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"Para que una nación ame la libertad basta con que la conozca, y para que sea libre basta con que lo desee." Lafayette

LA MEJOR NATURALEZA DE LA POLÍTICA, por Benjamin R. Barber

Filed under: ABECÉ DE LA DEMOCRACIA — 1 January, 2008 @ 19:00

“Nosotros no hemos nacido exactamente libres, sino que somos libres en la medida en que, como indicara Alexis de Tocqueville, aprendemos a ser libres. La cuestión no estriba en si los seres humanos cambian o no, sino más bien es si los cambios propuestos en la teoría política se corresponden con la capacidad humana para el desarrollo político de los sujetos y el autoaprendizaje. Exigir la primacía de la libertad frente a la igualdad puede significar que sólo unos pocos puedan ser iguales. Pero exigir que la igualdad se anteponga a la libertad puede entrañar que nadie sea libre. Libertad e igualdad están indisolublemente ligadas y pueden ser aseguradas sólo a través de una política democrática dialéctica, que favorezca la libertad cuando la igualdad parezca triunfar y que promueva la igualdad cuando la libertad esté asegurada”.

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Históricamente ha existido una tendencia que igualaba las críticas al fascismo y al comunismo. Totalitarismo es el nombre que autores como Popper o Hannah Arendt han atribuido a sus brutalidades y a sus hegemonías comunes. Hace veinte años, yo sostenía que el término totalitarismo, asociado al fascismo y al comunismo, era inválido porque confundía los ideales libertarios comunistas con sus prácticas destructivas de la libertad, las cuales parecían indistinguibles de las prácticas destructivas de la libertad propias del fascismo. Insistía entonces en las diferencias existentes entre ambos, porque lo cierto es que constituyen dos maneras muy diferentes de hacer política. 

TODO IDEAL POLÍTICO QUE NO GARANTICE LA LIBERTAD ES PELIGROSO

Si en algo se parecen el fascismo y el colectivismo radical, si en algo son cómplices, es en su capacidad para alimentar, lo que Erich Fromm llamara, nuestra predilección para “escapar de la libertad”, para dejarnos arrastrar por la facilidad y la ausencia de complicaciones, para recorrer, en definitiva, caminos sencillos de seguir.

El idealismo comunista radical de ribetes marxistas es peligroso porque no garantiza un mínimo de libertad. Para el marxismo comunista la libertad sólo tienen lugar en el contexto de una igualdad perfecta y ésta [por ser perfecta, es decir, ideal] no es alcanzable, no es posible. En su toque de corneta abre un abismo entre nuestra naturaleza real y sus aspiraciones más elevadas.

Benjamin Barber, que fue asesor de Clinton, sostiene la necesidad de una democracia dialéctica, que favorezca la libertad cuando la igualdad parezca triunfar y que promueva la igualdad cuando la libertad esté asegurada.

La utopía de Marx, no más científica que aquella que sus rivales alemanes demolieran en La pobreza de la Filosofía, presentó a hombres y mujeres del mundo real con ideales completamente inapropiados para la realidad en la que vivían. Esto no quiere decir, como algunos críticos han apuntado, que una filosofía política, que se proponga la transformación de la humanidad como premisa para la creación de sistemas políticos más justos, no pueda funcionar.

Toda filosofía política, tanto la de John Stuart Mill como la Thomas Jefferson, entiende que los hombres y las mujeres son seres políticos y que se llaman “ciudadanos” en la medida en que han sufrido o van a sufrir alguna transformación. El aprendizaje conlleva crecimiento y cambios constantes. Y la ciudadanía es sencillamente una manera intensa de educación predicable de la finitud y mutabilidad de la naturaleza humana.

Nosotros no hemos nacido exactamente libres, sino que somos libres en la medida en que actuamos y aprendemos con el tiempo, en la medida en que, como indicara Alexis de Tocqueville, aprendemos a ser libres.

La cuestión no estriba en si los seres humanos cambian o no, sino más bien es si los cambios propuestos en la teoría política se corresponden con la capacidad humana para el desarrollo político de los sujetos y el autoaprendizaje. Es decir, si responden o no a los parámetros desde los cuales la educación y el crecimiento humano serían posibles, si son susceptibles o no de adaptarse a los cambios dictados por la realidad de nuestras vidas.

LA CUESTIÓN NO ES SI PODEMOS CAMBIAR, SINO QUÉ CAMBIOS PODEMOS SOPORTAR

Podemos ser mejores, pero para que lo podamos ser, debemos asentarnos sobre “lo posible”. Podemos ser mejores, pero no los mejores; podemos ser buenos, pero fracasaremos si pretendemos ser ángeles; podemos alcanzar metas, incluso situadas en principio fuera de nuestros alcances, pero no podemos llegar a las estrellas. Exigir demasiado a los hombres y a las mujeres equivale a transigir con el riesgo no ya sólo de fracasar, sino de favorecer el miedo y el resentimiento, testigos habituales del fracaso.

En política “lo mejor” no se opone a “lo bueno” (el bien). Es su verdadera Némesis. Pero traspasar los límites de los bueno para alcanzar lo mejor puede conducir a las peores políticas. Tomemos el ejemplo de Brand, el notable y fanático pastor de Henrik Ibsen en la obra de su mismo nombre:

Cuando el predicador de Ibsen pedía a sus fieles ayuda para construir una nueva iglesia, conseguía que trabajaran para ese fin. Cuando abandonó este proyecto, para él demasiado humano (mundano), demasiado inmaduro e indigno de Dios, para asumir otro reto más elevado, un viaje espiritual a las cumbres montañosas, sus fieles ofrecieron el sacrificio de acompañarlo a los primeros glaciares. Pero cuando les pidió “dejarlo todo”, no sólo abandonar sus bienes y el confort, sino sacrificar a sus familiares y subir a lo más alto de la cueva de hielo, donde alcanzarían la muerte y se transfigurarían no a manos de Dios, sino del dios de Brand, les estaba pidiendo algo demasiado grande.

Cuando se resistieron a ir, los juzgó y los condenó por ser demasiado pequeños para sus aspiraciones; y ellos lo abandonaron con disgusto y retornaron al valle donde vivían, regresaron a sus problemas cotidianos. Sólo entonces, cuando Brand afrontó la muerte en la soledad de la montaña, una voz le recordó que el Dios severo, en cuyo nombre pidió sacrificios imposibles a sus seguidores, no es amigo del martirio. Humildemente y en trance de muerte, Brand comprendió que el Dios que buscaba era “el dios del amor”.

Como en el drama de Ibsen, no podemos exigir a la gente una fortaleza y una generosidad sin límites, porque la naturaleza humana es limitada.

La parábola de Brand que nos cuenta Ibsen, nos enseña a definir nuestras aspiraciones sin perder de vista nuestras fragilidades, a exigirnos para ser fuertes, pero no hasta el punto de tropezar y caer. El amor es una llamada a la tolerancia y al conocimiento de la debilidad que nos limita, incluso en aquellos momentos de gran fortaleza.

La misma moraleja se puede aplicar a la Teoría Política, a la manera en que nos organizamos social y políticamente. La democracia no comienza con la certeza de que lo que estamos haciendo es lo correcto, sino en la convicción de que podemos equivocarnos. La democracia no nos pide justicia perfecta, sino menos injusticia; falibilidad más que certeza en su “modus operandi”.

Los escépticos de la democracia y sus imitadores americanos, como James Madison, confiaron muy poco en las posibilidades de la humanidad para mejorar (en su lado bueno), y se rindieron ante lo peor de sí misma. Erraron, porque fueron demasiado prudentes. Las estrategias comunistas del siglo XIX, en cambio, exigieron demasiado a la humanidad. La socialdemocracia medita hoy exactamente qué desafíos se deben pedir a los hombres y las mujeres. Necesita formar ciudadanos practicantes de la democracia. Pero antes debe escuchar en qué consisten y cuáles son sus demandas de justicia.

LIBERTAD E IGUALDAD SON INSEPARABLES EN UNA DEMOCRACIA DIALÉCTICA

La humildad, el arrepentimiento y el reconocimiento de la posibilidad de error son virtudes políticas muy encomiables, sobre todo en una política ambiciosa como es la política de la democracia social. Exigir la primacía de la libertad frente a la igualdad (elemento esencial del liberalismo) puede significar que sólo unos pocos puedan ser iguales (el gran defecto del liberalismo). Pero exigir que la igualdad se anteponga a la libertad puede entrañar que nadie sea libre.

Libertad e igualdad están indisolublemente ligadas y pueden ser aseguradas sólo a través de una política democrática dialéctica, que favorezca la libertad cuando la igualdad parezca triunfar (John Stuart Mill, Alexis de Tocqueville) y que promueva la igualdad cuando la libertad esté asegurada (Jean Jacques Rousseau y Thomas Jefferson).

Organizar la sociedad civil en torno a una serie de aspiraciones demasiado unilaterales, demasiado nobles y fácilmente removibles de las posibilidades de la dialéctica, equivale a arruinar las expectativas de una política de buenas intenciones y sustituirla por el suave terror de la razón y la certidumbre. “Si no puedes convertirte en lo bueno que sabemos que eres”, dicen los revolucionarios de la transfiguración, “te haremos bueno, aunque nos mates, aunque te maten”. Y normalmente ha sido así.

Con frecuencia los filósofos de la democracia social nos han llevado a denigrar a los hombres y las mujeres que no habían seguido el camino de la justicia y la honradez, cuando ellos eran demasiado pequeños, demasiado débiles, para vivir los honestos ideales de la razón. La avaricia es un enemigo de la igualdad, pero debemos cuidarnos de hacer de la avaricia un enemigo político, porque, después de todo, detrás de cada avaricia hay un ser humano.

El interés propio puede ser ampliado por la imaginación política hasta abarcar intereses compartidos por los otros y poder así transformarse. Pero puede ser borrado si corremos el riesgo de simular que las gentes son ángeles y los ciudadanos altruistas. No lo son ni lo pueden ser. Ni una política democrática requiere que lo sean.

Madison se equivocó al desconfiar de la capacidad de autogobierno del pueblo, frente al acierto final de Jefferson al defender la máxima libertad democrática. 

De hecho, cuando intentamos forzarlos para que se eleven a un plano superior, a menudo bajo coacción tanto psicológica como física, estructural como sustancial –mucho peor que la simple coacción del dictador ebrio de poder- nos arriesgamos a perderlos a todos. Hay dos caminos hacia el infierno: por supuesto el camino directo de los pecadores, y otro menos diáfano: el que tomaron los ángeles caídos, aquéllos que se extralimitaron en sus capacidades para la bondad.

LA DEMOCRACIA LIBERAL (DÉBIL) Y LA DEMOCRACIA SOCIAL (FUERTE)

La Unión Soviética ha subsistido setenta y cinco años, atrapada entre los ideales más imponentes y la realidad más horrible, sin visibilizar la conexión –más que etimológica- entre los mejores ideales y los más terribles. El mundo post-histórico de la libertad “pura” sobre la que emprendió la lucha histórica contra el capitalismo, ha fracasado.

Aquel fracaso significó que la dictadura del proletariado se fosilizara en la dictadura del partido; que el anhelado desplazamiento del gobierno del hombre por la administración de las cosas, que se suponía tras la nueva etapa, en realidad se convirtiera en la administración de las personas como cosas, otra manera de describir la tiranía del hombre por el hombre.

Lo más irónico en la Historia del comunismo, es que éste fuera desigual ante los propios desafíos que le planteaban sus más altos ideales –bastante distanciados de la práctica real del comunismo-. No pudiendo satisfacer sus objetivos idealizados, no quisieron abandonar, no quisieron olvidar, el fracaso político de sus aspiraciones. Esto hace del fracaso histórico del Comunismo una tragedia, la tragedia humana de buscar desesperadamente, para luego aniquilar, la idea realizable del bien común, una tragedia similar a la de Ícaro cuando volaba cerca del sol.

El fracaso del comunismo es el testimonio explícito de los que podríamos llamar “la ley de la realización incompleta”. Esta ley declara simplemente que los principios políticos deben ser probados contra su capacidad para funcionar cuando sean realizados de forma incompleta. Los Estados, al igual que los automóviles, necesitan de elementos de seguridad que prevean las posibilidades de accidentes, que se anticipen a los fallos de su propia ingeniería, a la ineptitud de sus conductores o de cualesquiera otras circunstancias impredecibles o sobrevenidas.

Dada la imperfección de la naturaleza humana, todos los ideales políticos pueden, a su vez, realizarse de forma imperfecta, y por lo tanto, deben ser probados en su capacidad de funcionar en un contexto político deficiente o bajo circunstancias que tergiversen o distorsionen sus primeros propósitos de acción política.

La democracia americana es una versión débil o incompleta de lo que un buen teórico demócrata definiría como democracia. Pero en el contexto actual debo confesar que en su forma incompleta y débil se encuentra la prueba de su realización incompleta. Comparada con las alternativas, bajo condiciones de incertidumbre, funciona, y además lo hace bien. Por lo visto, es lo que Winston Churchill quería decir cuando afirmaba que la democracia es la mejor forma de gobierno entre las peores. Si la democracia social debe rivalizar con la democracia débil (liberal), debe mostrarse capaz de funcionar incluso cuando sus destinatarios no sigan correctamente sus directrices.

Precisamente porque no pueden ser infalibles, las teorías sociales deben ser inoculadas contra la insensatez. El precio, desde luego, puede ser alto: los principios que proponían prudencia para evitar los abusos tendieron a ser conservadores. No arriesgarse con la Historia porque los radicales y los revolucionarios han hecho las cosas mal, es permitir a la Historia (es decir, a la hegemonía existente en un momento histórico determinado) actuar (gobernar) sin oposición, a garantizar que las cosas jamás mejorarán (y naturalizar el orden establecido).

Como es lógico, quienes no tienen nada que perder deben estar completamente impacientes con este tipo de estrategia política.

BENJAMÍN R. BARBER, Pasión por la democracia. Editorial Almuzara, 2006. El autor es catedrático de la Universidad de Maryland.

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