanto más conveniente cuanto menos interfiera en la vida del pueblo.

De goma india han de ser el comercio, y las relaciones que implica, para poder botar por encima de las barreras que le son constantemente interpuestas por los legisladores; y si uno fuera a juzgar a estos hombres por el efecto de sus acciones, que no sólo parcialmente por sus intenciones, merecerían ser clasificados junto con estos malhechores que obstruyen la vía férrea.

NO RECLAMO LA AUSENCIA DE GOBIERNO, SINO EN SEGUIDA UNO MEJOR

Pero, para hablar prácticamente, como simple ciudadano, y a diferencia de quienes se autotitulan “hombres de ningún gobierno”, yo reclamo, no la ausencia de todo gobierno, sino, en seguida, uno mejor. Que cada hombre haga saber qué clase de Gobierno gozaría de su respeto, y ése será el primer paso para conseguirlo.

Después de todo, la razón práctica de por qué, cuando el poder se encuentra en manos del pueblo, se permite que gobierne una mayoría y que continúe haciéndolo así durante un largo período de tiempo, no responde al hecho de que sean más susceptibles de verse en posesión de la verdad ni al de que tal se antoje como más propio a la minoría, sino a que son físicamente los más fuertes. Pero un Gobierno tal, que la mayoría juzgue en todos los casos, no puede basarse en la justicia, incluso tal como la entienden los hombres.

¿No puede haber un Gobierno donde la mayoría no decida virtualmente mal o bien, sino en conciencia? ¿Donde la mayoría falle sólo aquellas cuestiones a las que es aplicable un criterio utilitario? ¿Debe rendir el ciudadano su conciencia, siquiera por un momento, o en el grado más mínimo, al legislador? ¿Por qué posee, pues, cada hombre una conciencia? Estimo que debiéramos ser hombres primero y súbditos luego. No es deseable cultivar por la ley un respeto igual al que se acuerda a lo justo. La única obligación que tengo derecho a asumir es la de hacer en todo momento lo que considero propio.

Se dice, verdad es, que toda corporación carece de conciencia; pero una corporación de hombres que sí la tienen es una corporación con conciencia. La ley jamás hizo a los hombres un ápice más justos; y, en razón de su respeto por ellos, incluso los mejores dispuestos se convierten a diario en agentes de la injusticia. Resultado común y natural de un respeto indebido por la ley es que uno pueda ver, por ejemplo, una columna militar: coronel, capitán, cabo, soldados rasos, artificieros, etc. marchando en admirable orden colina arriba, colina abajo y valle al través en dirección al frente. ¡En contra de su voluntad!¡Sí! Contra su sentido común y su conciencia, lo que hace del marchar tarea ardua, en verdad, y causa de sobresalto cardíaco.

A ninguno de ellos cabe la menor duda de que el asunto que les ocupa es ciertamente condenable; su inclinación auténtica se orienta hacia el ser pacífico. Y bien. ¿Cómo los describiríamos? ¿Son acaso personas? ¿Pequeños objetos, parapetos, pertrechos movibles a voluntad, al servicio de alguien sin escrúpulos que detenta el poder? Visitad un establecimiento naval y contemplad al marino, es decir, a lo que puede hacer de un hombre el gobierno americano o alguien provisto de malas artes… una simple sombra, un vestigio de humanidad, un ser vivo y de pie, pero enterrado ya, podría decirse, bajo salvas y demás ceremonias.

UNOS POCOS, MUY POCOS, SIRVEN AL ESTADO EN CONCIENCIA

La gran masa de los hombres sirve al Estado, pues, así; no sólo como hombres principalmente, sino como máquinas. Son ejército permanente y milicia establecida, carceleros, guardias, fuerza del condado, etc. En la mayoría de los casos no existe ejercicio alguno libre, sea del propio juicio o del sentido moral, sino relegamiento al nivel del leño, de la tierra o de las piedras; y quizás puedan construirse algún día hombres que cumplan con igual perfección este cometido. Tales no merecen más respeto que un fantoche o que basura. Su valor raya con el de los caballos y los perros. Sin embargo, incluso se les reputa buenos ciudadanos.

Tráfico de negros en España, visto por Dalí. Mientras haya hombres deseosos de gobernar a otros hombres, siempre existirá algún tipo de esclavitud en marcha.

Otros, como es el caso de la mayoría de legisladores, políticos, juristas, clérigos y funcionarios, ven al Estado principalmente con la cabeza; y como quiera que raramente establecen distinciones morales, son tan susceptibles de servir al mal, sin intención, como a Dios.

Unos pocos, muy pocos, héroes, mártires, reformadores -que no reformistas-, y hombres sirven al Estado también con su conciencia, y así, se le resisten las más de las veces; y éste les trata como enemigos. El hombre prudente sólo se revelará útil y no se avendrá a ser “barro” ni a “obturar un agujero para detener al viento”, sino que, por lo menos dejará esa tarea a su polvo:

“Nací demasiado alto para ser poseído
o segundo al mando,
o útil hombre-capaz e instrumento
de ningún estado soberano.”

Quien se da enteramente al prójimo es considerado por éste, inútil y egoísta; el que se da sólo en parte, es considerado bienhechor y filántropo. ¿Cómo le cuadra al hombre comportarse para con su Gobierno americano hoy? Respondo que no puede asociarse con él sin desgracia. Me es imposible reconocer como gobierno, siquiera un instante, a esa organización política que lo es también del esclavo.

Todos los hombres reconocen el derecho a la revolución, es decir, el privilegio de rehusar adhesión al gobierno y de resistírsele cuando su tiranía o su incapacidad son visibles e intolerables. Pero casi todo el mundo dice que no éste el caso actual, aunque opinan que sí lo fue cuando la Revolución Americana.

Si alguien fuere a decirme que el presente es un mal gobierno porque gravó ciertos artículos extranjeros arribados a sus puertos, lo más probable es que me quedara impertérrito puesto que puedo pasarme perfectamente sin ellos: todas las máquinas poseen roces. Y posiblemente ello resulte en bien suficiente para contrarrestar el mal. En cualquier caso, es mal mayor el soliviantarse por ello. Pero cuando los roces buscan máquina en que alojarse, y la opresión y el robo se organizan, yo digo: desprendámonos de esta máquina inmediatamente.

¿QUÉ PRECIO ALCANZA HOY UN HOMBRE JUSTO Y PATRIOTA?

En otras palabras, cuando la sexta parte de la población de un país, que se ha arrogado el título de país de la libertad, la componen los esclavos, y toda una nación es injustamente arrollada y conquistada por un ejército extranjero y sometida a la ley marcial, creo que no es demasiado temprano para que los hombres honrados se rebelen y hagan la revolución. Y lo que hace este deber tanto más urgente es el hecho de que el país así arrollado no es el nuestro, y sí lo es, en cambio, el ejército invasor. Este pueblo debe dejar de tener esclavos y de hacer la guerra a Méjico, aunque le cueste la existencia como pueblo.

No querello con enemigos remotos sino con los que, cerca de casa, cooperan con los lejanos y proclaman precisamente las ideas de éstos, que, sin el concurso de aquellos serían inocuas. Solemos decir que la masa de los hombres carece de preparación, pero la mejoría es lenta porque los pocos no están materialmente mejor que los muchos. No es tan importante que muchos sean igual de buenos que tú como el que exista alguna medida de bondad absoluta en algún lugar; pues esto haría fermentar toda la masa.

Son miles los que por opinión se oponen a la esclavitud y a la guerra y que, sin embargo, no hacen nada para ponerles fin; que, estimándose hijos de Washington y de Franklin, siguen sentados son sus manos en los bolsillos y dicen que no saben qué hacer, por lo que no hacen nada; quienes posponen incluso la cuestión de la libertad a la del libre comercio, y que tranquilamente se informan de los precios actuales del mercado junto con las últimas noticias de Méjico, después de comer, y hasta que puede que terminen con dormirse en el empeño.

¿Qué precio alcanza hoy un hombre honesto y patriota? Dudan, vacilan, se lamentan, y en ocasiones, piden; pero no hacen nada seria y efectivamente. Esperarán con la mejor disposición a que sean otros quienes remedien la maldad para que ellos no tengan que seguir lamentándose de su existencia. A lo más darán su voto con descuido y una salutación de adiós al justo, cuando éste pase por su lado.

NOTAS.- (1) Breve guerra entre Estados Unidos y Méjico (1846-1848), que concluyó con el tratado de Guadalupe, por el cual Méjico reconocía la anexión de Texas por parte de los Estados Unidos y le cedía, a cambio de diez millones de dólares, Nuevo Méjico y California. Nota del traductor.

* * *

HENRY DAVID THOREAU, Del deber de la desobediencia civil (1ª parte). Ediciones del Cotal, 3ª edición, febrero de 1983. [FD, 09/11/2006]

2 comentarios »

  1. Mundo Libre Digital » EL DERECHO A LA RESISTENCIA Y A UNA REVOLUCIÓN PACÍFICA:

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  2. Mr 40 Money Dot Com » Blog Archive » Como Encontrar Pareja si Estas Solo o Sola:

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